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Día Mundial de la no Violencia

Lunes, 26 de Enero de 2009
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La celebración, cada 30 de Enero, del día de la no Violencia y la Paz hace poner en marcha una serie de actividades encaminadas a hacer tomar conciencia de la importancia que tiene el promover la paz, el desterrar la violencia en sus más variados aspectos con la consiguiente producción de situaciones altamente peligrosas y muy desagradables como son, por ejemplo, las relacionadas con la violencia de género, la violencia callejera y la violencia en el entorno escolar. Con respecto a la violencia escolar hay que tener en cuenta que, entre las condiciones detectadas en  estudios científicos,  cabe destacar: la exclusión social o el sentimiento de exclusión, la ausencia de límites, la exposición a la violencia a través de los medios de comunicación, la integración en bandas identificadas con la violencia y la justificación de la violencia en la sociedad en la que se producen. Frente a estas condiciones faltan otras que pueden proteger, como, por ejemplo,  modelos sociales positivos y solidarios, colaboración entre la familia y la escuela, contextos de ocio y grupos de pertenencia constructivos, o adultos disponibles y atentos para ayudar. Lo que parece claro es que el ser humano no nace orientado a la guerra y por ello es de vital importancia que en la  Familia y en la Escuela se faciliten los medios para lograr promover la Paz. Hay que tener en cuenta que el desarrollo de la personalidad está estrechamente vinculado con la adquisición de valores, la autonomía y una concepción ética del mundo. Por lo que respecta a la autonomía, hay que tener en cuenta que la misma  supone un uso responsable de la libertad y debemos también tener en cuenta que la autonomía no se enseña, es producto del ejemplo, de una acción compartida. A mi juicio, una gran parte de la violencia que existe en nuestra sociedad tiene su origen en la violencia familiar. La intervención a través de la familia es especialmente importante porque a través de ella se adquieren los primeros esquemas y modelos en torno a los cuales se estructuran las relaciones sociales y se desarrollan las expectativas básicas sobre lo que se puede esperar de uno mismo y de los demás; esquemas que tienen una gran influencia en el resto de las relaciones que se establecen. La mayoría de los niños y adolescentes pueden encontrar en el contexto familiar que les rodea condiciones que les permiten desarrollar una visión positiva de sí mismos y de los demás, necesaria para: aproximarse al mundo con confianza, afrontar las dificultades de forma positiva y con eficacia, obtener la ayuda de los demás o proporcionársela. En determinadas situaciones, sin embargo, especialmente cuando los niños están expuestos a la violencia, pueden aprender a ver el mundo como si solo existieran dos papeles: agresor y agredido, percepción que puede llevarles a legitimar la violencia al considerarla como la única alternativa a la victimización. Esta forma de percibir la realidad suele deteriorar la mayor parte de las relaciones que se establecen, reproduciendo en ellas la violencia sufrida en la infancia. Los estudios sobre las características de los adultos que viven en familias en las que se produce la violencia reflejan que con frecuencia su propia familia de origen también fue violenta. Existe suficiente evidencia que permite considerar a las experiencias infantiles de maltrato como una condición de riesgo, que aumenta la probabilidad de problemas en las relaciones posteriores, incluyendo en este sentido las que se establecen con los propios hijos y con la pareja aunque conviene dejar muy claro que la transmisión del maltrato no es algo inevitable. Y si la familia es importante, también lo es la Escuela, en la que puede haber elementos que engendren corrupción posterior en las personas. La escuela encierra paradojas, tiene contrasentidos. Por ejemplo, la escuela pretende impulsar el pensamiento critico pero, con frecuencia, hay en ella una relación autoritaria y vertical. Esta relación puede reproducirse entre alumnos, de maestro a maestro hasta llegar a las autoridades que representan a una comunidad. Se nos forma para una vida democrática y se nos educa con valores autoritarios. Se habla de derechos humanos y no siempre son respetados. Se inculcan valores como la honestidad y se utilizan sutiles mecanismos de corrupción. Se predica la tolerancia y prevalece la intolerancia. Se insiste en que el alumno es el propio agente de su educación y prevalecen los métodos memorísticos. La escuela por tanto no sirve siempre como mecanismo positivo  de socialización. Entiendo que el concepto de paz no debe ser abstracto sino que se refiere a sujetos concretos y  a los aportes de estos sujetos en el proceso que es la democracia.  Educar para la paz implica valores no violentos. Todo lo que sea intolerancia, falta de aceptación a lo diverso no contribuye a educar para la paz. Quizá estemos asociando en demasía la palabra violencia a las situaciones extremas de confrontación bélica y no nos damos cuenta de otras manifestaciones más sutiles de violencia que también debemos tener en cuenta a la hora de educar para la paz. La competitividad incorrecta, por ejemplo, también promueve violencia ya que hace ver al otro como un enemigo. Educar para la paz requiere de un proceso que debe estar presente en el desarrollo de la personalidad. Como proceso debe ser continuo y permanente para enseñar a “aprender a vivir en la no violencia”. La Educación para la Paz requiere de algo más que una serie de actividades puntuales en una fecha determinada porque los factores que pueden generar violencia son variados y no siempre son reconocidos como tales. Potenciar en la escuela el esfuerzo personal, la originalidad, los criterios propios, la honestidad, la lealtad, la cooperación y la solidaridad sería una excelente estrategia para lograr de la Escuela un lugar donde la violencia no tuviera cabida.
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