Por un momento imaginemos que somos un turista que desea visitar el sur de Gran Canaria. Después de trabajar varios meses para poder disfrutar de unos merecidos días de descanso y ahorrar algunos euros, nos dirigimos a una agencia de viajes y encontramos muchísimas ofertas hacia cualquier parte del mundo. De todas, elegimos la que más nos interesa y preparamos nuestra maleta: "nos vamos a Playa del Inglés".
Una vez en la zona nos encontramos desde San Agustín hasta el Faro de Maspalomas multitud de edificios obsoletos, a falta de una buena mano de pintura y limpieza, entre otras.
Nos hospedamos en uno de ellos y con un poco de suerte encontramos un colchón con diez años de antigüedad y las sábanas que se habrán utilizaron para Halloween, pero que luego fueron devueltas.
El recepcionista que nos atiende ya no es el de antes, que era simpático y alegre, ahora se queja todo el día: ya no hay cambio de divisas y casi no hay venta de excursiones y alquiler de coche, porque el guía se lo quiere llevar todo.
El agua ya casi no se vende, ni postales, y la única alegría es que si llega alguna persona joven, el recepcionista llama a algún empresario del ocio nocturno para que le mande algún vendedor de tickets y venderle alguna excursión en su habitación, para luego cobrar su comisión.
Después llegarán las quejas de lo mal que se lo han pasado o las mentiras vendidas, porque ya se ha cobrado la comisión el vendedor, el recepcionista y el empresario.
Seguimos con nuestros días de vacaciones y decidimos salir de ese bunker que es el hotel o apartamento. En dirección a la playa nos acosan los ticketeros de alguna excursión, de algún restaurante o de los Palmitos Park, y si no les atendemos nos insultan (para ellos es un pasatiempos parece, sin calcular el mal que eso conlleva), y si nos encontramos a esas personas tendremos muchas posibilidades de chocar con algunos de esos actores de calle que nos hacen ganar unas vacaciones gratis en Mogán. Se trata de los vendedores de timesharing que si no queremos montarnos en el taxi nos insultan.
Si después de tanto atropello conseguimos llegar a la playa caminando después de este acoso o intentado ponernos unas pulseras por unas africanas y recibir algún golpe por parte de ellas, hemos tenido suerte, pero nos quedan 6 días mas de vacaciones por delante.
Una vez en la arena de la playa encontramos por un lado echado entre los arboles unos mendigos y por el paseo, a unos ticketeros con menú en mano.
Si no tenemos hambre, algún que otro también nos insulta. Si estamos tumbados en la playa nos despiertan de nuevo algún ticketero que nos quiere vender algo.
En el paseo de la playa habían casi cuarenta, así que nos hemos pasado gran parte del tiempo contestándoles que no estamos interesados.
Es hora de volver al bunker, donde se supone que estamos protegidos del acoso y que nos increpen, aunque contamos con que volveremos a encontrarnos con toda esa gente avasallándonos por lo que decidimos coger un taxi y evitar las calles.
Llega la noche y decidimos salir a tomar una copa. El recepcionista nos recomienda el Centro Comercial Kasbha, y de camino desde el bunker, otra vez nos asaltan los ticketeros que se turnan, lo que nos motiva a coger de nuevo un taxi.
Una vez en Kasbha nos abren la puerta y casi nos secuestran unas treinta personas, "que si clubes de chicas, bares, trenzas, pulseras", etc. Entre chorizos, vendedores de droga, vendedores de partys y ticketeros unas 150 personas acosan al turista, entre insultos y agarrones, lo que crea una sensación de inseguridad importante.
Fuera de los centros comerciales mas de uno nos escupen y nos jura algo en árabe. Llegados a un bar se nos vende unas copas a 10 euros cada una que podrían ser de gasolina cuando hemos pedido un Bacardi Cola. Si nos quejamos, nos dicen: "si colega fiesta, fiesta". Al final, la mayoría se quita la ropa y termina vomitándose encima de los camareros y encargados de la zona. Lo gracioso es que suelen decir después: "vaya turismo malo que tenemos, vaya animales".
Seis días más tarde terminamos nuestras vacaciones. Regresamos a nuestro país y les comentamos a nuestros amigos y compañeros de trabajo "lo bien que lo hemos pasado".
Sin lugar a dudas, nuestra mejor forma de hacer publicidad se nos ha venido en contra después de más de 20 años intentando mantener una buena reputación.
Muchos empresario afectados por esta situación exigen que se denuncie y expulse al que hace mal las cosas.
Además, critican que la Administración debe poner las pautas a seguir y sancionar a los que no cumplen y deterioran nuestra imagen.
Alfredo Álvarez








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