La anomalía canaria: una conciencia sin representación
Tras la vergüenza nacional que ha supuesto para una gran mayoría de canarios el reciente numerito de Clavijo y los suyos con lo del barco, mucha gente dentro y fuera de Canarias repite una pregunta. El otro día sin ir más lejos, me pasaban un vídeo de Felipe Ravina -destacado influencer ecologista con miles de seguidores- en el que se hacía la misma preguntaba: ¿qué hemos hecho los canarios para que nos represente por tanto tiempo este partido tan lamentable? Creo que ha llegado la hora de darle amplia respuesta: es la anomalía canaria, una conciencia sin representación.
Esta anomalía o fallo se explica desde una realidad de partida: que Canarias aparezca en la franja alta de identidad regional o de país en recurrentes estudios del CIS, solo por detrás de Cataluña y el País Vasco, y esto no tenga una traducción política efectiva en el Congreso de los Diputados, con sólo una triste congresista, la señora Tavío (CC). ¿Cómo es posible que seamos el tercer territorio del Estado con el sentimiento nacional o de pertenencia más fuerte, donde la inmensa mayoría de los canarios sienten que Canarias posee una identidad propia, una cultura diferenciada, una historia singular, con una conciencia clara de nuestra lejanía, del abandono y, en muchos casos, incluso de la explotación económica y territorial que sufrimos, y esa voz no tenga apenas eco en Madrid? Ahí reside la anomalía.
Una anomalía que veremos mejor en los datos. Pues los catalanes suman nada menos que 14 diputados, con 7 para Junts y otros 7 para ERC, y los vascos tienen 11, con 5 del PNV y 6 de EH Bildu. Y si ponemos la lupa en los partidos ganadores en cada comunidad autónoma y comparamos el porcentaje de apoyo popular, Coalición Canaria vuelve a salir muy mal parada en términos de legitimidad o refuerzo electoral. Así, Fernando Clavijo gobierna con apenas el 22% de los votos, nada que ver con los porcentajes entre el 30% y el 45% en el que se mueven la mayoría de partidos que gobiernan en el resto de autonomías.
Sobra decir que Coalición Canaria juega un papel fundamental y protagónico en nuestra anomalía canaria, pero no son los únicos actores, de lo que daremos cuenta más adelante. Sea como fuere, tras décadas en el poder, los seudonacionalistas se han apoderado de buena parte del espacio institucional del canarismo, pero nunca se han preocupado por construir un verdadero proyecto nacional para Canarias. Su única habilidad ha sido convertir el autonomismo en una maquinaria de poder, y de paso terminar vaciando el sentimiento canario de cualquier contenido transformador o rebelde, para sustituirlo por gestión, redes clientelares, victimismo, equilibrios insulares y folklorismos varios. Así las cosas, su permanencia en el poder no se entiende únicamente por el mayor o menor apoyo popular que tienen, se basa en un sistema electoral muy antidemocrático donde aparecen sobredimensionadas las islas menores y determinadas dinámicas locales que ellos dominan muy bien, a lo que le suman un perfecto control de la mayoría de medios de comunicación y una tupida red clientelar. La resultante: CC es una estructura política enormemente resistente al desgaste, por muy mal que lo hagan o por muy pocos votos que saquen en la provincia de Las Palmas.
30 años gobernando, se dice pronto. Y esto tiene consecuencias profundas en la población canaria, que siguen explicando la anomalía de la que les hablo. Para empezar, a golpe de 30 años en el gobierno han configurado un “nacionalismo canario” sin defensa valiente del territorio, ni soberanía económica, ni transformación social, solo conformismo, turismo masivo, corrupción urbanística y subordinación constante ante Madrid. El problema es que 30 años trabajando el mismo discurso terminan por derrotar a muchos canarios: a unos por resignados, y a otros por asimilados, haciéndoles creer que los canarios somos así y no damos para más. Coalición Canaria ha aprovechado también estos 30 años para ejercer una enorme capacidad de influencia sobre medios de comunicación, instituciones públicas, tejido empresarial y espacios de opinión, consolidando un auténtico efecto tapón dentro del canarismo político. Dicho de otra manera: ellos ocupan el espacio institucional de la “defensa de Canarias” e impiden así que otras opciones canarias, especialmente aquellas capaces de articular un proyecto más transversal, social, combativo, anticolonial o renovador, logren visibilidad suficiente para llegar a la población. El resultado es profundamente paradójico: el partido que monopoliza el discurso canarista no consigue generar una gran adhesión popular, pero sí bloquea el crecimiento de alternativas propias.
