Mari Carmen y el Dios sociable: cuando una tragedia desnuda nuestra conciencia No basta con preguntarnos quién tiene la culpa. Hay que preguntarnos desde qué nivel de conciencia estamos mirando lo ocurrido.
PEDRO RODRÍGUEZ
Jueves, 08 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:
Mari Carmen ha muerto. Y mientras su familia, sus compañeros y quienes estuvieron a su lado afrontan el dolor, España continúa discutiendo.
Unos hablan de vivienda, otros de propiedad, unos señalan al gobierno, otros a la oposición, unos hablan de derechos, otros, de legalidad, unos piden responsabilidades y otros responden que no se puede convertir una muerte en una acusación política. Y mientras todos hablan, hay una pregunta que quizá estamos olvidando:
¿Qué nos está revelando todo esto sobre nosotros mismos?
Aquí es donde me viene a la cabeza un libro que leí hace tiempo: Un Dios sociable, de Ken Wilber, publicado por Kairós.
Wilber intenta algo poco habitual: conectar la evolución de la conciencia humana con la manera en que construimos nuestras religiones, nuestras sociedades y nuestras formas de relacionarnos. No plantea simplemente qué creemos, sino desde dónde estamos mirando la realidad.
Y quizá ese sea precisamente el asunto que Mari Carmen ha puesto delante de nosotros.
Porque podemos contemplar su historia desde muchos lugares. Podemos verla como un problema jurídico, como un problema económico, como un problema político, como un problema social, como una injusticia, como una reivindicación, como una batalla entre propietarios e inquilinos, e incluso como un fracaso institucional. Pero hay un nivel todavía más profundo: podemos verla como una prueba de nuestra conciencia colectiva.
De una mujer a un símbolo.
El desahucio de Mari Carmen dejó de ser un caso particular prácticamente desde el primer momento. Su salida de la vivienda, con 87 años y en camilla, provocó una movilización que terminó extendiéndose por distintas ciudades, con acampadas y una reivindicación nacional en torno al derecho a la vivienda. Después llegaron los decretos del gobierno, su rechazo en el congreso, el adelanto electoral y la convocatoria de una huelga general.
Es decir: una mujer se convirtió en símbolo. Y aquí empieza el peligro, porque cuando una persona se convierte en símbolo deja de ser solamente una persona. Puede convertirse en bandera, y las banderas sirven para unir a unos, pero también para enfrentar a otros. Eso es precisamente lo que estamos viendo.
Mari Carmen puede terminar siendo utilizada para demostrar que unos son buenos y otros malos, que unos están con los pobres y otros con los ricos, que unos defienden la vivienda y otros la propiedad, que unos tienen corazón y otros no. Pero la realidad humana es mucho más compleja.
Y quizá Wilber nos ayudaría a hacer una pregunta incómoda: ¿Estamos comprendiendo el problema o simplemente reaccionando ante él desde nuestro propio nivel de conciencia?
El problema no es solamente la vivienda, por supuesto que la vivienda importa, importa mucho, pero si reducimos todo lo sucedido a “el problema de la vivienda”, podemos perder algo.
Mari Carmen ha puesto delante de nosotros cuestiones mucho más profundas: ¿qué valor damos a una persona mayor?, ¿qué significa dignidad?, ¿qué significa justicia?, Y sobre todo: ¿somos capaces de mantener la humanidad cuando estamos en desacuerdo?
Ahí aparece la verdadera crisis. Porque una sociedad puede tener leyes, jueces, parlamentos, gobiernos, sindicatos, movimientos sociales. Y, sin embargo, carecer de algo mucho más difícil de legislar: conciencia.
Quizá el título de Wilber Un Dios sociable nos permita hacer una reflexión todavía más incómoda. Porque también existe un Dios utilizado como bandera, un Dios que pertenece a los nuestros, un Dios que confirma nuestras posiciones, un Dios que siempre está de acuerdo con nuestra ideología, un Dios que condena al adversario y bendice nuestras propias decisiones. Pero ese Dios no es demasiado sociable.
Es un Dios encerrado en nuestra propia cabeza.
El Dios bíblico, en cambio, parece empeñado en romper nuestras fronteras. En Proverbios se nos dice: Abre tu boca por el mudo, por los derechos de todos los desvalidos.
No dice por los de izquierdas, ni por las derechas, ni por los inquilinos, ni los propietarios.
