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ICONOCLASTIA

Menudo pollo

El termómetro para saber si un dirigente del PP tiene fiebre alta y está a punto de pasar al otro barrio es el respaldo de Rajoy.

CRISTOBAL D. PEÑATE
Miércoles, 11 de abril de 2018
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Todos sabemos que Cristina Cifuentes tiene los días contados no porque la hayan descubierto mintiendo con el carrito de los helados, vociferando que el de vainilla es de papaya, sino porque Mariano Rajoy la ha defendido públicamente y la ha abrazado con fuerza en la convención del PP durante el pasado fin de semana en Sevilla.

El termómetro para saber si un dirigente del PP tiene fiebre alta y está a punto de pasar al otro barrio es el respaldo de Rajoy. Todo dirigente polémico o conflictivo que respalda públicamente el presidente tras ser acusado de faltas o delitos, es hombre muerto. Políticamente hablando, claro.

Cada vez que un dirigente popular ha sido acusado de irregularidades o ilegalidades, empieza a sudar la gota gorda cuando su presidente tiene con él unas palabras amables, incluso encomiásticas. Su supervivencia en la vida pública es inversamente proporcional a los halagos de Rajoy. Sin embargo, los políticos del PP no aprenden: en vez de huir de Mariano, que es un gafe pasivo, se acercan a él para que les dé la bendición, aunque lo que reciben a cambio es una defenestración en toda regla.

Cifuentes ya está amortizada políticamente. Como los están Esperanza Aguirre, Ignacio González, Granados, Camps, García Albiol, Jaume Matas o Rodrigo Rato, la mayoría por razones supuestamente delictivas y alguno por motivos electorales. Asombra como un personaje tan pasivo e irrisorio como Rajoy ha podido capear tanto a los toros que le han salido por el camino imitando siempre a don Tancredo.

El que no hace la estatua nunca, aunque tiene planta de senador romano, es Pedro Quevedo, diputado nacional en la oposición y concejal del grupo de gobierno de la capital grancanaria. Ayer abroncó a Gabriel Rufián en la comisión parlamentaria del Congreso que preside el diputado de NC por la forma de preguntar a Ignacio González y Esperanza Aguirre sobre la presunta financiación irregular del PP, aunque en este caso la palabra presunta es un puro formalismo.

Rufian estuvo a sus anchas, insolente como siempre, empleando esa desfachatez y cinismo característico, aunque no deja exentas de verdad muchas de sus aseveraciones. Lo que pasa es que la verdad duele y sus formas no son políticamente correctas. Sin embargo, es lo que piensa buena parte de la sociedad española de ciertos políticos corruptos y él se limita, en su forma y estilo peculiar, a canalizarlo a través de preguntas desconsideradas en el Congreso, que sin embargo hay que considerar.

Quevedo, que no sé cómo se las arregla para estar en Las Palmas y Madrid todas las semanas y casi al mismo tiempo (a no ser que sus trabajos sean una bicoca), advirtió a Rufián que no iba a permitir que montara un pollo. Lo que quizá no sepa Quevedo es que el pollo ya está montado en España desde hace tiempo. Justo desde que nos empezamos a enterar de que estamos rodeados de gobernantes corruptos e indeseables.

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