Aquí viene la parte de la anomalía canaria que la completa o cierra para que sea perfecta, y no tiene que ver con Coalición Canaria. Se trata de esas otras opciones políticas de obediencia canaria que deberían plantear algo más decente y atractivo para los canarios, y que tampoco lo hacen. Así, de un lado hemos tenido históricamente un independentismo marginal de izquierdas, empeñado en la independencia ya, en la confrontación identitaria y en un antipeninsularismo agresivo y estéril, hablando básicamente para sí mismo en lugar de hacerlo para la sociedad canaria real. Y de otro lado también tenemos unas opciones alternativas locales a veces ecosocialistas, otras canaristas y otras tantas feministas, que poco o nada tienen de voz propia, combativa y anticolonial frente a Madrid, y mucho menos de lucha real de clase, de estar de verdad con los de abajo, casualmente mayoría en esta tierra. El resultado de esta triple distorsión en forma de abandono resulta devastador para los intereses de Canarias, porque buena parte del electorado canario con conciencia de su canariedad, que bien podría sentirse identificado con una fuerza propia y votar por ella, termina absteniéndose o votando a partidos diseñados a casi dos mil kilómetros de las Islas, porque se prefieren los originales a las copias, por corruptos, por vendidos, por trasnochados, por blanditos o por aquello del voto útil.
Y así llegamos a lo que tenemos hoy: una sociedad con conciencia de lo que es, huérfana total de representación. Una sociedad que espera, y en esa espera desespera. Algo que pudimos ver en la extraordinaria explosión de malestar colectivo que supusieron las manifestaciones del 20 de abril de 2024, cuando muchos miles de canarios salieron a las calles de todas las islas bajo el lema “Canarias tiene un límite”. Aquello fue mucho más que una protesta ecologista contra el modelo turístico masivo, fue una explosión de dignidad colectiva, una demostración masiva de que existe un sentimiento de hartazgo, de conciencia compartida y de rebeldía latente frente al modelo colonial, depredador y subordinado que se nos impone en Canarias desde hace décadas. Y sin embargo hoy, más de dos años después, seguimos igual. ¡Qué digo igual!, estamos peor, mucho peor, sin encontrar una traducción política clara, fuerte y unitaria de esa rabia, de ese hartazgo, de esa conciencia de lo que somos. Esta realidad desalentadora, se explica por lo que les acabo de contar: la anomalía canaria.
En el lado bueno, que pese a todo, esa conciencia canaria sigue ahí. Sobrevive, debajo de la resignación, de la propaganda institucional, de la dependencia económica y de los errores de las alternativas de siempre. Y ahora, la gente empieza a saber, a darse cuenta, a despertar. Lo hemos visto en la reacción espontánea mayoritaria de vergüenza y rechazo hacia el victimismo patético de Clavijo y los suyos con lo del virus. Jamás lo habrían esperado, sus señorías de CC, y su impostura les ha acabado estallando en las manos. Es la dignidad del pueblo canario la que les grita. Vivimos tiempos de cambio, también aquí en Canarias, y la encrucijada nos va a llegar en 2027, con unos nuevos comicios. Está por ver si lo que viene es más de lo mismo, con tres vueltas de tuerca añadidas hacia una derecha ultra aún más siniestra, o somos capaces de poner algo de cordura y humanidad a esta locura. Y bueno, en lo que a mí respecta, en la brega sigo, haciendo de cronista de nuestra realidad más incómoda.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.










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