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Zapatero nos despierta al mundo real: el tecnofeudalismo financiero

ELOY CUADRA PEDRINI Lunes, 25 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

Creo que no estamos abordando el cataclismo Zapatero desde la dimensión que merece. No se trata de si es culpable o no culpable, o de si hay o no hay pruebas de los posibles delitos, el verdadero debate no debería ir por ahí. Para empezar, Zapatero ya no era, en teoría, un político en activo, se había convertido en un agente económico del globalismo internacional. Y es aquí donde debemos situarlo, cuando, además, la mayoría de medios de comunicación y expertos opinantes coinciden en que lo que de seguro era Zapatero es precisamente eso, un poderoso conseguidor financiero al que le están saliendo ingresos escandalosos, o lo que es lo mismo, un lobista.

A partir de aquí, primera pregunta: ¿es ética y políticamente correcto que el último referente de la socialdemocracia española -con los muchos privilegios y el sueldazo vitalicio que tienen además los expresidentes en España- se dedique a amasar dinero de esta forma? La respuesta solo puede ser una: no. Y ahí se acaba la discusión. El debate sobre si Zapatero es o no culpable penalmente no importa, da igual lo que resulte, ya es culpable ética y políticamente, y está acabado como figura, como referente o como lo que quieran a nivel mediático. Distinto sería si hubiera sido presidente del Partido Popular, porque los conservadores llevan el capitalismo ultraliberal y el lobismo en su ADN, de modo que no habría contradicción alguna. Pero en los del PSOE sí que las hay, y muchas, sobre todo de cara a la imagen que deben dar a su electorado.

Y así llegamos a la segunda pregunta, muy reveladora: ¿cómo es posible que nadie en el gobierno, en el PSOE, en Sumar o en el resto de partidos que apoyan al gobierno pensara en decirle a Zapatero que les iba a buscar un problema con sus actividades como lobista financiero? Y la respuesta, de nuevo cae sola. A nadie se le ocurrió porque todos en el PSOE, en el gobierno y más allá del gobierno han aceptado que el mundo es así, que manda el capital financiero por encima de la política, y por tanto es legítimo dedicarse al  corporativismo global que utiliza contactos, influencias y poder acumulado para mover intereses económicos gigantescos sin control democrático. No hay más. Es la rendición absoluta de la política. Y es en este punto donde empieza el verdadero debate. Zapatero es el síntoma más claro de la degradación de la política. Una degradación que nos despierta al mundo real: un mundo financiarizado, un mundo que Yanis Varoufakis ha bautizado muy acertadamente como tecnofeudalismo.

Para los no familiarizados con esta terminología económica una breve explicación. El tecnofeudalismo financiero es la evolución más extrema y deshumanizada del capitalismo. Un sistema en el que la economía ya no gira alrededor del trabajo, la producción o la industria, lo hace alrededor del control financiero, tecnológico y corporativo del mundo. Aquí ya no mandan los gobiernos, ni siquiera los mercados tradicionales: mandan gigantescas plataformas digitales -los nubelistas-, fondos de inversión, bancos, cripto especuladores, grandes corporaciones y redes de influencia capaces de mover más dinero y más poder que muchos Estados. En este modelo, la ciudadanía deja de ser propietaria de cosas para convertirse en usuaria permanente, dependiente de alquileres, suscripciones, hipotecas, créditos y plataformas digitales que controlan cada aspecto de la vida cotidiana, si no son directamente pobres. En este nuevo mundo la riqueza ya no se genera trabajando o produciendo bienes útiles, brota y se multiplica escandalosamente desde los activos financieros, los datos, las redes de influencia y la capacidad especulativa de cada cual. Por eso cada vez más personas sienten que por más que trabajen nunca podrán alcanzar estabilidad, vivienda o prosperidad real: porque el sistema ya no está diseñado para premiar el esfuerzo productivo. Las rentas del trabajo, son ridículas, en comparación con las rentas del capital financiero, y esto es el germen disruptivo de todo lo demás.  

