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No somos carne sino inteligencia

OCTAVIO MEDINA Domingo, 17 de Junio de 2018 Tiempo de lectura:

Cuando una persona logra librarse de las ataduras que provoca la fe ciega de cualquier inclinación política, podrá entonces darse cuenta que el sentido común es el juez más justo para tramitar, o poder llegar a entender, los ya constantes daños y errores que realizan muchos políticos en nuestro país. Por ejemplo, si yo escribiera estas líneas para contarles que anoche se produjo un allanamiento y robo en mi hogar, estoy seguro de que todos estaríamos de acuerdo en que las personas responsables deben ser identificadas, arrestadas y juzgadas. Sin embargo, la situación no parece ser tan cristalina, para algunos sectores de la opinión pública, cuando son los políticos quienes están en el epicentro de situaciones irregulares. En este supuesto, los responsables gozan ya no solo de la defensa de sus compañeros de partido sino del beneplácito de las personas que piensan, ideológicamente como ellos y eso, amigos y amigas, es triste.

Al cabo de los últimos años, la política se ha convertido en un autentico espectáculo mediático que ha transformado España en una especie de campo de pruebas para guionistas de comedias muy malas. Me explico. Mientras usted lee este artículo, en distintos lugares de nuestro planeta, hay gente que se maravilla observando el cielo, cuestionándose su simple existencia ante los enormes misterios que encierra el cosmos y el papel que jugamos, como especie, entre las estrellas. Aquí, en el país de la selección española, nos preguntamos si “Eme punto Rajoy” es Mariano Rajoy, si Cristina Cifuentes entregó un proyecto de Fin de Máster del que no hay constancia de ningún tipo y si es posible pregonar la humildad constantemente desde un chalet en las afueras de Madrid.

Somos curiosos, anhelamos llenar nuestra vida de calidad sin hacer nada por merecerla. Los universitarios queremos tener los mejores profesores, pero nos mofamos de la carrera de magisterio. Ansiamos que nuestras producciones cinematográficas sean las mejores de la cartelera mundial, nuestros músicos los más escuchados y nuestras escritoras las más leídas, pero no estamos dispuestos a pagar por ello. Deseamos ser distintos, pero criticamos duramente lo peculiar. Pues con la política ocurre exactamente lo mismo; queremos vivir en el mejor país del mundo pero hemos caído en la trampa de aquellos que, pudiendo conseguirlo, prefieren que reine la confusión, la fractura, la mentira y el miedo. Pero, ¿quienes son?

Las personas que han permitido tal grado de putrefacción política, las que demoran el imparable progreso hacia una situación mejor, son aquellas que tildan de “problemas internos” la simple y normal diferencia de opiniones que pueda existir entre las filas de una organización, aquellas que se van por las ramas para no condenar los actos deleznables y delictivos de sus miembros o simpatizantes, aquellas que repiten mentiras hasta convertirlas en verdad. Dios santo, ¡las hay incluso que han afirmado recientemente que España jamás jugó un papel primario en La Guerra de Irak! Son estas las personas que ven la política como un divertimento, un show televisivo absoluto donde, al final, prima su porción sobre el pastel. Y eso es algo que no podemos permitir. Hace unos años el periodista Jesús Maraña dijo: “Lo único que habría que reivindicar de común acuerdo es la buena política. Ni la vieja, ni la buena; la buena política.”

Nosotros jugamos un papel fundamental. Hacer uso de nuestro criterio más sincero y objetivo resulta un arma infalible para abrirnos paso hacia un política más limpia, directa y respetable. Tenemos que estar de acuerdo, independientemente del partido, político o política que estemos tratando, en sentenciar y castigar las malas artes, difamaciones e irregularidades. Hablamos de una ocupación representativa muy honrosa, de  alta responsabilidad y, por ello, debe ser tratada con la seriedad que merece. Hasta ahora son muchas las personas que han jurado fidelidad eterna a las formaciones como si de sectas o equipos de fútbol se tratasen, lo cual es un error que nos ha conducido hasta este punto. Espero que la reciente dimisión de Màxim Huertas haya sentado precedente y ocurra más a menudo cuando haya tales casos de por medio. Al fin y al cabo, no somos simple carne sino inteligencia.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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