Una de las causas que agravan en estos momentos la crisis económica mundial es la desorbitada subida del petróleo, que cada día nos sorprende con incrementos, pero nunca con bajadas.
Ya se sabe que este fenómeno produce luego una cadena inflacionista que afecta a todos los sectores: sube la luz, el gas, el transporte, la cesta de la compra, etc. muchas veces injustificada. La OPEP, a la que pertenecen los países que guardan en sus entrañas el "oro negro", no dejan de hostigar a la humanidad con sus pretensiones de llevarnos al caos, empujados por la especulación, la codicia y la ambición. En un año han duplicado el precio del barril de crudo y están poniendo de rodillas a aquellas naciones que dependen casi exclusivamente de esta fuente de energía. La inflación que afecta a este país y a todos los de su entorno, y en especial a las naciones más depauperadas; el aumento de los precios del transporte; de los costos de producción; etc. tienen mucho que ver con la subida de los precios del petróleo.
Sin embargo, algunas de esas naciones, las que consideramos más prósperas, están tomando medidas con el fin de paliar los efectos de esta situación. En primer lugar han pedido a los países poseedores de yacimientos petrolíferos que aumenten la producción para que los precios del crudo puedan descender y colocarlos a un nivel razonable. También incluyen otro tipo de medidas de tipo fiscal, ayudas económicas, etc., pero especialmente recomiendan a los consumidores que reduzcan el uso de este combustible y de los productos derivados del mismo. Medidas que, por desgracia, no podemos pedir a otras naciones pobres, en vías de desarrollo, o con enormes carencias y desestructuradas, con una población que, en su mayoría, lo está pasando mal.
Hoy que es fácil que las noticias y la información lleguen a cualquier parte del mundo y en pocos segundos, sería importante que se propagase la idea de efectuar un auténtico boicot a los carburante y a los productos derivados del petróleo. Si en cada continente nos propusiésemos lanzar simultáneamente una ofensiva contra la actitud de los países productores de petróleo, bajando su consumo al máximo durante algún tiempo, es muy probable que ante la perspectiva de ver descender sus ganancias y la demanda, la OPEP, tendrá que optar por bajar sus precios.
Está claro que medidas de este tipo suponen un sacrificio por parte de la población, de los consumidores, pero si persiste el boicot, si no se consume, aunque sólo sea por una o dos semanas, la OPEP y sus secuaces, tendrán que pensárselo bien, porque sus pérdidas serían enormes. Y esos boicots puede efectuarlos el consumidor contra cualquier otro sector de la economía para luchar contra las crisis, los abusos, la inflación, y todo lo que desestabiliza nuestro bienestar y nuestra economía. Su poder, el de los consumidores, es más grande que el de los políticos y el de los empresarios.
Ya sé que es bastante complicado que la mayoría de la gente, especialmente en el mundo occidental, acostumbrada al derroche y a la insolidaridad, se decida a renunciar a los placeres que le proporciona el uso del vehículo individual, que se ha convertido en una auténtica adicción. Algunos creen que sin coche, no son nadie. Forman como una extensión de su personalidad.
El boicot propuesto invita a que se renuncie a las salidas de fin de semana; a que se utilice más el transporte público o que se pasee y se camine y, además, a que cada vez a que se tienda cada vez más a utilizar las energías alternativas y se acabe para siempre con la tiranía del petróleo, que por añadidura, es contaminante y produce efectos sangrantes y catastróficos en la economía, como estamos viendo.








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