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De España a París: acompañar al Papa y hacerse preguntas

PEDRO RODRÍGUEZ PEDRO RODRÍGUEZ Domingo, 20 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:

Hay viajes que uno hace con una maleta y otros que empieza a hacer con el corazón.

Yo voy a París para acompañar al Papa León XIV en su visita a Francia. Y mientras preparo este viaje, no puedo evitar pensar en otra visita que está todavía muy reciente: la que el Papa hizo a España el pasado mes de junio.

Hay algo que me llama poderosamente la atención.

Francia recibe al Papa en un país profundamente secularizado, donde la fe católica ya no ocupa el lugar que ocupó durante siglos. Sin embargo, precisamente allí parece existir una inquietud, una búsqueda, una necesidad de volver a hacerse preguntas. La propia Iglesia francesa habla de una creciente “sed espiritual” y de jóvenes y adultos que se acercan nuevamente a la fe.

Y entonces miro hacia España.

España recibió a León XIV con enormes multitudes. Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife fueron escenario de encuentros multitudinarios. Solo en la misa de Cibeles se concentró más de un millón de personas según la Delegación del Gobierno, y el balance de los organizadores cifró en más de 2,5 millones los participantes durante todo el viaje.

Entonces, ¿qué nos está pasando?

Porque una cosa es recibir al Papa. Otra, muy distinta, es escucharle.

Podemos llenar plazas, estadios y calles. Podemos emocionarnos cuando pasa el papamóvil. Podemos levantar el teléfono para hacer una fotografía y decir que estuvimos allí. Pero la pregunta verdaderamente importante viene después: ¿qué queda de todo aquello cuando el Papa se marcha?

León XIV llegó a España y habló de una fe que no debe convertirse en una pieza de museo. En Cibeles pidió precisamente salir de una fe “cómoda y privada” y comprometerse con el bien común.

Quizá esa sea la verdadera comparación entre España y Francia.

No se trata de contar quién tiene más creyentes. Tampoco de decir que Francia tiene más fe que España o que España ha dejado de creer. Sería demasiado sencillo.

La pregunta es otra: ¿qué sociedad está dispuesta a escuchar lo que el Papa tiene que decir?

Francia parece esperar esta visita con una mezcla de curiosidad, esperanza y búsqueda. El programa de León XIV no se limita a los católicos: incluye encuentros con autoridades, jóvenes, la UNESCO, personas vulnerables, catecúmenos, otras confesiones religiosas y ciudadanos. El viaje pasará por París, Lourdes y Metz y tendrá como uno de sus ejes la dignidad humana, la paz y la unidad de Europa.

Y yo quiero estar allí.

Voy a París no solamente para ver al Papa. Voy para acompañarlo. Para escuchar. Para observar qué ocurre cuando un hombre que representa a una Iglesia universal llega a una sociedad que, durante décadas, ha vivido una profunda secularización.

Y también voy a París llevando conmigo una pregunta sobre España.

¿Nos acordaremos del Papa cuando se haya marchado?

Quizá ese sea el verdadero examen de una visita papal. No cuántas personas caben en una plaza, sino cuántas personas cambian algo de su vida después de escuchar su mensaje.

España demostró que todavía puede llenar las calles para recibir al Papa. Ahora queda por demostrar si aquello fue solamente un acontecimiento multitudinario o si también fue un momento de renovación espiritual.

Mientras tanto, Francia abre sus puertas a León XIV.

Y yo estaré allí, en París, acompañándolo.

Quizá desde las calles de una Francia que muchos consideran demasiado secularizada pueda entenderse algo que a veces olvidamos en España: que la fe no se hereda para siempre. Hay que cuidarla, vivirla y transmitirla.

Y quizá el Papa no vaya a Francia porque allí haya más creyentes.

Quizá vaya precisamente porque hay muchas personas que todavía están buscando.

Y eso, al final, también debería hacernos pensar a nosotros.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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