Recuperación, o no, de la Niña III
En los días pasados, hemos podido leer en los periódicos la noticia de que el Ayuntamiento de LPGC ha encargado al consultor marítimo y arquitecto naval Daniel Rodríguez Zaragoza, un estudio técnico para la rehabilitación, o no, de la réplica de la carabela colombina La Niña III, que parafraseando al poeta Gustavo Adolfo Bécquer, “silenciosa, olvidada, cubierta de polvo, entre basura y restos de botellones, deteriorándose a marchas forzadas y envejeciendo sin dignidad, veíase La Niña III”. Ella es una réplica bastante fiel de aquella carabela que acompañó a Cristóbal Colón en su primer viaje hacia el Nuevo Mundo y que debido a la negligencia de las autoridades municipales, al permitir la acampada indiscriminada de indigentes y drogadictos, ardió parcialmente en mayo de 2023.
Para tener plena conciencia de lo que significa realmente para Gran Canaria esta carabela, conviene recordar un poco su historia. La “Niña III”fue la única carabela que siguió la estela de Colón y navegó con sus propios medios hasta Santo Domingo, entre tantas otras construidas al amparo del dinero público que se derrochó en los fastos del V Centenario del Descubrimiento de América en 1992. Se diferencia de todas las otras réplicas en que no tiene motores y su navegación depende enteramente del viento. Es genuina arqueología naval, en la construcción, materiales, aparejo y comodidades para la tripulación. Tiene una eslora en cubierta 17,30 m, una manga máxima en cubierta de 4 m, y un puntal de cubierta en la cuaderna maestra de 1,73. Es una “patera” a vela, sin motores de gasoil, con lo que se fue, y se volvió, a América el Capitán Etayo y su entusiasta tripulación cruzando la mar océana.
Este barco fue construido en el Astillero Castro, en la gallega Bayona, botado el 15 de julio de 1992, por encargo y empeño personal del insigne Teniente de Navío de la Armada Española y reputado internacionalmente arqueólogo naval, Carlos Etayo Elizondo. Gastó en este proyecto una parte sustancial de la herencia de su abuelo y reunió el resto de los fondos con aportaciones de amigos y fundaciones hasta alcanzar los 20 millones de pesetas que costaba la construcción de su sueño.
El Capitán Carlos Etayo, con 71 años de edad, hizo su última gran travesía por el “Mar Tenebroso” con once tripulantes, partiendo desde Palos de la Frontera, hasta llegar a América. Cuentan los periódicos de aquellos días que “lo que le falta de dinero público, le sobra de cariño popular. En el puerto de Las Palmas le llenaron el barco de plátanos y de productos que le regalaban en los supermercados; en La Gomera le dieron leña, gofio y más plátanos. Mientras, una suscripción popular intenta cubrir los gastos del segundo viaje de Etayo”. De nuevo los políticos a lo suyo, a dilapidar lo nuestro. Por entonces los festejos de Sevilla 92 se llevaban los “pellones”, nombre con que el humor negro andaluz bautizó la unidad de despilfarro valorada en mil millones, decían que por la forma de gastar de Jacinto Pellón, comisario y virtuoso del pelotazo descamisado dado con motivo de la Conmemoración del V Centenario del Descubrimiento.
Arribaron a República Dominicana sanos y salvos, pero el regreso a Europa se vio estancado por la falta de financiación. Varias instituciones como la Fundación Mapfre, el Cabildo de Gran Canaria o el Club Náutico, entre otras, aportaron la ayuda monetaria necesaria, reiterando el compromiso de la capital grancanaria con el proyecto de Etayo. Gracias a las aportaciones económicas, la nave llegó a Cádiz a bordo de un mercante y finalmente al Puerto de Las Palmas en 1993, donde estuvo varada durante cuatro años.
Primero recaló en el Muelle Deportivo, donde estuvo atracada desde el año 1993 al 98. Ahí tuve el inmenso placer y el gran honor de visitar varias veces la carabela, una de ellas con mis hijos pequeños, invitado y guiado por el capitán Etayo en persona. Mucho aprendí de navegación medieval con sus explicaciones y anécdotas.
Después fue llevada para hacer trabajos de mantenimiento y carenado a la Base Naval, donde permaneció por unos cuatro años hasta que un 12 de octubre de 2002 fue trasladada a una nueva ubicación junto al Castillo de La Luz, lugar muy oportunamente elegido ya que por entonces el Ayuntamiento de LPGC pensaba dedicar el castillo a Museo Naval.
