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Cerebros fundidos

Miércoles, 07 de Enero de 2009
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Mi pequeño hijo Daniel presenció el lunes por primera vez en su vida una cabalgata de Reyes. Hasta que se durmió y apagamos la luz de su cuarto unas horas después, no se apagó de su rostro ese halo de emoción y alegría que se dibujaba también en las carillas de miles de niños y niñas grancanarios y que seguro tuvo su continuación multiplicada en la mañana de ayer martes, recordándonos tanto a nosotros de nuestra infancia. Antes de irse a soñar en vaya usted a saber qué, pudo recibir su duchita y su cena, lavar sus dientes y escuchar un corto cuento. El que sea padre o madre seguro que al ver el semblante de su hijo o hija ya dormido cualquier noche, habrá podido respirar la paz y ternura que esa imagen nos produce en el fondo de nuestra alma. Samir tiene la edad de Daniel, dos añitos y medio, pero el lunes no durmió, tampoco cenó y si le albergó alguna emoción fue la que debe acompañar al terror que supone  ver caer el muro de su casa por una bomba. Como Dani, debería haber podido anoche tomar su "lechita" y recibir su baño, pero a esa hora soldados bien armados se llevaron de casa a su padre y su madre aún padece el dolor físico de los golpes recibidos por dos jóvenes uniformados de no más de veintidós años; imberbes que gritaban y rompían todo a su paso, buscando a su hermano mayor en los dormitorios del fondo y el salón. Ayer su infantil rostro se tiñó de lágrimas hasta no poder siquiera respirar; primero el humo, el enorme ruido de las bombas, la oscuridad, después llantos por todos lados, pero también silencios de tantos a los que apenas conoce por su nombre. Ayer Samir no iba a abrir ningún regalo de reyes porque sus padres, palestinos de confesión islámica, hacía semanas que incluso tenían dificultades para traer alimentos a su casa de Gaza debido al bloqueo al que está sometida la ciudad desde hace meses. Me pregunto cómo reaccionaría personalmente si el día de Reyes hubiera caído una bomba en mi casa con toda mi familia dentro. Me pregunto cómo me sentiría si a cuento de no se qué lugares santos, no se qué asentamientos, no se qué odios entre fanáticos de un lado y de otro, mi mundo, mi vida, mi gente, mi entorno se desmoronara porque un descerebrado hubiera decidido activar una operación de nombre Hierro fundido. Me preguntaría donde está el resto del mundo que se llama civilizado, donde están los que días antes se daban golpes de pecho en las iglesias celebrando la natividad y cantando el noche de paz. Me preguntaría donde están los amantes de la familia y los contrarios al aborto, esos amantes del bien que se concentran multitudinariamente para rezar y rompería de ira más que justificada al corroborar que no estarían haciendo nada. Mi hijo Dani ha tenido la suerte de vivir en este lado de la orilla, donde el llanto de un niño conmueve, donde la muerte tiene un rostro, donde quienes desfilan en Navidad son actores que hacen de reyes y no reyezuelos que, metidos en un tanque, nos venden una y otra vez películas de buenos y malos. Samir por el contrario ha tenido la desgracia de vivir en una de esas tantas colonias que tiene establecidas la prepotencia, la deshumanización, la grosera impunidad que exportan a medio mundo los poderosos de este planeta, los sinvergüenzas que juegan con la vida y la muerte de seres inocentes como él. Samir quisiera creer en los Reyes Magos para pedirles hoy que le devuelvan su casa, que le traigan de nuevo a su padre, que su hermano aparezca vivo, que su madre salga de la amargura, que su pueblo conozca de una vez la paz, que los "cerebros fundidos" por los fanatismos de un lado y otro se exilien de su vida de una vez. Samir quisiera que los sabios de Oriente fueran otros distintos a los que gobiernan esa zona del mundo, pero también esta otra que come turrón viendo sus lágrimas por televisión, esa que comía roscón mientras él se preguntaba donde se reparte la justicia. Lo siento Samir, siento que entre tanto supuesto buen sentimiento repartido durante estas hipócritas fechas, ni un solo gramo haya caído hacia ese lado, pero te prometo que ni yo ni Daniel olvidaremos ni perdonaremos lo que están haciendo con tu pueblo. Jose Carlos Martín, sociólogo
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