Sin ustedes, la Iglesia no está completa: una reflexión teológica sobre la acogida cristiana
PEDRO RODRÍGUEZ
Martes, 04 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:
Las palabras de fray Raúl Vera, obispo emérito de Saltillo, han suscitado admiración en unos y rechazo en otros. Al dirigirse a las personas del colectivo LGBTQ+, afirmó: «Sin ustedes, la Iglesia no está completa. Ustedes son nuestra familia; no nos dejen solos en este caminar junto al Señor Jesús». Posteriormente, insistió en que la homosexualidad no debe entenderse como una enfermedad ni como una perversión y defendió el derecho de estas personas a participar plenamente en la vida de la comunidad cristiana.
Más allá de las reacciones, conviene preguntarse si esta invitación encuentra fundamento en el Evangelio y en el Magisterio de la Iglesia. La respuesta exige una mirada serena y profundamente cristiana.
Cristo nunca comenzó excluyendo
Cuando recorremos los Evangelios, descubrimos un hecho incuestionable: Jesús jamás inició una relación con alguien desde la condena. Su primera palabra siempre fue una llamada: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Marcos 2,17).
Cristo compartió la mesa con publicanos, pecadores, extranjeros, mujeres despreciadas y personas consideradas impuras por la sociedad religiosa de su tiempo. Precisamente por ello fue acusado de ser «amigo de publicanos y pecadores» (Mateo 11,19).
El Evangelio muestra que Jesús nunca confundió la santidad con el rechazo. Su método era el encuentro; su lenguaje, la misericordia.
La parábola del hijo pródigo (Lucas 15,11-32) resume admirablemente esta lógica divina: el Padre corre al encuentro del hijo antes incluso de escuchar una explicación. El amor precede al juicio.
La dignidad humana precede a cualquier condición
Toda la antropología cristiana descansa sobre una verdad fundamental: «Creó Dios al ser humano a su imagen; a imagen de Dios lo creó» (Génesis 1,27).
La dignidad de una persona no depende de su orientación sexual, de su historia personal ni de sus circunstancias. Depende de haber sido creada a imagen y semejanza de Dios.
Por ello, san Pablo recuerda: «Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer; porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3,28).
No significa que desaparezcan las diferencias humanas, sino que ninguna de ellas puede convertirse en motivo de exclusión dentro del Cuerpo de Cristo.
Lo que enseña realmente el Catecismo
Con frecuencia se citan algunos números del Catecismo de la Iglesia Católica, pero se omiten otros igualmente importantes.
El número 2358 afirma: «Un número apreciable de hombres y mujeres presenta tendencias homosexuales profundamente arraigadas (...). Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta».
Estas palabras forman parte del Magisterio oficial de la Iglesia. No son una opinión personal ni una concesión cultural.
La acogida, por tanto, no es una moda contemporánea: es una exigencia del propio Catecismo.
El papa Francisco y la primacía de la misericordia
Desde el inicio de su pontificado, el papa Francisco recordó que la Iglesia no puede reducirse a una institución que selecciona a los perfectos.
Su célebre frase «¿Quién soy yo para juzgar?» no pretendía abolir la doctrina, sino recordar que el juicio definitivo pertenece únicamente a Dios.
En la exhortación apostólica Evangelii Gaudium (n. 47) escribió: «La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre».
Y añade unas palabras de enorme fuerza pastoral: «Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial».
En el número 49 insiste: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle antes que una Iglesia enferma por el encierro».
No es una invitación al relativismo, sino a recuperar el estilo de Jesús.
Amoris Laetitia y el acompañamiento
En Amoris Laetitia (n. 250), Francisco afirma: «Toda persona, independientemente de su orientación sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar todo signo de discriminación injusta».
Estas palabras no modifican la doctrina moral de la Iglesia, pero sí recuerdan que ninguna persona puede sentirse excluida del amor de Dios ni del cuidado pastoral de la comunidad.
Fiducia Supplicans y la bendición de Dios
La declaración Fiducia Supplicans (Dicasterio para la Doctrina de la Fe, 2023) reafirma la enseñanza moral de la Iglesia sobre el matrimonio, pero abre también la posibilidad de bendiciones pastorales para personas en situaciones consideradas irregulares, incluidas parejas del mismo sexo, siempre que no se confundan con el rito matrimonial.
El documento recuerda una verdad profundamente evangélica: cuando una persona pide la bendición de Dios, la Iglesia reconoce que todos necesitamos su gracia y que nadie debe ser privado de la cercanía del Señor.
Una Iglesia donde nadie sobra
San Pablo enseña que la Iglesia es un solo cuerpo: «El cuerpo no se compone de un solo miembro, sino de muchos... El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”» (1 Corintios 12,14.21).
La imagen es poderosa. Ningún bautizado puede declarar innecesario a otro miembro del Cuerpo de Cristo.
Las palabras de fray Raúl Vera, «Sin ustedes, la Iglesia no está completa», encuentran aquí una profunda resonancia teológica. No significan que toda conducta sea indiferente ni que desaparezca el discernimiento moral. Significan algo mucho más radical: que nadie deja de ser hijo de Dios y miembro llamado a caminar hacia la santidad.
La verdad nunca puede separarse de la caridad
Benedicto XVI escribió en Caritas in Veritate que la verdad solo puede anunciarse auténticamente cuando va unida al amor. San Pablo lo había expresado siglos antes: «Viviendo la verdad en la caridad» (Efesios 4,15).
Cuando la verdad se anuncia sin amor, termina convirtiéndose en dureza. Cuando el amor prescinde de la verdad, acaba vaciándose de contenido.
La auténtica pastoral cristiana mantiene unidas ambas dimensiones.
Quizá la pregunta decisiva no sea si las personas LGBTQ+ tienen un lugar en la Iglesia. Esa respuesta ya la dio Cristo cuando murió por todos sin excepción.
La verdadera pregunta es si nosotros estamos dispuestos a amar como Él amó. Porque el Evangelio nunca comienza diciendo: «Demuéstrame que eres digno y luego entrarás».
Comienza diciendo: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré» (Mateo 11,28).
En ese «todos» no hay asteriscos, categorías ni exclusiones. Ahí reside la fuerza del Evangelio y el sentido profundo de las palabras de fray Raúl Vera: una Iglesia donde alguien siente que sobra es una Iglesia que todavía necesita aprender del corazón de Cristo.
La plenitud del Cuerpo de Cristo no se alcanza levantando muros, sino abriendo los brazos, como hizo el Señor desde la cruz para abrazar al mundo entero.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.














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