Por aquellos años, don Jesús Gómez Rodríguez, q.e.p.d., el muy recordado Presidente del Cabildo Insular de Gran Canaria y ferviente defensor de la palmera canaria, lideró un grupo de personas que nos empeñamos en una aventura tan épica como altruista, cual fue la tarea de buscarle a la carabela La Niña III un lugar permanente de exposición y un entorno adecuado para ser visitada, estudiada y que sirviera de ornato y merecido homenaje de nuestra ciudad a la gesta colombina.
En algunos de mis artículos y reportajes fotográficos proponía en aquellos tiempos, y lo sigo proponiendo hoy en día, que un lugar interesante y adecuado para su ubicación pudiera encontrarse en los alrededores del Museo Elder de las Ciencias e integrado en sus fondos. Decía por entonces que podría estar expuesta en una especie de foso que permitiera al que la visite verla como si estuviera en el mar, al estilo de lo que se ha hecho con el velero Cutty Sark en Greenwich, cerca de Londres. Para que tuviera mayor interés técnico y cultural se podría montar dentro del Museo Elder una sala dedicada a la navegación, instrumentos y métodos antiguos y modernos de ubicarse en la mar. Una iniciativa de este tipo, además del interés turístico, tendría el interés pedagógico confeccionando proyectos educativos en colaboración con otro gran museo de la capital: La casa de Colón. Sus funciones podrían ser complementarias, pues mientras que el de Vegueta se especializa en historia, el del Parque Santa Catalina lo hace en aspectos técnicos, matemáticos y científicos, pudiendo ser una puerta y un atractivo para el estudio de la geografía, las matemáticas y la física a los jóvenes estudiantes y a los curiosos.
Sería una oferta adicional de ocio que aumentaría el atractivo para recorrer la ciudad a nuestros visitantes, a los tour operadores programar esos paseos y a los palmenses para compartir un amor, como decía el eslogan publicitario.
Esta sugerencia mía hecha a las autoridades cabildicias y municipales se materializó únicamente en su primera parte cuando en el año 2014 La Niña III fue trasladada al entorno del Parque de Santa Catalina (tras el Museo Elder de la Ciencia y la Tecnología), donde ha estado desde entonces. Ha sido ahora, tres años después de que ardiera accidentalmente la carabela cuando, al parecer y si no es otro sarcástico paripé político, se ha iniciado una nueva etapa para decidir si es posible y viable reconstruirla o, por contra, hacerla desaparecer para siempre.
Por último me gustaría señalar que si bien me parece correcto haber encargado el estudio de viabilidad de la reconstrucción de la carabela al consultor marítimo y arquitecto naval Daniel Rodríguez Zaragoza, a quien no tengo el gusto de conocer, a la vez también creo firmemente que para este caso concreto de rehabilitación de una estructura de madera, tal vez debiera también considerarse la participación de otro profesionales y expertos en trabajar la madera sin que sea preciso que tengan especiales conocimientos de arquitectura naval ni de las maderas especiales usadas para la construcción de ese tipo de embarcaciones, pues La Niña III no se restaura para que vuelva a navegar, sino tan sólo y lo más importante, para una exposición estática en “dique” seco. Por poner un ejemplo, para restaurar un gran balcón canario de madera, si se tienen los planos de diseño, no hace falta que haya arquitectos sino imperativamente ebanistas hábiles y una buena dirección de obra.
Ahora, tras la nueva travesía que emprende la carabela La Niña III, sólo nos cabe esperar que arribe sana y salva a un glorioso destino para memoria de la Gesta del Almirante don Cristóbal Colón, el Capitán Etayo y también resaltar el lugar tan destacado como imprescindible que tuvo Gran Canaria en el viaje descubridor culminado un 12 de octubre del año del Señor de 1492.
Muchas actividades de interés cultural y turístico podrían organizarse a sotavento de La Niña III en estrecha colaboración con los tour operadores y guías turísticos, que conviene tener muy presente que no son nuestros enemigos sino nuestros agentes comerciales para ofrecer, en colaboración con el Museo Casa de Colón, una ruta de de interés turístico histórico-cultural para los millones de visitantes que Gran Canaria recibe. Amén.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.








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