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Marea alta

ANTONIO JAVIER RODRÍGUEZ GONZÁLEZ Domingo, 28 de Octubre de 2018 Tiempo de lectura:

El día antes, el compinche, un señor de unos cincuenta año, había aceptado bajo la promesa del ingreso en su cuenta de tres mil euros, en simular una típica visita a la playa. Èsta estaba habilitada con una carretera asfaltada y bordeada con palmeras, las cuales pareciesen que nunca fueron regadas sufriendo un dolor gris en sus hojas. El paso a la misma era impedido por una cadena que, él se encargó de violentar, dejándola en un reposo simulado en la punta del poste contrario.


Bajó con su vehículo, un peugeot 205 de los noventa, que conservaba en buen estado, dándole el cariño familiar de los objetos que pasan de padres a hijos.


Comenzó su actuación metódica, miró disimuladamente para ambos lados, ya que era un hombre que siempre tenía presente la precaución de sus actuaciones haciendo suyo el dicho "detrás de un mato siempre hay un gato".


No quería levantar sospechas y como otro turista más, sacó del portabultos una silla, una sombrilla y una nevera. Tras acomodarse y dejar pasar las horas, despertó de un sueño que le había provocado el leve chapoteo de las olas.

 

Ese día elegido era el último de la semana, en el que el ciclo de la subida de la marea hacía su cambio. Contempló el precioso atardecer como se acoplaba al crujir intensificado  de las olas produciendo una banda sonora misteriosa.


Llegada la noche sin mayor problema, despidió con un leve movimiento de cabeza a un pescador que finalizó su faena en la soledad de un deporte tan íntimo como la pesca.

 

Faltando tres segundos de la hora acordada sacó de la nevera una emisora, tras dos cortes decididos en la línea esperó respuesta: se le hizo eterna la réplica y tras un "ok, adelante" mandó la ubicación exacta con la aplicación del móvil.


Recogió todo rápidamente y tras dos intentos puso en marcha el coche; encendió las luces de posición larga y esperó mirando al oscuro panorama que tenía ante sus ojos. Las olas de gran tamaño se formaban limpiamente y rompían estrepitosas en la orilla. 


Por un momento pensó que oía el ruido del latido de su corazón en estado acelerado, pero su semblante se tranquilizó al ver un punto de luz que subía y bajaba en el horizonte acompañada del ruido ronco de dos motores fuera borda en estado lamentable; metió la marcha atrás y se alejó del lugar.


En el momento de quitar la cadena de acceso a la zona apareció una furgoneta; en un principio no pudo distinguir el modelo ya que la carretera estaba poco iluminada, pero al revotar la luz de sus faros descubrió que se trataba de una Ford tipo ranchera totalmente descuidado y llena de barro, seguramente pertenecía a algún agricultor de frutas tropicales, muy comunes en la zona.
Miró a su conductor e intuyó que también estaba en el asunto. Con un lenguaje no verbal, sus ojos se cruzaron, a uno le entró la satisfacción de haber terminado su trabajo y al otro los nervios por no ser descubierto le hicieron chocar con una enorme piedra de la entrada.


Miró por el espejo retrovisor como se perdía por el barranco en dirección a la playa.
La furgoneta encendió la luces a mitad de camino  y paró a pocos metros de la orilla, el foco de la embarcación que se acercaba, iluminaba toda la playa y la sombra de los cangrejos sobre las rocas parecían enormes seres con apetito de marineros.


El hercúleo roce de las hélices sobre unas rocas no calculadas en el desembarco, hizo zozobrar parte de la Zodiac, de unos seis metros de eslora con dos motores de veinte caballos cada uno y cinco bidones (cuatro de ellos gastados), saltaron por los aires y el quinto empujó a uno de los dos marineros contra las rocas. Su cabeza golpeó como una sandía contra el afilado risco, apoderándose el silencio de la costa; la embarcación destrozada, pagando su tributo, quedó escorada de poniente. 
El otro marinero comprobó que nada podía hacer por su compañero. Las olas y la corriente se encargaron de engulllirlo, dejando tras de sí una mancha de sangre diluida lentamente.


Sin pensarlo dos veces y tras santiguarse empezaron a cargar aquellos fardos, ahora mucho más pesados en el furgón, el agua de mar como justicia o tributo a su utilización, había querido también su parte. No le bastó con el cuerpo hundido para carnada en un macabro caldo para sus peces, también quería probar aquel producto, que tan bien envuelto en tantas bolsas, le era prohibido.


Tras un suspiro más de dolor interior que de cansancio por el esfuerzo de cargar la mercancía, se subieron al transporte ilegal de aquel producto que sería a la larga un veneno social. 
Un dinero aparentemente fácil y que tras la muerte tan cerca hacía reflexionar a ambos delincuentes. 


Sus cuerpos se balanceaban por la carretera de un asfalto roto y sus cabezas se movían como espigas mecidas por el viento del remordimiento.


Se miraron y el conductor frenó bruscamente, con los ojos enrojecidos por la sal y la culpa; el marinero negó tres veces con su cabeza y murmuró... "Esto no está bien", se volvieron a mirar, tras unos minutos volvieron a mirar al frente y sin mediar palabra cambiaron la ruta.


El trayecto les pareció interminable por más que acelerara. Cuando llegaron a su destino, unas luces azules los recibían  en un tiovivo de culpa redentora.


Tras confesar su delito ante aquel joven e inexperto policía de guardia, firmaron su declaración, y esposados se sentaron cada uno en frente del otro en aquella celda liberadora, palacio confortable para un merecido y justo descanso.


Cada uno pensó en su familia, los pros y los contras marearon sus mentes y el sueño profundo pronto llegó a sus cuerpos en aquellas duras camas, dejando de soñar, con aquel día de marea alta.

 

Fin.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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