La cultura "guerra-civilista" es ajena a la inmensa mayoría de los canarios. Los que no vivimos la sublevación militar de Franco ni habíamos nacido en el momento en que pararon los fusilamientos que el dictador estuvo firmando hasta semanas antes de agonizar del mal del entubamiento, crecimos en la política oyendo discursos de concesos y circunscribiendo las discrepancias políticas, al diálogo, la negociación y el acatamiento a lo que resultase de cada escrutinio de las urnas.
Como mi caso, está más del 50% de la población canaria, por tanto con la mayoría no va el lenguaje con que se lucen esas tres ó cuatro docenas de espontáneos que envalentonados detrás del anonimato escriben en las secciones de opinión de los periódicos digitales. Hasta ahora esas secciones parecen restringidas a ser la terapia de sofá que usan los psiquiatras, pero pueden ir más allá si Juan Fernando López Aguilar les sigue alienando con sus discursos pendencieros.
Su última expresión: "desde Madrid hago más daño a CC y PP", refleja no solo la carencia de proyecto y de programa, sino una exhibición de intolerancia que no merece un partido con trayectoria democrática, como aquí lo ha sido el PSOE hasta hace tres años y como lo sigue siendo en otros lugares de España.
Sin embargo, a quien López Aguilar hará daño desde Madrid será a la democracia. Porque no se puede sostener por mucho tiempo ese doble perfil de ser hombre de leyes en la península y verdugo en las Islas. Acabará por saberse que este personaje nacido en el Archipiélagos no es precisamente el paradigma del "aplatanado". Todo lo contrario, se nota que López Aguilar rechaza una idiosincrasia sustentada en la modestia y la sobriedad de lenguaje; especialmente después de su estancia de aprendizaje en Italia, donde obtuvo esa dialéctica de puños y pistolas de la que hace gala y que se ve que la ensayó con poses desafiantes ante un círculo poco recomendable de amigos italianos. De ahí su mentón levantado a la manera "il duciana", y sus atropelladas descalificaciones, emulando la oratoria nibelunga, la cual refuerza con ese cuidado que le da a su flequillo (¿A quién nos recuerda?).
Desde luego, López Aguilar es la viva imagen de la intolerancia y la desfachatez. Y eso lo saben hasta quienes les ríen la gracia y le arropan desde medios de comunicación que creen en la necesidad de que en Canarias se produzca una alternancia política.
Cosa lícita desear la alternancia política, pero siempre y cuando no se ponga en riesgo el sistema. Recuerden que negar a los demás tiene sus límites. Si se sobrepasan estaremos ante la intolerancia. La historia está llena de ejemplos de que cuando unos amenazan con causar daño otros acaban produciéndolo, y hay aquí hay tres o cuatro docenas de individuos reclinados en el sofá, atentos a toda soflama incendiaria. Y eso, Juan Fernando lo sabe.







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