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Sin banderas o con todas ellas

Viernes, 04 de Enero de 2008
Tiempo de lectura:
Estos primeros días de dosmilocho los acompaño con la lectura de un excelente libro de André Gide, Viaje al Congo, desde donde el escritor parisino escupe a nuestra conciencia algo tan veraz como la consigna que me impacta, y copio textualmente, “cuanto menos inteligente es el blanco, más estúpido le parece el negro”. Late dentro del inconsciente colectivo un miedo al extraño, al otro, al que viene de fuera, aunque en ocasiones se quiere disfrazar con una defensa de nuestros propios valores, de nuestra cultura, supuestamente asediada.  Confieso que nunca he entendido del todo estos argumentos: mi cultura, ocupe el espacio que sea,  se nutre de aportaciones cotidianas y para mí, hasta ese momento, afortunadamente desconocidas. No puedo concebirla como una torre asediada a la que hay que proteger, en todo caso es una torre en un permanente día de puertas abiertas.  Me asusta que la intolerancia vaya ganado posiciones quedamente, sin que nos demos cuenta del todo, en ocasiones disfrazada de émula del Capitán Trueno. Vivo en un lugar donde afortunadamente no se pide el pasaporte para estrechar la mano.  Soy hijo de un andaluz de vocación que nació accidentalmente en un pueblo aragonés, y que lleva más tiempo del que recuerda sintiéndose parte viva de esta isla que tanto le dio.  Mis abuelos saltaron a Cuba cuando la historia les obligó a hacerlo, y volvieron con dos hijas que ya nunca olvidarían donde nacieron. La mujer con la que me casé es una orgullosa embajadora de la aldea gallega donde transcurrió gran parte de su vida, así que mi hija se ha acostumbrado a la sonoridad de otra lengua, y descubre que es hermana de la que ahora le enseñan a leer en la escuela. Por las tardes, sin embargo, asiste a clases de inglés con una nativa que, vaya por dios, también me acompañó a mí en mis primeros pasos con la lengua de Shakespeare. Allí suele encontrarse con sus amigas que tienen  papás que vienen de Holanda, de Rumania o de países que aún no sabemos colocar del todo en el mapa.  Cuando llego a casa, es una alegría encontrarme  una carta en el buzón de un amigo mallorquín, donde me cuenta que ojalá nos veamos este verano de nuevo en Madrid. Abrir la bandeja de entrada de mi correo electrónico y descubrir algún mail que venga de Barcelona o de Murcia suele ser la garantía de saber que compartir palabras sigue estando por encima de las lejanías. Tuve la gran suerte esta mañana de tomarme un café con un amigo argentino, al que le pedí hiciera lo posible por encontrarme un libro en Mar del Plata, donde está su hijo de vacaciones. Cada vez que veo a un niño con un comic del belga Tintín debajo del brazo sigo sintiendo unas ganas enormes de sentarme a charlar con él sobre lo recién leído… Y todo esto viene a cuento de algo que le ocurrió a una amiga zamorana hace algunas semanas, cuando tuvo que levantarse escandalizada al oír que alguien hablaba con tanto desdén como desconocimiento de la gente que, como ella, no ha nacido aquí. A mí me hubiera gustado decirle que, lamentablemente, chocó con algunos de esos pocos que han hecho de un lenguaje que ya creíamos caduco su carta de presentación. Por mi parte, yo no perdería ni un solo instante en intentar convencerles de lo absurdo de sus planteamientos: se me antoja tan inútil como convencer a un integrista de las bondades del nudismo. Allá ellos.  Pero sí me gustaría enviarles un abrazo mucho mas grande de lo que cabe en estas líneas a todos aquellos que, como ella, han contribuido a hacer de este pueblo un lugar donde no sólo estar de paso, sino un lugar para quedarnos.  Un lugar para crecer. Una Normandía en medio del Atlántico a donde ya nadie va a venir a invadirnos, porque nadie ocupa a disgusto un territorio donde se le acoge. Los atlas nos recuerdan donde están los lugares en el planeta, pero las fronteras las hemos dibujado nosotros.  Los afectos pueden ser eficaces gomas de borrar, si así queremos.
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