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Cómo limpiar y conservar las escobillas del coche tras un verano de sol y calima

MASPALOMAS AHORA
Viernes, 30 de Octubre de 2026
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En el sur de Gran Canaria, una escobilla puede pasar el verano entero sin dar un barrido y llegar al otoño gastada. A la goma le basta con estar al sol, apoyada sobre un cristal caliente y cubierta de vez en cuando por una capa de calima.

Por eso conviene revisarlas ahora, antes de que lleguen las lluvias, y no el día en que el primer chubasco obliga a ponerlas en marcha.

Ciento cincuenta litros al año y trescientas horas de sol en julio

Las cifras de la AEMET lo explican mejor que cualquier taller. En la estación del aeropuerto de Gran Canaria, en la costa este, caen de media unos 151 litros por metro cuadrado al año, repartidos en apenas 22 días de lluvia (normales 1981–2010). Entre junio y agosto prácticamente no llueve, y solo en julio se acumulan unas 300 horas de sol.

Para una pieza de caucho, eso es mucho castigo y poco uso. El filo de la escobilla, la parte que de verdad limpia, es finísimo. Motor, varillas y brazos trabajan solo para mantenerlo apoyado contra el cristal, y basta ver cómo trabaja cada pieza del sistema limpiaparabrisas para entender que la escobilla es la única pensada para cambiarse como un consumible. El calor y la radiación ultravioleta resecan ese filo y lo endurecen poco a poco, aparecen microgrietas y la goma se acostumbra a su postura de reposo. Cuando por fin tiene que voltear de un lado a otro sobre el cristal, ya no se adapta.

La calima pide agua antes que escobilla

Hay un gesto muy extendido que acelera todo esto: amanecer con el parabrisas cubierto de calima y pasar los limpiaparabrisas para despejarlo. En seco, ese polvo funciona como una lija fina sobre el filo de la goma. Si arrastra algún grano más duro, también puede marcar el cristal.

El salitre añade su parte. No rompe la escobilla, pero deja una película que se mezcla con el polvo, se pega a la goma y termina convertida en rayas y chirridos.

La costumbre que más alarga su vida es también la más simple: mojar antes de barrer. Unos chorros del lavaparabrisas, o un cubo de agua si el polvo es abundante, y solo después las escobillas.

Un paño húmedo y cinco minutos en la gasolinera

No hacen falta productos especiales. Basta un paño de microfibra, agua y un poco de jabón para coche sin cera. Se levanta el brazo sujetándolo bien, porque si se escapa golpea el cristal, y se pasa el paño húmedo a lo largo de la goma, siempre en el mismo sentido, hasta que deje de salir negro. Merece la pena repasar también las ranuras y la articulación, donde se queda la arena.

Después se aclara y se limpia el parabrisas: una goma limpia sobre un cristal sucio vuelve a ensuciarse al primer barrido. Mejor evitar disolventes y productos agresivos, que pueden dejar la goma pegajosa al principio y resecarla después. Y el depósito del lavaparabrisas, siempre con líquido de calidad: en días de calima es lo primero que se echa en falta.

La goma que ya no tiene arreglo

La limpieza resucita una escobilla sucia, no una gastada. Para saber en qué caso está la suya, basta mojar bien el cristal con la manguera, dar un par de barridos y fijarse en lo que queda:

  • rayas finas de agua que se repiten siempre en el mismo sitio, el rastro típico de un filo mellado;
  • una franja que la escobilla no llega a tocar, a menudo en los extremos del arco;
  • un barrido a saltos, acompañado de un golpeteo seco;
  • grietas en la goma o una lámina que empieza a separarse del soporte, algo que se ve incluso con el coche parado.

Si cualquiera de estas cosas sigue ahí después de limpiarla, toca cambiarla. Antes conviene descartar el cristal, porque los restos de cera o de salitre también provocan saltos. Y si lo que falla es el movimiento, con brazos lentos o un motor que zumba sin moverlos, el problema está en el mecanismo y es cosa del taller.

El cambio de escobillas, en cambio, lo puede hacer cualquiera en pocos minutos. Lo único delicado es acertar con la longitud, que en un turismo suele ir de unos 35 a 70 centímetros según el modelo y el lado, y con el tipo de sujeción. Ambos datos figuran en el manual del coche, y también se pueden comprobar midiendo las escobillas actuales. La referencia habitual es renovarlas una vez al año, aunque en la práctica manda su estado.

El resto son costumbres de días secos: aparcar a la sombra cuando se pueda o usar un parasol, no dejar los brazos levantados durante días porque el muelle pierde fuerza, hacerlas trabajar con agua de vez en cuando y echarles un vistazo en septiembre u octubre. Es entonces, y no con el primer aguacero encima, cuando conviene descubrir que una escobilla ya no sirve.

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