El pasado martes, día 27 de noviembre, el Pleno Extraordinario del Ayuntamiento de San Bartolomé de Tiranaza aprobó, por mayoría, rechazar la instalación de la planta de gas en las costas del Castillo del Romeral. Una decisión a la que no se han sumado los concejales y concejalas pertenecientes a la agrupación socialista.
Así ha sido y así queda dicho.
Sin embargo hemos de ir un poco más allá. Al igual que hemos hablado en otras ocasiones de ser consecuentes con el mandato de la ciudadanía, asumido cuando se optó por aceptar un cargo público, cual es el ponerse al servicio de la comunidad municipal y, en consecuencia, contar con los vecinos, a la hora de tener que tomar las decisiones, ¿qué hubiera costado, antes de celebrar dicho Pleno, promover una buena información a los vecinos y vecinas en cada barrio, animar el debate y el intercambio de opiniones, promover las decisiones colectivas y, posteriormente, llevar esa decisión consensuada al Pleno como representante de la voluntad popular?.
Hubiera costado pocos recursos humanos y materiales y poco esfuerzo de organización. Pero no se ha hecho, una vez más. ¿Por qué? Y aquí sí que seguimos constatando que, desgraciadamente, se ha avanzado poco históricamente en la concepción, bastante incrustada en la actual cultura política, de gobernar para el pueblo pero sin el pueblo. Porque no basta con que aquello que deciden los que están al frente de las responsabilidades públicas sea lo mejor para la ciudadanía, como sucede efectivamente con la decisión tomada con la nueva planta de gas. Es necesario que ello lo decidamos el conjunto de los ciudadanos o, al menos, aquellos que quieren realmente participar activamente en dicha toma de decisiones.
Porque es evidente para todos que nadie permitiría que personas ajenas decidieran lo que cada uno ha de hacer en su organización personal, en su familia, etc. ¿Por qué cuesta tanto entender y asumir en la práctica que nadie está autorizado, por mucho que haya sido votado, para decidir por otros en lo que atañe a su vida personal y colectiva? ¿Por qué está ausente de la práctica política ese movimiento, que tendría que ser natural, de promover la participación activa de la ciudadanía dotándole de las herramientas necesarias para ello y promoviendo la toma de decisiones?
Argumentan algunos que los procedimientos administrativos, las urgencias de las respuestas que se han de dar a los problemas diarios, la complejidad de los asuntos a decidir, etc. no permiten esperar a que se pongan en marcha esos procesos de información, debate y toma de decisiones colectivas para luego que los representantes públicos tomen las últimas decisiones.
Concluyen entonces que la actual fórmula de democracia representativa, en la que la ciudadanía vota una vez cada cuatro años para que unos pocos decidan lo que crean oportuno durante los 1.460 días siguientes sin contar para nada con su opinión, es la mejor. Y que lo que algunos ilusos proponen de una democracia realmente participativa en la que se delega la representación pero nunca la capacidad y el derecho a decidir por uno mismo, sea sobre asuntos sencillos o complejos (mucho menos en estos últimos), es una utopía irrealizable.
La realidad está demostrando muy a las claras que se equivocan. Ya se equivocaron con la decisión de dejar que otros decidieran por nosotros la instalación de la Central Eléctrica con el argumento barato y superficial de los puestos de trabajo que se iban a crear para la población que vive en el entorno y con las compensaciones económicas que iban a engrosar las arcas municipales.
Y así se siguen equivocando con decisiones serias que afectan a diario la vida personal y colectiva de la ciudadanía: construcción de viviendas sociales, ausencia de medios para la recogida selectiva de basuras, abandono de los parajes protegidos, deterioro progresivo de nuestras costas con actuaciones invasivas, contrataciones masivas de personal municipal sin estudios de necesidades y sin perfiles definidos y adaptados a las necesidades reales, desprotección de los vecinos y vecinas ante la lluvia por el deterioro de calles, aceras y canalización de las aguas así como ante la ausencia de un verdadero plan de redes pluviales en los barrios y zona turística, el paro, los bajos salarios y la enorme subida de los precios de los productos de primera necesidad, etc.
Al final del camino, y con la perspectiva que nos dan los años y la experiencia vivida, parece evidente que es más sencillo, eficaz y, sobre todo, más coherente con el derecho de cada ciudadano a decidir sobre su propia vida el que, antes de tomar decisiones sobre todo lo que nos afecta (que es casi todo), hacer procesos de información, debate y toma de decisiones con los propios afectados que equivocarse tomándolas dos o tres (o veinte o veintitrés) por muy votados que hayan sido.
Sólo es necesario hacer un esfuerzo sencillo, al alcance de toda persona adulta, de ponerse en el lugar del otro, de los otros, y hacer aquello mismo y de aquella misma forma que le gustaría que se lo hicieran a uno mismo.
Y esto fue dicho hace más de tres mil años.








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