ABÚ EL CABRERO
Era otro claro amanecer en el poblado de Abú, acostumbrado al reflejo naranja sobre su piel, le gustaba imaginar como sería su color en otros campos, en otros pueblos.
Iniciaba su tarea matutina saludando al sol; el gallo le confirmaba la hora en un saludo cacareado con piropo y reverencia al ver al hombre alto, delgado y con pies desnudos, caminar hacia el horizonte.
En su camino se topó con una familia de elefantes, estaban descansando en la orilla de la pequeña charca, a la salida del pueblo. Los niños jugaban con la cría recién nacida y el brillo de sus pieles negras reflejaban a una mamá elefante que supervisaba los juegos de aquellos chiquillos.
Siguió su camino, una vereda bordeada de tiesas espigas secas y árboles Baobab. En la rama de uno de ellos se encontraba descansado una leona que abrió un ojo, y al ver al pobre y delgado Abú, se dijo "ni las molestias de bajar de aquí, por ese manojo de huesos no vale la pena dejar de dormir".
Cuando llegó a su destino, soltó su ganado, guardado por apenas dos ramas astilladas que se reían al unísono de aquellas cabras. Las seis cabras flacas, pero de ubres bien cargadas, salieron al trote moviendo los cascabeles artesanos identificadores que el propio Abú se había encargado de fabricar.
Se sentó, descansando en una piedra pulida de más de veinte años. Colocó su delgado y huesudo trasero y con gesto dominante y altanero se dijo para si…. Este es mi amado trono y la rama mi bastón de mando. Y comenzó a soñar.
Dejó descansar la cabeza sobre su mano y cerró los ojos. Soñó que caminaba, que caminaba mucho, tanto que llegó al lugar de la foto de aquel libro ojeado una única vez, cuando visitó, obligado por su padre Bába, el sitio que llamaban el "lugar de los sueños".
Bába se caracterizaba por ser un hombre culto, no en vano fue fundador con tres aldeanos más, de ese espacio donde guardaban fotos y libros viejos que habían dejado unos antiguos misioneros.
La foto, que recordaba Abú, recreaba la típica comida en familia con un comedor lleno de objetos sin explicación para él. Todos los días se veía accediendo a la estancia. Pero un día alguien sentado en la mesa, le gritó, "Eh! Tú negro, sal de esta casa". Entonces despertó sobresaltado, delante de él se encontraban las cabras que rumiando parecían decirle..."Abú, ya no aguantamos más, la leche se nos va a escapar".
Abú se levantó rápidamente y una a una comenzó a ordeñarlas, su cara cambió como el cielo, de un naranja tranquilo a un azul oscuro responsable e intenso.
Su mente quemó aquella premonitoria foto y sus enormes ojos alegres reflejaban las ubres del ganado que regresaba al establo.
Recogió su palo, la lechera, y comenzó a caminar de vuelta a su poblado.
Su sonrisa alumbraba el camino que, oscurecido con la despedida del sol, resplandecía con aquellos perfectos dientes blancos, y en su mente se repetía... Este es el único camino que debo recorrer, pues al final de él, podré disfrutar de la alegría de llevar vida a mí familia, que sonriendo me espera día sí y día también.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.








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