De pequeño, en el pueblo, había que esperar tres estaciones para bañarse otra vez en el mar, y doce meses para recibir algún regalo, por Navidad. Años después, de adolescente, debíamos aguardar una semana entera para que pasaran un nuevo capítulo de la serie que nos gustaba, en el único canal de televisión que había. Si se trataba de sacar buenas notas, teníamos que trabajarlo mucho, y si alguna chica te gustaba había que dedicarle meses enteros hasta lograr un tímido beso. En aquellos años, lo bueno siempre costaba, tardaba, se hacía esperar, pero no parecía importar. Luego fui a la Universidad, en la capital, 50 kilómetros desde el pueblo. Recuerdo que me gustaba ir en ciclomotor, uno que no pasaba de cincuenta, cargado de bolsas con tuppers de comida que me preparaba mi madre para tirar toda la semana. Me lo tomaba con calma: aún recuerdo aquel bar en El Rincón, la mejor tapa de callos que he probado nunca. Años después andaba por Madrid, en las milicias. El primer año, antes de comprarme un coche, solía bajar al pueblo en tren, entre diez y doce horas de trayecto, tampoco parecía haber prisa. Se disfrutaba el camino, esos paisajes, las estaciones, gente pintoresca, y hasta se hacían amigos. El segundo año en Madrid lo hice con un Volkswagen Escarabajo de esos antiguos, que no pasaba de 90 por hora. Aprovechaba esos trayectos interminables para conocer algo del norte de Andalucía y Castilla La Mancha, y en cada ruta elegía dos pueblos distintos para parar y hacer un poco de turismo: cada viaje era una experiencia en sí mismo.
Hoy en cambio, todo aquello parece la prehistoria, un inframundo pasado y enterrado hace siglos. En algún momento que no acierto a situar en el tiempo, decidimos, casi sin darnos cuenta, que vivir despacio era un error que había que corregir. La espera dejó de ser parte del camino y pasó a ser un obstáculo; la calma, pérdida de tiempo; el trayecto, algo que había que acortar a toda costa. Y así, hemos cambiado la manera de movernos, y también la forma de estar en el mundo. En apenas unas décadas hemos pasado de aceptar la espera como parte natural de la vida a considerarla un fallo intolerable del sistema. Esperar se ha convertido en sinónimo de perder el tiempo, y perder el tiempo, en un pecado casi moral. Todo debe ser inmediato: el transporte, la información, el consumo, las relaciones, y hasta las emociones. Hemos interiorizado la idea de que ir rápido es avanzar, es cool, y cualquier freno -una demora, una pausa, un rodeo- es un obstáculo que hay que eliminar. A favor de esta locura aceleracionista la sobreabundancia de estímulos a sentir, experiencias a vivir y productos a comprar; la obsolescencia programada, y la inmediatez y la infinitud de las redes hacen el resto.
Supongo que hay que ir rápido porque así pasamos más rápido a la siguiente experiencia, el siguiente subidón, la siguiente foto, el siguiente post. A propósito de esto escuchaba el otro día una noticia que me dejó perplejo y hasta me costó creer. Decían que el 40% de los viajes que se organizan o deciden en España eligen el destino pensando en el sitio que mejores spots para selfies tiene, con vistas a poder colgar luego la experiencia en las redes. ¿En qué momento normalizamos esta locura? ¿Acaso no nos lo avisó ya Fromm hace décadas cuando nos dijo: "El hombre es el eterno consumidor: se embute bebida, comida, tabaco, turismo, conferencias, libros, películas…, todo lo consume, todo lo traga. El mundo es para él un enorme objeto para satisfacer sus apetitos: una botella grande, una manzana grande, una teta grande… Y el hombre ha llegado a ser el gran lactante, siempre a la espera de algo y siempre decepcionado"? ¿Por qué no lo vimos venir?
Porque este delirio por la velocidad no es neutro. No es solo una mejora técnica, es una forma de organizar el mundo y de disciplinarnos. La prisa constante nos hace más libres, dicen, pero en realidad solo nos hace más obedientes. Nos obliga a adaptarnos a ritmos que no son humanos, a vivir siempre con la sensación de llegar tarde, de ir por detrás, de no dar abasto. Pero no importa: es el progreso.
Hoy los trenes tardan bastante menos que cuando yo los frecuentaba para volver a Málaga. Hace unos meses el ministro Puente anunciaba que habría tramos en los que los trenes alcanzarían los 350 kilómetros por hora. Nadie pareció cuestionarlo, a nadie le pareció excesivo, al contrario. El progreso es cruzar el país en pocas horas, como si el territorio fuera un simple obstáculo a superar cuanto antes. Cavafis lloraría si viviera hoy, al comprobar lo que hemos hecho con el viaje, que ya no importa. Y se recortan tiempos, se exprimen horarios, se suman trenes, se aumentan frecuencias y se incorporan empresas. Porque España está de moda, todo el mundo quiere venir, todos quieren pasar, muy rápido. ¿Pero rápido para qué? Para ganar minutos que luego se diluyen en la nada, atrapados en pantallas de scroll infinito, colas interminables y ciudades saturadas. No importa, está bien, porque luego tendremos el ansiado selfie. Y de repente nos dicen que es posible que esas vías cordobesas no estuvieran pensadas para aguantar el paso de tantos trenes al día, ni tan rápido, pero ningún experto reparó en eso. Entonces, la gente muere, y una pregunta suena más fuerte que las demás: ¿podrá alguien parar esta locura?
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