En el fragor del debate de estos días, parece haber tomado fuerza la tan traída y llevada memoria histórica, reclamando tomas de postura que más bien parecen tomas de rehenes. Está claro, pues, la necesidad de reivindicación de aquello que se considera relevante.
Ya he dicho en muchas ocasiones, y perdonen el exceso de verbos en primera persona que van a venir a continuación, como fui un tipo afortunado durante años, aquellos en los que me tocó compartir trabajo, responsabilidades, encuentros y encontronazos con Laudencio. Creo que pocos han aprendido tanto en tan corto espacio de tiempo. Laudencio representaba ya no sólo la voz del amigo al otro lado del teléfono, sino la necesaria cabeza pensante que es capaz de tener los pies en el suelo cuando todo se tambalea. Si en algún momento la integridad profesional ha tenido algún rostro, puedo asegurar que en mi galería personal tendría el suyo. Sus decisiones, aquellas que en un principio nos parecían las menos probables y las más imposibles, terminaban convirtiéndose en piezas de ingeniería que terminaban encajando con precisión de relojero suizo. Anteponía ante cualquier acción a acometer los principios de equidad y justicia. Hombre reflexivo, le costaba lanzarse al abismo de la improvisación, todo debía obedecer a unos planteamientos conocidos de antemano por todos los miembros de la comunidad educativa. Dejó su impronta en todas las parcelas de su trabajo: pocos han hecho tanto y de manera tan absolutamente sincera en pro de la participación activa de los padres en la escuela.
No sé si convendrán conmigo en el reconocimiento que ha tenido la figura de Laudencio García en todos los pasos que dio. Cuando abandonó la docencia de forma directa (nunca del todo, nunca se deja de ser maestro, es una profesión que se ejerce hasta el final) y dio el salto a la política, muchos pudieron mostrar su extrañeza. Al margen de colores, creo que también ahí supo dar una imagen de honradez. Se podía estar de acuerdo o no con él, pero nunca nadie pudo tacharlo de prepotente, de demagógico, de oportunista. No sabía ver los toros desde la barrera, siempre necesitaba mojarse.
Habrá mucha gente que ha trabajado también a favor de la educación en El Tablero, en el municipio… podrá argumentarse. Afortunadamente sí, claro está. Han sido necesarios y creo que hoy lo son más que nunca. Pero creo que son actos como el que reivindico los que hacen que puedan seguir existiendo personas de ese calibre. El proponer el nombre de Laudencio García Martín como el propio del nuevo colegio del Tablero de Maspalomas que ha empezado a impartir sus clases hace dos cursos, es una misión que se me antoja primordial. De alguna forma le estamos recordando a sus alumnos, a los futuros ciudadanos del mañana, como determinados hombres logran hacer de su esfuerzo cotidiano un acto heroico, el milagro de que todo vaya cambiando poco a poco, pero de forma constante. Laudencio es el responsable de que muchos le hayamos cambiado el nombre a algunas utopías, renombrándolas como proyectos alcanzables.
Supo convencer a muchos de que la escuela era uno de los posibles sitios desde donde cambiar la cara menos amable de la sociedad. Creo que ha llegado el momento de decirle que era cierto y no se me ocurre mejor manera de agradecérselo.
Samuel Rodríguez Navarro, maestro.








Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.4