Hay una mañana al año que huele a azúcar, a horno reciente y a nervios. El roscón de Reyes llega a la mesa antes que los regalos y concentra, en silencio, una de las tradiciones más reconocibles de la Navidad.
Nata, trufa o crema pastelera protagonizan la eterna discusión familiar, mientras versiones más atrevidas reclaman espacio junto al cuchillo. Pistacho, mango o dulce de leche entran en escena sin pedir permiso y confirman que el clásico admite variaciones sin perder identidad.
Pocos recuerdan que este dulce nació lejos del cristianismo. Su origen conecta con las Saturnales romanas, celebraciones dedicadas a Saturno donde las tortas redondas con miel y frutos secos marcaban el calendario festivo. Con el paso de los siglos, aquella costumbre adoptó un significado nuevo y dio forma al roscón actual, con el haba oculta como juego simbólico que todavía provoca risas y pequeñas decepciones.
Las frutas escarchadas, pensadas para representar las joyas de los Reyes Magos, nunca lograron unanimidad. Parte del público las aparta sin miramientos y ha empujado a las pastelerías a ofrecer versiones más sobrias, cubiertas de azúcar glas o almendra laminada.
En Canarias, el roscón ocupa un lugar fijo en la celebración. Los sabores tradicionales lideran las preferencias, aunque las propuestas menos clásicas ganan presencia cada año. El ritual permanece intacto. Familia reunida, café caliente y un dulce que conecta generaciones.
Con frutas o sin ellas, con relleno clásico o inesperado, el roscón mantiene su poder. Cada bocado guarda historia, costumbre y un pequeño suspense que solo termina cuando aparece el haba.







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