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Cuestión de criterio

Doña Cifuentes dimitirá no cuando se percate realmente del daño y desprestigio que ha causado a la enseñanza pública y a los estudiantes que con esfuerzo económico y físico logran cursar un master...

OCTAVIO MEDINA
Viernes, 13 de abril de 2018
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Visto lo visto y lo que se puede ver, lo más sano es ser y considerarse una persona demócrata. Votar lo que cada uno mejor considere y respetar el resultado mientras rechazamos las malas prácticas de la política; la manipulación, las mentiras e ilegalidad. Usted no se preocupe, ni mucho menos tema, de que exista la posibilidad de que aparezca algún “caso aislado” en la formación que ganó su confianza y mereció su voto, porque la condición humana es la que es. Sin embargo, su papel como persona comprometida con la causa es condenar rotundamente, de forma activa y pasiva, ese y cualquier acto fundado en la trampa y el engaño. Oiga, ¿usted piensa que su partido lo hace todo muy bien y que la culpa es del otro? Mal empezamos.


Yo puedo entender que el orgullo tenga esa habilidad de silenciar los huecos donde debe haber palabras de condena, que omita la autocrítica frente a adversarios ideológicos e incluso que provoque el uso del ventilador. De verdad que si, pero ya basta. En este país estamos tristemente acostumbrados al simple conflicto basado en los colores y siglas. Vamos y venimos convencidos de que el resto de formaciones son puntos hostiles en el mapa, que somos poseedores de la verdad y que, claro, al estar ellos equivocados tenemos que hacer todo lo posible por enderezar su alma, e integridad personal, y traerlos por el camino de la rectitud cognitiva. Sinceramente, ¿aporta algo ese camino?


En mi televisor se sucedían los sonrientes rostros de la cúpula mayor del Partido Popular que acudieron a la Convención Nacional del partido en Sevilla; Dolors Montserrat, Javier Arenas, Martínez Mallo, Sáez de Santamaria, Fátima Báñez, Andrea Levy, Dolores de Cospedal, García Albiol, Méndez de Vigo, Carlos Roja y Javier Maroto, defendiendo inexorablemente a su compañera Cristina Cifuentes a raíz de la situación del master en la Universidad Rey Juan Carlos. Claro, lo que uno puede pensar de primeras es que está viendo un PP unido, una gran familia en la que unos cuidan de otros pero, ¿que eres tú cuando tiendes tu ala protectora a alguien no está contando la verdad? Acusaciones de delitos de falsificación, mentiras y una defensa que no concuerda con fechas, documentos ni testimonios rodean, a la todavía presidenta de la Comunidad de Madrid; quién aún con su credibilidad marchitada no dimite. Pero no importa; los votantes que pudieron asistir la vitorearon y aplaudieron, mostrando su apoyo incondicional. Triste visión.


Doña Cifuentes dimitirá no cuando se percate realmente del daño y desprestigio que ha causado a la enseñanza pública y a los estudiantes que con esfuerzo económico y físico logran cursar un master en esa u otra Universidad, que lo sabe, sino cuando carezca de cartas en su mano. Cartas que son inútiles dado que el cúmulo de pruebas y declaraciones en su contra es francamente abrumador, pero en España se dimite cuando la pieza en cuestión no puede avanzar ni una sola casilla más; la honradez e integridad son características para los simples mortales.


Un cargo público debe ganarse el apoyo de la ciudadanía, también votantes, por la transparencia de sus acciones y su buen proceder, no por la concordancia política. Margallo, por ejemplo, me encanta a pesar de que somos de bancas distintas. De lo que no cabe duda es que no nos hacemos bien no utilizando el poder crítico que tenemos sobre los políticos. Los defendemos hasta más no poder como si compartiéramos las filas del propio partido, yendo de esta forma contra nuestros propios intereses como ciudadanos y alentando al mismo tiempo las malas artes. Empecemos por Cifuentes, digo yo.

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