El dolor de la dimisión
Cuando vuelva a salir definitivamente el sol y se decrete el restablecimiento del estado del bienestar y los españoles recuperemos las garantías constitucionales que por ahora nos tiene limitadas la declaración del Estado de Alarma, ¿qué personas del gobierno de España pedirán perdón a las familias españolas por la muerte de tantos españoles inocentes?. ¿Qué responsables máximos del gobierno monclovita, con cargo, nombre y apellidos, dimitirán por el inmenso dolor que la indecente gestión del coronavirus le está causando a los españoles?.
Es lícito, y hasta sanatorio y redentor, que los españoles solicitemos esas dimisiones, y es aún más expiatorio que exijamos que esas dimisiones irrevocables sean tan veloces y certeras como los trenes de alta velocidad que van de Andalucía a Barcelona y desde Madrid a La Meca. Y por supuesto que sean gratuitas. Pero ojo, eh. Mucho ojo. En este tránsito no valen las dimisiones intermedias; no sirven las dimisiones de los cargos subalternos. Los españoles queremos dimisiones verdaderas, aquellas que hagan justicia a tantos muertos, a tanta falta de humildad, a tanta mentira y a tanta ceguera empoderada.
Deben ser dimisiones que den ejemplo y dejen verdadera huella, porque el dolor infligido a los españoles tiene muchos nombres y apellidos. Los nombres y los apellidos de todas y cada una de las más de 10.000 personas fallecidas hasta este jueves 2 de abril por culpa del coronavirus y la negligente, deficiente, errónea, tardía y nefasta gestión de los máximos responsables de nuestro gobierno a la hora de prevenirlo, atajarlo y hacerle frente.
Es un dolor doliente porque sobre la mortandad del coronavirus nos han mentido con reiteración y alevosía. De forma mucho más deshonrosa a los sanitarios y sanitarias que se están dejando el alma en cada paciente que atienden, en cada español que salvan y también en cada persona que muere, porque en cada muerto también a ellos se les va un poco o un mucho la propia vida.
Este dolor de los españoles es un dolor entubado que deja sin respiración, porque son muchas muertes calladas, numeradas a diario, sí, pero muertes silenciadas; óbitos sometidos al olvido familiar, sin acompañamiento, sin amistad de cuerpo presente. Son dolorosas muertes sin ruido, sin lágrimas de descanso, sin despedidas. Es una pena. Esta es para todos una mala, muy mala, época para morir.
A estas alturas de la alarma ya tenemos muy claro que nuestros gobernantes no se han desempeñado en el asunto del coronavirus con verdadero amor a la vida, sino con verdadero amor al cargo. Y que ese cargo institucional delegado de representantes decisivos les ha quedado demasiado, demasiado grande.
Nuestros gobernantes nos pidieron unidad. Nos pidieron que les creyésemos. Nos pidieron esfuerzos, y nos pidieron sacrificio. A la vista del resultado de todo ello, parece ecuánime que los españoles les pidamos que tengan la honrosa decencia de reconocer que no han estado a la altura de la circunstancias, que se han equivocado, que nos han mentido, que no han sabido gestionar. Es prudente y recomendable que pidan perdón al pueblo español. Y por favor, ojito eh, no sientan la tentación de mirarse al espejo para creerse que el olvido puede salvarles de la erupción social y cultural que en todas las lenguas del Reino está declinando el verbo dimitir y el sustantivo dimisión.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.









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