De pronto, Ibrahima vuelve a tener miedo al futuro, teme enterrar la vida que le estaban construyendo en Gran Canaria y verse de nuevo durmiendo en la calle, como en la larga temporada que trabajó en Marruecos pintando coches con sus hermanos para pagarse la patera. Ha llegado de Guinea, tiene seis años y no quiere dejar de ser niño... otra vez.
"¿De qué vamos a vivir en Francia?", le suelta Ibrahima, muy serio, al educador del centro para menores donde reside con sus hermanos Ousmane, de siete, y Mohamed, de 17, el mismo donde también estuvo unas semanas su hermana Binta, de 14, hasta que prefirió mudarse a un hogar con más niñas africanas, como ella, siempre que le permitieran seguir viendo regularmente a los chicos.
La pregunta ronda por la cabeza del chaval desde hace unos días, desde que llegó a la isla su madre con sus dos hermanos más pequeños, uno de ellos casi bebé, y ella les anunció que, ahora que estaban juntos de nuevo, se proponía ponerse en marcha otra vez, como cuando salieron de casa, y probar suerte en Francia.
Solo que esta vez sus hijos se estaban empezando a acostumbrar a su recién recuperada minoría de edad y no lo ven tan claro. No ha pasado ni un año desde que su vida se escribe entre las aulas de un colegio, las clases de español del centro, los juegos con los compañeros... sin tener que pensar en nada más. Nada de lavar coches ni de vender pañuelos de papel en la calle a cambio de unas monedas.
"Mi madre no tiene casa en Francia, ¿dónde vamos a vivir?", se pregunta en alto el niño. "¿A qué colegio vamos a ir allí?". Su educador recuerda bien la escena, porque se le quedó grabada: "Hay niños de seis años que tienen más sentido común que todo el sistema", se sincera con Efe este profesional, al que avala una larga experiencia con los pequeños que llegan solos en patera.
Esta es la historia de los hermanos Diallo, de Guinea. Su apellido es real, sus nombres han sido sustituidos por otros frecuentes en su país para preservar su identidad. Es un relato que Efe empezó a contar en abril, después de que Binta y Ousmane sobrevivieran a una travesía terrible, en la que perecieron otros niños, como Eléne Habiba, la pequeña que murió tras ser reanimada en el muelle de Arguineguín, y lograran reencontrarse con Ibrahima y Mohamed.
Ellos dos habían llegado antes, el 17 de noviembre. También cruzaron los 450 kilómetros de océano que separan Dajla de Arguineguín en una patera sin ningún adulto que velara por ellos, porque su madre se quedó atrás, en el sur del Sahara, al cuidado de sus otros dos hermanos.
En abril, los chicos ya estaban inquietos porque su madre les había llamado para contarles que pronto tendría pasaje en una barca. Los cuatro querían que la familia se reuniera de nuevo, pero sabían bien lo que peligrosa que es la Ruta Canaria, una suerte de ruleta rusa que hasta ahora les ha sido propicia. A los Diallo la suerte les sigue sonriendo: la madre y dos pequeños llegaron bien.
En el centro que ha cuidado de Ibrahima, Ousmane, Mohamed y Binta saben que la mujer, de 32 años, es realmente su madre no solo porque trae los documentos de identidad de los cuatro, sino por la reacción de los niños en las primeras visitas. Estaban felices.
Los responsables de la Dirección General de Protección a la Infancia del Gobierno de Canarias asumen que en breve tendrán que poner en marcha el expediente de reagrupación, para que los seis menores queden al cuidado de su madre y esta decida dónde residen. Pero tienen presente que no son trámites fáciles: a veces dejan heridas en todos los protagonistas, aunque nadie tenga la culpa.
Pasó hace unos meses con Masse, la niña marfileña de ocho años que llegó sola, sin parientes ni amigos, al muelle de Arguineguín en las primeras semanas de confinamiento por la pandemia de covid-19, a la que le costó terriblemente separarse de su familia de acogida y su colegio en Canarias y mudarse a París con un padre al que hacía años que no veía, pero que había hecho todo lo posible para recuperarla.
En este caso, al menos uno de los hermanos Diallo cuestiona los planes de su progenitora. Por ello, la administración que tiene su tutela piensa en una solución en dos fases: probablemente se ofrezca a la mujer un hogar controlado donde la familia aprenda de nuevo a convivir, mientras se van preparando con Francia los recursos sociales de referencia de que dispondrán los pequeños en ese país.








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