Sea cual sea la actuación que desde distintas administraciones públicas o empresas privadas se hayan hecho o se tengan previsto hacer en el municipio de San Bartolomé de Tirajana han sido y serán posibles, no importa el impacto que ellas tengan para la ciudadanía, el medio ambiente o el futuro a medio y largo plazo, si a cambio hay compensaciones económicas.
Ese parece ser el discurso o la salida más o menos airosa que se viene planteando de forma machacona en las opiniones y artículos vertidos en los medios de comunicación no sólo últimamente con motivo de la instalación segura de la cárcel en los Llanos del Matorral, Juan Grande, o de la regasificadora frente al refugio pesquero del Castillo del Romeral, sino desde que se pretendió instalar la Central Eléctrica de Unelco en la desembocadura del barranco de Tirajana, muy cerquita del Castillo del Romeral. Desde entonces se hicieron las promesas de los puestos de trabajo para las familias de la zona, el dinero que entraría en las arcas del Ayuntamiento, etc. No es necesario pensar mucho para ver los resultados durante todos estos años transcurridos. Ni puestos de trabajo, ni más dinero en el Ayuntamiento, más deterioro del medio ambiente, etc.
Ahora vuelve a reaparecer, como el Guadiana, el mismo discurso, como si la historia no hubiera existido, como si comenzáramos de nuevo, como si todos no hubiéramos vivido el mismo proceso, como si quisiéramos engañarnos de nuevo en voz alta para no darnos cuenta ni permitir que otros lo hagan de lo que realmente está sucediendo. ¿Hasta cuándo?
No podemos vender nuestra dignidad por compensaciones económicas
Se acercan fechas en las que muchos recordamos a una persona que prefirió morir a renunciar a sus convicciones más profundas, a su visión de la existencia, a su opción a favor de los sectores más desfavorecidos. Una persona que, habiendo hecho un proceso personal intenso y sólido, alzó su voz y su compromiso para denunciar la hipocresía que supone querer servir al mismo tiempo a la Verdad y al Dinero. Y le costó la vida. Pero muchos han reconocido siempre su apuesta por mantener su dignidad como persona y han seguido su camino.
Ojalá no se nos vaya todo el esfuerzo en encender luminarias públicas por Navidad o en estar dispuestos a entregar nuestra dignidad como pueblo a cambio de compensaciones económicas o quizás sólo por promesas. Ojalá aprendiéramos de nuestra propia historia reciente. Ojalá devolvamos a la ciudadanía el derecho usurpado a decidir por sí misma sobre todo lo que afecta a su vida. Ojalá no renunciemos nunca a nuestra dignidad aunque ello sea a costa de no recibir supuestas compensaciones económicas que siempre resultan muy caras.
Alguien dijo, con verdad, que es preferible morir de pie que vivir arrodillado. Eso se llama dignidad. Yo también lo prefiero. ¿Y tú?.








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