He comprobado in situ el paulatino abandono de las actividades del campo canario, y la gran cantidad de fruta que ni siquiera llega recogerse. Muchos de esos productos, con gran aporte de vitaminas, hidratos de carbono y otros elementos nutritivos, importantes para la alimentación y la salud humana, se pudren en las plantas, o se caen al suelo, sin que nadie se ocupe de recogerlas o de sacarles provecho. Sólo algún que otro dominguero, o los que atraviesan esos terrenos, los senderos y los caminos de las islas se benefician de ellos.
Es lamentable y vergonzoso que esto ocurra, cuando sabemos que buena parte de nuestra población se encuentra en la pobreza o en el límite de la misma y existe gente desnutrida. Toneladas de kilos de castañas se pudren en la planta o en el suelo, entre las hojas secas que se encuentran debajo de los castañeros y que tapizan los caminos. Pero sucede lo mismo con las nueces; con las almendras, con los tunos, con los higos, las peras, las manzanas, etc.
Cualquiera que ve lo que ocurre pensará que somos tan ricos que no nos preocupamos siquiera recoger esos frutos. Pero claro, este aparente abandono tiene su explicación. Los propietarios de esos terrenos, sean grandes o pequeños, hacen también sus cuentas y consideran que no vale la pena recoger y comercializar estos productos, porque tendrán que pagar altos jornales, y luego la fruta la pagan a precios miserables y no va a haber rentabilidad. Lógico. Es una de las desgracias de la agricultura, que, en gran parte, sigue siendo la cenicienta de la actividad económica canaria.
Así que en vez de consumir nuestros productos frescos, no hemos acostumbrado a comprar frutos secos o de cualquier otra clase, que son de importación. Nuestros agricultores pierden. Los importadores ganan. Los consumidores pierden, tanto porque les afecta negativamente en la cesta de la compra, como por el hecho de que lo que consumen viene de lejos, viene de fuera, y muchas veces está almacenado largo tiempo, o metido en frigoríficos, por lo que pierdan calidad y hasta su sabor natural. Y, consecuentemente, nos colocamos a la cabeza de la inflación en España. Me supongo que no es eso lo que desean los consumidores. Pero no existe otra opción. Esta política desastrosa que utilizamos en la agricultura y la ganadería ha llevado a que miles de hectáreas de terreno dejen de producir, y de que los "desertores del arado", sean cada vez más numerosos. Y lo peor es que con la bendición del Gobierno de Canarias, se están convirtiendo terrenos que podrían dedicarse a la agricultura, en suelo urbano. Y eso ya es irreversible.
Ya no hay viveros de agricultores. Sólo quedan los más viejos. La gente joven prefiere tener un empleo fijo, o tal vez temporal o precario, sujeto a un horario y con sus días libres y demás, que no reventarse a trabajar para que luego no pueda vivir decentemente, ni obtener rentabilidad por su trabajo, ni una calidad de vida como los demás.
No obstante, esta situación podría mejorar si encontraran, primero consideración social; en segundo lugar estímulos y ayudas, especialmente las empresas agrícolas y ganaderas familiares; y en tercer lugar una fórmula para comercializar sus productos, para recibir el precio justo, sin la intervención de intermediarios que son los que extraen el provecho del trabajo del campesino. Es necesario también que se implanten nuevos sistemas de cultivo y se utilice maquinaria agrícola que facilite el trabajo, y por supuesto, que se abarate el agua de riego, porque el agua cara ha sido una de las causas de que se abandonen los cultivos, por lo cara que resulta.. Se tienen que construir más embalses y depuradoras.
Habría que incentivar, pues, la reactivación de la agricultura pero bajo esos diferentes parámetros y ventajas. Quizás haya también emigrantes que quieran trabajar como medianeros todas esas tierras que hoy están abandonada, o personas del país que sienten añoranza por la agricultura.
Lo que no podemos permitir por más tiempos es que nuestra producción agrícola disminuya. O ver como dependemos cada vez más del exterior; y cómo se quedan esos productos agrícolas en el suelo o en los árboles, sin que se tomen iniciativas, por parte de las administraciones públicas y políticos de esta tierra para que la fruta pueda ser recogida y aprovechada, bien por sus dueños, o para destinarla a centros benéficos, Cáritas, etc. Está muy bien que el consejero de Agricultura del Cabildo Insular fomente la venta directa de los productos agrícolas en mercadillos, en ferias o donde sea, para que obtengan mejores ganancias Pero ¿se ha pensado buscar alguna solución para que esa enorme cantidad de fruta no se aproveche en muchos de los campos grancanarios? ¿No podían concertarse acuerdos entre los propietarios y el Cabildo, por ejemplo (o el gobierno de Canarias) para que cuadrillas de operarios recojan esa fruta, dejando una parte a sus propietarios y otra para centros benéficos?. Es una idea, Puede servir cualquier otra que impidan las incongruencias que veamos a diario en estas islas.










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