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La crisis económica en mi barrio

Sábado, 25 de Octubre de 2008
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La crisis económica campa a sus anchas en todos los rincones del planeta, y aquí en mi barrio lagunero no iba a ser menos: el 60% de los negocios son sucursales bancarias siempre llenas de gente con rostros desdibujados por la cola y hasta 3 supermercados de cadenas foráneas con altos niveles de venta basados en productos de primera necesidad importados a bajo coste de afuera. Luego hay otro 25% de locales de hostelería con los fogones a medio gas y pequeñas tiendas familiares con surtidos textiles y complementos del hogar que salen al paso gracias a la relativa lejanía de las grandes superficies comerciales que han monopolizado el mercado. Y el otro 15% restante son un par de ventitas tradicionales con productos de la tierra y panaderías con horno propio que se conservan gracias a la fidelidad vecinal y a la calidad de su atención humana. (En este porcentaje obviamente no figuran los "Se alquila"o " Se traspasa" tan típicos de los momentos críticos). Pero la crisis viene de lejos y con pinta de quedarse por una larga temporada, aunque las inyecciones de capital mundial le salven el pellejo a los vampiros que habitan en la gruta de la bolsa la cosa está tan mal que no hace falta utilizar dosis de realismo galdosiano para traer aquí a colación el sentimiento creciente de infortunio en muchos hogares canarios donde a estas alturas del mes se está midiendo seriamente la leche gallega del tetrabrick que ponemos a guisar por la mañana y la cantidad de tomate frito que se emplea para estirar los macarrones en el almuerzo del día. ¿A quién debemos echarle la culpa de esta crisis?. Está claro que, como reza el refrán no recuerdo si chino o árabe o anónimo, pero ante el triste panorama que asola el mercado laboral y los cada vez más preocupantes índices de paro en las islas yo me pregunto a qué carajo se dedican los androides enchaquetados que pululan en la Consejería de economía del Gobierno de Canarias. Muchas veces he pensado que el señor José Manuel Soria, distinguido político del PP que aún perdura desde la bélica época aznarista hasta hoy en las altas instacias del poder, jamás leyó en sus años de estudio como economista a Aristóteles, ese filósofo griego que dictaba lecciones de ética para que todos los ciudadanos alcancen en su vida la felicidad y que hace ya muchos siglos fundó la economía como el arte de administrar bien el hogar y no precisamente acumular beneficios y especular con el territorio que es ahora el arte de los economistas del presente. Pienso que los personajes como él, de cuya gestión dependemos toda la sociedad canaria, no tienen más fundamento que las ansias de poder, no deben dormir muy bien por las noches tras tanta corrupción diurna cargándose nuestra economía con una nefasta concepción del progreso basada en la inversión extranjera y tantos campos de golf que en el futuro no darán tan siquiera unas mallita de papas para echarse a la boca. Pienso así que, ante tanta impotencia y tanta infelicidad, si viera algún día por mi barrio lagunero a algún tipo de esos que controla el cotarro en alguna de las Consejerías del Gobierno de Canarias, no le espetaría una máxima aristotélica ni tampoco una consigna revolucionaria a lo Che Guevara con versión de Benicio del Toro, tan sólo le recomendaría con mucha educación que visite la ventita de aceite y vinagre que aún existe frente a la farmacia para que le diera cuentas y se las viera con la Doña que tantas horas dedicó en su vida a despachar recados y fiados a sus vecinos, y que ahora es una de las muchas personas de nuestro pueblo que son las víctimas colaterales de esta ya larga guerra del capitalismo y que mal llevan a estas horas como pueden la crisis en mi barrio.
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