La vida, enlace interior, descansando tenue y feliz en su habitáculo. Piel elástica capaz de albergar la esperanza, lo esencial, la razón mas íntima y elocuente que nos mantiene, linaje humano, imparable, constante y ancestral.
Vida inquieta y hermosa, que cambia de postura por momentos, salta y patalea juguetona, desenfadada, curiosa, tan protegida que casi se jacta de su condición, privilegiada donde las haya, se columpia entre algodones, con mimo sobrado, centro de atención y de devoción, protagonista y miembro en la antesala familiar.
Ventana de la vida, con el tiempo se abrirá y asomará diminuta, rebelde y furiosa, un nuevo mundo que se da cita, se abre a sus ojos, camina paralelo a pasos de gigante, en un continuo e inmemorable devenir, al que deberá cogerle el paso con cautela, casi de puntillas.
Adiós al nido, al colchón humedecido al humilde lar con exquisita perfección concebido, que tantos y tantos días y noches sirvió a la naturaleza con pundonor, firmeza, y fidelidad, para rendir justo homenaje a la vida antes de la vida.
Tanto esmero, cuidado, y amor, se derivan por fin en llanto,- primer gesto exterior, signo a priori loable, y gozoso, que marca el fin de un dolor consternado-, no obstante, respuesta por otro lado al inconformismo, ya manifiesto en tan temprana edad.
Con el paso inmesurable del tiempo, nuestro alrededor crece, se desarrolla y se transforma, y la vida hará lo propio, en un escenario o en otro, compartiendo ilusiones, momentos inéditos, coleccionado sensaciones, y alimentando el alma con el eco de la voces de nuestros semejantes.
Y en un punto determinado, gris, de hastío, inconcebiblemente a veces y naturalmente otras, la vida se nos es arrebatada. Y tras de sí queda un sentimiento apesadumbrado, de gélido vacío, funesto, terriblemente doloroso, y desgarrador, duro de asimilar, de encajar o de simplemente medianamente entender. Sentimiento que en muchos casos, nos condiciona de por vida, esfumándole la extraordinaria sensación que sentíamos y que felizmente compartíamos con quien ya, inexplicablemente no existe en lo físico, pasando a ser protagonista del recuerdo.
Por desgracia esta vez el vacío es común, mas de un centenar de vidas truncadas, por la tragedia inolvidable para todos, de un avión que descendió sin control, y deshizo brutalmente el lazo natural de tantas personas. Una tragedia incomparable con nada para los familiares de las víctimas, dolor que se aloja en el pecho y apenas deja pasar el aire.
Al resto solo nos queda desear la paz eterna a los ausentes, y extender nuestra mano solidaria, desinteresada y nuestro corazón, con ánimo sincero de mitigar si cabe un dolor de tal calibre.
Miguel Escudero








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