La televisión, los vídeos juegos, los teléfonos móviles y otras tantas distracciones no contribuyen precisamente a aumentar el número de lectores de este país y sus territorios allende los mares, especialmente entre niños y jóvenes. En las ferias turísticas celebradas en España, Madrid y Barcelona, por su tamaño y población tan diversas, son las únicas que anuncian en fechas posteriores a su celebración que "ha sido un éxito" de ventas y de público. Puede. Es posible que acuda mucho público, pero aflojarse el bolsillo para comprar libros, ya es otra cosa. Hay unas ediciones más asequibles que satisfacen las necesidades de aquellos que tienen el hábito de leer. Otras, de más lujo, me temo que solo servirán para adornar unos muebles caseros con estanterías, e incluso con cristales, que se llaman "bibliotecas", pero sólo como adorno y darle a la sala un toque estético, y no como fuente de cultura y sabiduría. No es nada barato comprar este tipo de libros.
La mejor escuela es el hogar y los buenos o malos hábitos se inician en la casa. Si en el domicilio no existe un ambiente cultural adecuado, no le pidan después peras al olmo. En el hogar se forman las primeras palabras de los niños, los primeros pensamientos. Se aprende a utilizar el libre albedrío. Como dicen los metafísicos, las palabras son decretos y los pensamientos cosas. Si son positivos, atraeremos lo positivo. Y si son negativos, seremos nosotros los culpables de lo que nos ocurra en el futuro.
Luego está la escuela para paliar las carencias del hogar, aunque no es la panacea. Pero algo se conseguirá. Los profesores tienen la obligación de inculcar el interés por la lectura a sus alumnos, consolidar ese hábito. Aunque les impartan clases de matemáticas. No por obligación ni imposición, sino de una forma sutil y placentera. El objetivo es que al final sientan la necesidad de consultar, de aprender, de disfrutar con los libros. Aunque sea un tópico decirlo: el libro puede llegar a ser un gran amigo de los niños. En el adulto ocuparía un lugar preferente porque contribuiría a su enriquecimiento cultural, a mejorar su espíritu crítico, y a tener criterio propio. Los ignorantes y analfabetos son siempre mucho más manipulables. Por eso existen partidos e ideologías a los que no interesa que el pueblo sea culto. Un país culto sabrá siempre vencer sus dificultades y podrá salir adelante.
Y ya puestos, me refiero también a involucrase en cualquier hecho cultural y no sólo en la lectura. Da pena a veces ver que un auditorio o un teatro no se llena, aunque haya una gran obra de teatro, o un excelente concierto. Casi siempre ve uno allí a las mismas personas. ¡Y vivimos en una ciudad de 400.000 habitantes! Y se celebran exposiciones de pintura, de escultura, de fotografías y se ofrecen conferencias, y tenemos museos, jardines botánicos, yacimientos aborígenes, que algunos de nuestros paisanos no saben ni donde están.
Un niño que lee mucho, aumentará sus conocimientos, tendrá más facilidad para redactar, para imaginar, para ampliar su léxico y facilidad de palabra, para adquirir un criterio propio, y, por supuesto, no llegará a la universidad, si decide hacerlo, con problemas de comprensión lectora y con faltas de ortografía, como está ocurriendo ahora, aunque parezca mentira.
En el plano regional, las administraciones públicas no colaboran mucho para divulgar las obras de los autores canarios, (novela, poesía, teatro, cuentos, ensayos) o los libros cuyo contenido esté relacionado con la historia, el arte, la geografía, las costumbres, etc. Las bibliotecas municipales tendrían que ocuparse primero de dar a conocer "lo nuestro", lo que no es óbice para que también se preocupen de lo universal. No se puede o no se debe ser excluyente. Lo ideal es que en Canarias las asociaciones vecinales, los clubes de la tercera edad, las sociedades, los colegios públicos, dispongan de una buena biblioteca (en la que también se incluyan medios audiovisuales o la informática) donde destaquen las obras sobre temas canarios. En esta labor difusora tendrían que intervenir sin paliativos los ayuntamientos, los cabildos, el gobierno regional. Así es como avanzaríamos para conseguir una sociedad más ilustrada, más racional, más tolerante, más coherente y más dialogante. No debería nunca decaer en esta comunidad el afán por saber, por aprender y por superarse. El que no tiene aspiraciones es como si estuviera muerto. Vegeta o está imbuido sólo por las bajas pasiones. Su evolución ha quedado estancada.
De la misma forma, lo que ahora se llama Educación para la Ciudadanía, no se trata de un "adoctrinamiento", al estilo franquista o de cualquier otra dictadura, e incluso, sino de una necesidad para que el individuo desde su más tierna infancia, sepa cuales son sus derechos, y sus deberes, en que consisten las normas de convivencia, lo que es la solidaridad, el respeto a la pluralidad, la tolerancia, la igualdad de género, etc.
La valoración que desde Europa se hace de nuestra educación y nivel cultural no es como para sentirse orgullosos y en el ranking nacional tampoco salimos favorecidos.






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