Las denuncias vecinales sobre conductas peligrosas, aunque puntuales según miembros del sector, el servicio del taxi en Maspalomas han actuado como detonante de algo más profundo que un debate sobre tráfico. Las reacciones ciudadanas en redes sociales permiten trazar un retrato bastante preciso del estado de ánimo social en el sur de Gran Canaria.
El perfil que emerge es el de un ciudadano que no se sitúa en el conflicto desde la ideología, sino desde la experiencia cotidiana. Los comentarios que relatan frenazos, exceso de velocidad, malos modos o situaciones de riesgo no buscan protagonismo ni confrontación política. Expresan, sobre todo, miedo y necesidad de validación: “esto me pasó a mí”, “no soy el único”, “podría haber sido peor”.
Ese ciudadano muestra además un rasgo recurrente que se traduce en desconfianza institucional. Muchos participantes asumen que denunciar sirve de poco o que las quejas se diluyen entre cooperativas, administración y procedimientos largos. Esta percepción explica por qué el testimonio público sustituye, en muchos casos, a la denuncia formal.
Vinculación
Frente a este perfil aparece otro, igualmente definido que es la figura de el ciudadano vinculado directa o emocionalmente al sector del taxi. Su reacción es defensiva y rápida. No niega que existan conductas inadecuadas, pero percibe el debate como una amenaza colectiva. En sus mensajes prima la protección del gremio, el rechazo a la generalización y el temor a que la imagen del sector se deteriore en un municipio donde el turismo es sustento económico.
Cuando ambos perfiles colisionan, la conversación se degrada, según ha quedado de manifiesto. El diálogo sobre hechos concretos da paso a reproches personales, culpabilización de las víctimas y cuestionamiento del mensajero. En ese punto surge un tercer comportamiento ciudadano, se trara del ataque al medio, al que se acusa de exagerar, manipular o responder a intereses ocultos. No se discute el contenido, se discute la legitimidad de quien informa.
Rasgo preocupante
Este patrón revela un rasgo preocupante y es la ruptura del espacio común de confianza. El ciudadano que comenta no espera soluciones inmediatas, pero sí señales de control, orden y consecuencias visibles. Cuando no las percibe, el enfado se dirige indistintamente al sector, a la administración o al medio que pone el tema sobre la mesa.
En municipios turísticos como San Bartolomé de Tirajana, donde los servicios públicos forman parte de la imagen del destino, esta fractura social adquiere mayor relevancia. El taxi deja de ser solo un transporte y se convierte en símbolo de convivencia, autoridad y calidad urbana.
Las reacciones recogidas muestran una ciudadanía que no pide confrontación, sino certezas. Saber qué se hace cuando algo falla, quién responde y cómo se corrige. Mientras esa respuesta no sea clara, el debate seguirá repitiéndose, con los mismos reproches y el mismo desgaste colectivo.

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