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El bono escolar (y 2)

JOSÉ FRANCISCO FERNÁNDEZ BELDA
Viernes, 24 de febrero de 2017
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“Aquel que no conoce la historia, está condenado a repetirla”, dijo Napoleón Bonaparte y puedo imaginar que fue esa reflexión la que alentó a Esperanza Aguirre a presentar en el XVIII Congreso del PP, su propuesta de establecer como principio ineludible la libertad de elección de centros y de modelo educativo, usando como herramienta el llamado bono o cheque escolar.

El principio de permitir la máxima libertad posible a los padres, siempre estuvo presente en su acción política, tanto en la etapa de Ministra de Educación (1996-1999) y en la de Presidenta de la Comunidad de Madrid (2003 a 2012).  Convendría recordar a todos, y en especial al aparato de su propio partido cuando la apuñala alevosamente a la menor oportunidad para complacer a los jefes, el enfrentamiento visceral de los nacionalismos catalán, vasco, gallego y canario a su Plan de Mejora de la Enseñanza de las Humanidades en el Sistema Educativo Español, que pretendía aumentar el nivel de uniformización del currículo en Humanidades.  Si ya entonces Mariano Rajoy, sucesor de ella en el Ministerio, renunció a dar esta batalla ideológica por la libertad, que trasciende el partidismo para ser una cuestión de principios y DDHH, ¿qué puede hacer pensar que hoy se apoye la propuesta desde Moncloa?

El bono o cheque escolar no es mas que un sistema realista para que los padres puedan ejercer sus derechos.  En esencia consiste en asignar a cada familia una especie de cheque, no convertible en dinero para otro fin, equivalente a lo que al Estado le cuesta una plaza escolar.   Con ese bono pagará la educación de sus hijos en el centro que libremente elija, sea público o privado.  De esta forma los centros se preocuparán muy mucho de mantener la calidad educativa para atraer a más alumnos y aumentar así su propia financiación.

Ya en los años 80,  Milton y Rose Friedman diagnosticaban en los EEUU el mismo problema que hoy vemos en España: “la enfermedad [sociedad sobregobernada] ha adoptado la forma de una privación a muchos padres del control sobre el tipo de educación que reciben sus hijos, tanto directo, por medio de la elección y el pago de las escuelas a que acuden éstos, como indirecto, por medio de las actividades políticas locales”.  Puro totalitarismo.

En el mismo sentido abunda el pedagogo y psicólogo norteamericano, Kenneth B. Clark, culpando además a la burocracia escolar y sindical que parásita el sistema educativo:  “lo más importante para comprender la capacidad que tiene el sistema educativo de resistirse a los cambios es el hecho de que el sistema de escuelas públicas protege monopolios públicos con una mínima competencia por parte de los centros particulares y parroquiales”.

Como hoy voy de citas, concluyo con otra de Maquiavelo, “todos ven lo que pareces, pocos sienten lo que eres”.  Los partidos de izquierda, curiosamente autodefinidos como progresistas a pesar de que en materia educativa han cosechado el más evidente y estrepitoso fracaso, apuntalado con la LOGSE, y condenado a los alumnos al mayor retroceso conocido.  Hablan de equidad, lo que pudiera parecer, para referirse al igualitarismo, lo que realmente es. Confunden torticeramente igualdad de oportunidades con igualdad de resultados.

Por eso odian que se predique el esfuerzo y el mérito para que quienes practican esas virtudes, puedan obtener mejores resultados.  Por esto mismo, profesores irresponsables incitan a los estudiantes a su cargo a salir a gritar en las calles contra una evaluación del nivel educativo medido, lo más objetivamente posible, con pruebas externas.  Eso son las precisamente las reválidas, contra las que se oponen para no quedar en evidencia, ellos y su ideología.

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