Dice: por los desvalidos. Y ahí aparece algo extraordinario. La dignidad de una persona no depende de que pensemos como ella. Mari Carmen nos ha obligado a mirar al otro quizá esta sea la gran enseñanza.
Durante años hemos aprendido a vivir políticamente divididos, nos hemos acostumbrado a identificar al enemigo antes incluso de escuchar su argumento. Si alguien habla de propiedad, sospechamos que está contra el inquilino. Si habla de vivienda, sospechamos que está contra el propietario. Si alguien critica al Gobierno, automáticamente parece defender al contrario. Si alguien critica a la oposición, parece estar defendiendo al Gobierno.
Todo tiene que pertenecer a un bando, y entonces ocurre algo terrible: dejamos de ver personas, vemos posiciones, etiquetas, enemigos…
Mari Carmen rompió ese esquema. Porque delante de una mujer de 87 años, enferma y fuera de su casa, la primera reacción de cualquier ser humano debería ser: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?, ¿cómo utilizo esto contra el que piensa diferente?
Si seguimos a Wilber en su intento de relacionar conciencia y estructuras sociales, podríamos decir que una sociedad no evoluciona solamente porque cambien sus leyes. También evoluciona cuando cambia la manera de mirar al otro. Y ahí tenemos una asignatura pendiente. Podemos aprobar nuevas leyes y continuar enfrentándonos exactamente igual, podemos aumentar el parque de vivienda y seguir despreciando al adversario, podemos conseguir más derechos y continuar siendo incapaces de escuchar. Podemos hablar de solidaridad mientras convertimos al contrario en un enemigo. Eso no es evolución.
Es simplemente cambiar las reglas manteniendo la misma conciencia.
Mari Carmen merece algo más que nuestra indignación, por eso me preocupa que su muerte termine absorbida por la maquinaria política. Que mañana los partidos continúen acusándose, que unos utilicen su nombre para atacar al gobierno, que otros lo utilicen para atacar a la oposición. Que las redes sociales conviertan su vida en una batalla de insultos.
Sería una segunda derrota, la primera fue perder su hogar y la segunda sería perder el sentido de su historia. Porque Mari Carmen consiguió algo que ninguna ley había conseguido hasta ahora: despertar a mucha gente. Su desahucio provocó movilizaciones, su nombre llegó a las instituciones, su historia hizo que miles de personas salieran a la calle. Y su muerte ha vuelto a llenar plazas y ha convertido su figura en símbolo de una reivindicación que continúa.
Ahora falta saber qué hacemos con ese despertar, la pregunta que queda, quizá la pregunta ya no sea quién ganará y quién perderá. Porque Mari Carmen perdió algo que ningún político debería olvidar: perdió la posibilidad de volver a su casa, y nosotros tenemos ahora una responsabilidad. No convertirla en una mártir de una ideología, no convertirla en un arma, no reducirla a una cifra, no utilizar su nombre para alimentar nuestras trincheras. Sino preguntarnos qué sociedad queremos construir.
Una sociedad en la que cada conflicto termine en una batalla entre bandos, o una sociedad capaz de sentar en la misma mesa a quien defiende la propiedad y a quien necesita una vivienda, una sociedad capaz de proteger al vulnerable sin destruir derechos, una sociedad capaz de legislar antes de que llegue la tragedia, una sociedad capaz de entender que la justicia sin humanidad puede convertirse en fría legalidad, pero la compasión sin responsabilidad también puede quedarse en una simple emoción.
Quizá eso sea lo verdaderamente revolucionario.
No gritar más, no señalar más, no odiar más y sí comprender más.
Y si la muerte de Mari Carmen consigue llevarnos un paso más allá de nuestras propias trincheras, entonces su historia habrá hecho algo que va mucho más allá de la vivienda.
Nos habrá obligado a preguntarnos por nuestra propia conciencia. Porque quizá el verdadero problema no sea solamente dónde vive una persona. Quizá el verdadero problema sea: ¿En qué clase de sociedad estamos viviendo cuando necesitamos que una mujer de 87 años sea expulsada de su casa y muera para que millones de personas volvamos a preguntarnos qué significa realmente vivir juntos?
Ese es, quizá, el verdadero significado de un Dios sociable, un Dios que no vive encerrado en nuestras certezas, un Dios que nos obliga a encontrarnos con el otro, y que, cuando nos encontramos frente al sufrimiento de una persona, no nos pregunta primero: ¿De qué bando eres?
Nos pregunta: ¿qué has hecho por ella?
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.







Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.58