Este es el único debate que le queda a la izquierdas sociales y políticas a la izquierda del PSOE. Si quieren salvar lo poco que queda salvable -el PSOE, el de Sanchez, está ya condenado-,  tienen que salir de la defensa de Zapatero, del lowfare, de la presunción de inocencia o del "y tú más". Hay que cortar por lo sano, condenar claramente a Zapatero por todo lo condenable que tiene su conducta sin pasar por el juzgado, hay que dejar caer al PSOE, salir del marco ideológico de las derechas y situar el debate en otro marco, el de la lucha por un mundo menos corrupto, violento y financiarizado. Todo lo que no sea eso, todo lo que sea mantener de alguna manera la ambigüedad o el apoyo discreto al PSOE y a su modelo falsario, implicará ser arrastrados irremediablemente en la caída.

Y aquí es donde llegamos al verdadero cruce de caminos histórico. Porque el tecnofeudalismo financiero ya no es una amenaza futura, es el sistema en el que vivimos. La gran pregunta ya no es por tanto si llegará, es saber qué ocurrirá cuando las sociedades terminen de asumir que la democracia liberal actual ya no puede garantizar estabilidad, vivienda, seguridad económica ni ascenso social para la mayoría. Y ahí aparecen dos caminos muy peligrosos.

El primero es la resignación: aceptar que las élites financieras, tecnológicas y corporativas -con sus lobistas y su casta política al estilo España- sigan gobernando el mundo mientras las clases medias desaparecen y las nuevas generaciones viven condenadas a la precariedad permanente.

Por cierto, una muestra muy reciente de cómo gobiernan en España estas élites tecnocráticas y corporativas, lo tenemos en cómo se han quitado de en medio a Ángels Barceló en la Cadena SER y a Carlos Alsina en Onda Cero, sin ser ni mucho menos periodistas antisistema, únicamente porque resultaban incómodos al discurso hegemónico edulcorado que se impone.

El segundo camino es aún peor, me refiero a la deriva hacia el populismo autoritario que estamos viviendo. Lo que ocurre en un mundo dominado cada vez más por poderes financieros transnacionales, cuando los gobiernos descubren que ya no pueden garantizar estabilidad, vivienda, empleo digno o ascenso social. Y como no se atreven -o no saben- enfrentarse al poder económico global, terminan recurriendo a otra vía mucho más sencilla: reforzar el control político, emocional y policial sobre la sociedad. Es el trumpismo que cunde hoy por el mundo. Son gobiernos que mantienen una apariencia democrática mientras concentran poder, polarizan a la población, buscan enemigos internos o externos y fortalecen aparatos de seguridad capaces de contener el malestar social. En ese contexto, el autoritarismo deja de ser una anomalía y se convierte, para muchas élites, en la forma más cómoda y viable de gestionar sociedades crecientemente precarizadas, frustradas y desbordadas por el tecnofeudalismo financiero.    

Panorama desolador,  sin duda. Aún así las izquierdas todavía tienen una última oportunidad histórica. Pero para aprovecharla necesitan romper definitivamente con la política convertida en red de influencias, con el progresismo de escaparate y con la normalización de este capitalismo dentro de sus propias filas. Algo que en clave política estatal se traduce en romper también definitivamente con este PSOE de Sánchez, el presidente lobista y compañía. Dicho de otra manera: el listón no puede ser rezar para que el juez no condene a Zapatero y seguir tirando luego. Hay que subirlo bastante más hasta unos niveles mínimos de honradez, justicia social y honestidad, del estilo del recordado Pepe Mújica, por ejemplo. Necesitamos volver a hablar de trabajo, de vivienda, de soberanía económica, de límites al capital especulativo, de comunidad, de dignidad y de futuro, siendo capaces de salirnos del marco de lenguaje que nos impone el neoliberalismo, un lenguaje que normaliza que millones de personas sean siervos o esclavos modernos.

Créanme, esta es la única elección real que nos queda por delante: intentar reconstruir un modelo de convivencia más humano, donde la economía vuelva a estar subordinada a la democracia y al bien común. Con todo, quizás este sea el verdadero legado involuntario de Zapatero: tras caer el último mito, al fin, despertamos brutalmente al mundo en el que vivimos.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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