Cada vez que surge un problema cotidiano —da igual si es tráfico, limpieza o taxi— el patrón se repite. Nadie escucha. Todos se defienden. Y el que habla primero acaba señalado.
No hay debate porque no hay confianza previa. El vecino no cree que denunciar sirva. El profesional no cree que se le escuche con justicia. Y el resultado es una conversación rota antes de empezar, donde cada parte habla para los suyos.
Las redes no amplifican el problema sino que lo desnudan. Muestran una sociedad cansada, a la defensiva, donde cualquier crítica se interpreta como ataque y cualquier queja como exageración interesada.
Cuando todo se convierte en trinchera, lo razonable desaparece. Y sin razonable, no hay solución posible.
El verdadero problema no es lo que pasó. Es que ya nadie cree que hablar sirva para arreglarlo.

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