Me encanta Tenerife y aprovecho cualquier oportunidad que me brinden para disfrutar unos días con nuestros paisanos al otro lado del mar.
De entre sus bellos y variados parajes siento una atracción especial por un pequeño pueblo situado casi al Norte de la isla, llamado Bajamar.
Es un antiguo refugio de pescadores que desciende montaña abajo hasta alcanzar el mar y al que hace muchos años los chichas dotaron de unas amplias y bien cuidadas piscinas de aguas naturales, convirtiendo la zona en el lugar de veraneo por excelencia para la clase media de la sociedad tinerfeña.
Esta estupenda iniciativa es secundada cada vez con más entusiasmo por los pueblos o ciudades del litoral chicharrero, que faltos de playas se han aplicado en modelar las piedras de sus acantilados y habilitar piscinas naturales para ofrecerlas a sus ciudadanos como agradables lugares de ocio, que puedan competir con nuestras descuidadas y a veces sucias playas de fina arena.
Lo más encomiable de esta forma de cultura es que todas estas piscinas o retoques del litoral, son puntual y rigurosamente remozados para que siempre estén al servicio de los ciudadanos.
Sentado en un pequeño noray del pintoresco puerto de Garachico disfrutaba con el bonito trabajo de piedras retocadas y pintadas con mimo, para señalar los pequeños atajos que conducían a un conjunto de charcos que servían de peculiares piscinas, me acordé de mi Castillo del Romeral.
Y tras el recuerdo, la eterna, la dolorosa pregunta que nunca halla respuesta,
¿Qué pasa con nuestro pueblo?
A la siniestra galería de políticos que están maniobrando para que el Castillo se convierta en el basurero de Canarias, se ha sumado un convidado de piedra para añadir a los desmanes cometidos, la amenaza de hacer desaparecer nuestras piscinas naturales.
Y cuidado, que este nuevo elemento presume y con razón, de su intransigencia en el cumplimiento de la ley cuando se trata de actuar contra pequeños núcleos de modestos ciudadanos, rigor que se transforma en conciliadoras negociaciones cuando el presunto delincuente tiene nombre, chistera y bastón.
Alega que hay que derruirlas porque tienen serios defectos de construcción, pues muy bien, arréglenla, u obliguen a quien le corresponda a que las reparen.
¿Les parece razonable privar a un pueblo de una de sus señas de identidad, simplemente por que alguien no quiere hacer bien sus deberes?
¿Quién les ha pedido una playa que arruine toda la rica flora y fauna del litoral? Pues entonces.
¿Esta es la filosofía de un organismo creado para velar por la salud de nuestras costas? Guárdenme una cría.
A mi se me antoja que esto es algo parecido a la postura de un matón, que viendo a su victima apaleada por la acción de los compinches de su cuadrilla, viene a cobrarse su parte de sangre para que los demás vean cuan valiente es.
Reacciones como esta son las que quise evitar el día que me atreví a cuestionar el resultado de nuestra lucha en el tema de la macro cárcel.
Dije y lo sigo manteniendo aún, que el CAV había fracasado y aquello me supuso una avalancha de críticas por parte de algunos entusiastas que no vieron, o no quisieron ver, que como miembro de ese consejo también me atribuyo parte de ese fracaso. Todos formamos el CAV y a todos por igual nos va a juzgar la historia.
Cuando dije lo que dije no me movía el interés por molestar a nadie ni practicar ningún tipo de autoflagelación, sino por que entendía que mientras no aceptemos esa realidad incuestionable nuestra voz no será escuchada, por que no suena a verdad.
La construcción de la cárcel sigue su inexorable marcha y no hay nada que nos permita suponer que alguien pueda detenerla.
A nadie parece interesarle la salud física de un pueblo que ve impotente como unas industrias negativas sin ningún control, van envenenando a sus hombres, mujeres, niños y ancianos, mientras sus políticos utilizan estas desgracias para formalizar esplendidos negocios.
Ni mucho menos les interesa nuestra salud mental, comprometida en una lucha que nos ha deparado toda clase de sinsabores, como engaños, burlas, mentiras, amenazas, denuncias, extorsiones, desprecios, castigos físicos, etc.
Si nos engañamos pensando que aún no hemos perdido la batalla, nuestra voz no tendrá ese dramatismo descarnado de quién se sabe herido, burlado y despreciado. Tenemos que aceptar que no es sudor, sino lágrimas de rabia lo que caen por nuestras mejillas.
Debemos mantener viva la llama de esa rabia para que estos advenedizos no se atrevan a adjudicarnos impunemente su maldita regasificadora, ni que pueden entrar en nuestro pueblo a destruir nuestro patrimonio por que les dé la gana.
Hace unas fechas, uno de nuestros vecinos, concejal en la oposición para más señas, a una pregunta que le formularon en una emisora de televisión sobre el asunto de la demolición de nuestras piscinas, contestó, muy tranquilo pero convencido.
"Si tienen lo que hay que tener, que vayan a destruirla"
Hace ya algún tiempo que la poesía huyó de nuestro pueblo, el romanticismo de nuestra lucha quedó ya para el recuerdo. Esta es una auténtica guerra donde nuestros políticos juegan con nuestra salud, con la vida de nuestra familia, con nuestra dignidad, con nuestro patrimonio. Nos van a matar con su codicia y nadie va a venir a defendernos, así que amigo Concejal, si usted se atreve a formar una línea que ponga fin a tanto abuso, hágame un sitio a su lado y esperemos.








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