El nuevo emperador mundial
Sucede que los instintos animales de la especie se fueron suavizando gracias a la educación y, como consecuencia, a la disminución del impulso de agresividad. Resolver los asuntos por la vía de la violencia quedó desacreditado con el transcurso de las civilizaciones, y de este modo el homo sapiens se fue convirtiendo en persona. Pero en todas partes surgieron sátrapas que practicaron invasiones y matanzas en nombre de Dios y del progreso. Pese a estos golpes bajos, con secuencias tan esclarecedoras como los campos de concentración nazi o las acciones del terrorismo asociadas a la guerra de religiones, los humanos siguieron caminando y consiguieron avances en el respeto a los derechos de los demás.
Pero en esto llegó Donald Trump y mandó parar. Graham Green, gran novelista británico que era tan raro que era católico en vez de anglicano, escribió El americano tranquilo, una obra visionaria que anticipó la ruina en Vietnam, el desastre norteamericano, y retrataba el dilema moral entre un trabajador de una organización humanitaria en horas diurnas y, a su vez, el pérfido papel de un agente de la CIA por la noche. Pues bien: el emperador mundial se lleva a Maduro y su mujer, y acto seguido amenaza con anexionarse Groenlandia y cualquier otro territorio apetecible. Le da igual que haya normas de Derecho Internacional, la ONU, los tribunales de La Haya, la Unión Europea, etcétera. Él tiene claro lo que va a hacer. Y le da igual que sea un territorio asiático que uno latinoamericano o incluso un archipiélago europeo. Él va a hacer su voluntad, por eso indulta a los golpistas que invadieron el Capitolio. El no puede perder unas elecciones, y, si las pierde, instalará un golpe de Estado.
Como soy el más fuerte, como tengo el armamento más mortífero, como tengo los mejores portaviones y los mejores drones, como tengo a la CIA y la mejor tecnología, voy a hacer mi sacrosanta voluntad allá donde me plazca. Me da igual lo que opine el Papa de Roma o mi amigo Putin o mi amigo el líder de China o el Netanyahu al que tanto aprecio. Ellos actúan de la misma manera en Ucrania o en Gaza, y no me vengan con cuentos sobre los Derechos Humanos y el respeto a las fronteras y la legalidad de los tratados internacionales.
De este modo, hemos inaugurado el nuevo año con un regusto agridulce en el paladar. Instalo en el poder caraqueño a la señora que me va a obedecer, la que me va a entregar su petróleo, su uranio, su oro, sus increíbles recursos naturales y a la vez rechazo a esa Premio Nobel de la Paz que se atrevió a quitarme ese galardón que solo me correspondía a mí y a nadie más que a mí. También rechazo al candidato a la presidencia al que Maduro le robó el poder otorgado por las urnas. No va a haber elecciones durante el tiempo que a mí me dé la gana, y luego tendrá que ganar el candidato que a mí me plazca, porque voy a arreglarlo todo para que el resultado sea el que yo quiero.
De esta manera estamos inaugurando un nuevo periplo en las relaciones globales. A fin de cuentas, me encantó la secuencia de la película El gran dictador, de Charlot, en la que Hitler se divierte contemplando la bola del mundo dominada por el III Reich, que iba a durar mil años. Mi imperio no va a ser menos: durará lo que yo quiera que dure, pues, aunque vaya a cumplir 80, tengo firmado un pacto con Mefistófeles para llegar a los 150.
El siglo XXI amanece con alegría, soy el nuevo emperador y a mí no me chista nadie, mucho menos esos pobrecitos europeos que pretenden llevarme la contraria.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.







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