Podemos considerar el clientelismo político como un modo de vinculación entre personas que ostentan un poder y otras que pretenden sacar de ese poder un determinado beneficio. En esta vinculación, los que ostentan el poder controlan importantes recursos y garantizan, como "guardianes", el acceso a ellos de su clientela a cambio de lealtad y apoyo político. Esta relación es de carácter particularista con el fin de lograr beneficios mutuos, intercambio de puestos de trabajo, contratos, cargos de poder y vínculos personales por apoyo político, especialmente por votos.
El clientelismo político lo podemos observar en distintos campos de la sociedad. Hay clientelismo político, por ejemplo, en determinadas asociaciones vecinales cuyos presidentes ostentan cargos en un determinado partido e incluso son concejales, con lo que, a mi juicio, el equilibrio que debe regir en un cargo de este tipo se pierde puesto que se supone que las asociaciones vecinales están compuestas por vecinos de distinto color político y entiendo que no puede ostentarse la presidencia y representatividad de la totalidad de esos vecinos cuando se apuesta claramente por una determinada opción política. Lo mismo ocurre con algunas entidades culturales y de recreo, como por ejemplo, casinos y sociedades; como ocurre en algún casino que tiene como presidente a un concejal del municipio al que ese casino pertenece.
El clientelismo político está también presente en el mundo empresarial, de tal manera que está logrando hacer desaparecer la proverbial creatividad y espíritu de lucha que ha caracterizado a las empresas canarias para dejar paso a "empresarios" que montan su empresa con el único objetivo de lograr subvenciones. Esta circunstancia se da con bastante frecuencia en el campo de la formación, donde aparecen y desaparecen centros en función de la afinidad política que se tenga.
Ocurre también con determinados medios de comunicación y así vemos cómo existen periódicos digitales y emisoras de radio y televisión locales que su principal razón de ser es la de servir de portavoz de algún partido político o del gobierno establecido. Este campo de clientelismo político es aún más peligroso que los anteriores porque a la población llega una información tergiversada, cargada de propaganda con la que se pretende crear un estado de opinión afín a los intereses partidistas a los que se sirve y, de paso, intentar desprestigiar a todo aquél que no comulgue con sus ideas. Es una especie de dictadura camuflada experta en producir "cortinas de humo" cuando la realidad objetiva va en contra de sus "patrones", experta en tratar de minimizar errores propios y pregonar a los cuatro vientos los errores ajenos. Es una dictadura que otorga, por ejemplo, distinto grado de gravedad a determinadas imputaciones. Y así, las imputaciones que corresponden a los contrarios son tratadas como si ya fueran condenas en firme, se alude frecuentemente a ellas para descalificar a la persona imputada y al partido al que pertenece.
Ya sabemos que, por su propia naturaleza, los medios de comunicación de masas, en general, interpretan la realidad para sus lectores, oyentes o espectadores, y lo hacen con unas técnicas específicas; y condicionados por los filtros de tipo ideológico, económico, profesional al que se ve sometida esa realidad. Este condicionante que tiene los medios de comunicación social nadie los discute, salvo los ingenuos que creen aún en la objetividad y en el mensaje aséptico, pero lo grave y peligroso son los malintencionados, que se escudan en una supuesta objetividad para perpetrar sus desafueros.
Otro campo muy peligroso de clientelismo político es el que comienza a darse en el poder judicial donde estamos viendo cómo se instrumentaliza algo tan sagrado como debe ser la Justicia por determinadas posturas políticas, vemos cómo determinados procesos judiciales salen a la luz pública con todo lujo de detalles y transmitidos en directo dependiendo de quién o quienes estén implicados en ellos.
Creo que la Justicia no está para favorecer procesos políticos ni tampoco para obstaculizarlos y, a mi juicio, la realidad desmiente todos los días esta creencia. Algunos sociólogos han estudiado ese fenómeno moderno al que se suele definir como: una judicialización de la política que ha llevado a la politización de la justicia. Llegan a la conclusión de que el derecho está ocupando en la pugna política el terreno abandonado por las viejas ideologías; lo que en principio no sería tan malo, si no fuera porque otorga a los jueces un poder también político, es decir exorbitante.
Me temo que el clientelismo político va a seguir existiendo y creo que solo perderá fuerza cuando la ciudadanía interprete la realidad que le rodea, sepa distinguir esa realidad de la interpretación que de la misma hacen los "clientes políticos" y ponga a cada uno en su sitio.








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