La física cuántica acaba de encontrar un duro competidor. La política ha descubierto una nueva teoría revolucionaria. Un tránsfuga puede ser tránsfuga y no serlo al mismo tiempo. Todo depende de quién firme la nómina.
En Gran Canaria se ha abierto un apasionante debate. Un conceja de un municipio de la isla, en la oposición exige a otro edil del mismo municipio, que entregue su acta por cambiar de partido. Un discurso firme, solemne y cargado de principios. Casi se escuchan violines de fondo mientras la coherencia desfila por la alfombra roja.
El problema aparece cuando la cámara gira unos metros.
El mismo guardián de las esencias ocupa un cargo de confianza junto a una consejera que hizo exactamente el mismo recorrido político. También cambió de partido. También abandonó las mismas siglas. También aterrizó en la misma formación.
Curiosamente, para ella no hay ruedas de prensa. Nadie le pide que renuncie. Nadie habla de transfuguismo. Nadie reclama coherencia. Será que el cargo de confianza incluye tapones para los oídos.
Debe existir un reglamento que el resto de los mortales desconoce. Capítulo primero. Si el cambio de partido lo hace el de enfrente, es un atentado contra la democracia. Capítulo segundo. Si quien cambia es tu jefa, se llama evolución política, madurez institucional o, simplemente, cosas que pasan.
La coherencia, esa señora tan exquisita, parece sufrir una extraña alergia al sueldo. Funciona de maravilla desde la oposición, pero pierde cobertura en cuanto entra en un despacho oficial.
Quizá la solución resulte sencilla. Si el problema es tan grave como se proclama, bastaría con aplicar la misma receta para todos. O se pide el acta a cualquiera que cambie de partido o se reconoce que el escándalo depende menos de las siglas que de quién ocupa el sillón.
Al final, el verdadero milagro no consiste en cambiar de partido. El auténtico prodigio consiste en cambiar de criterio sin mover un solo músculo de la cara.
Y luego dicen que la política no tiene sentido del humor.

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