Es una noticia que no contiene noticia alguna. Estaba anunciada, fue triste todo lo que ocurrió, y todo lo que sucedió resultó inevitable.
Uno se acuerda de aquellas interminables reuniones de sabios convocadas por Adán Martín en su afán de entregar un legado de esperanza al nacionalismo. Y de cómo el PP callaba y mudaba sus opiniones sobre el control de la Agencia Tributaria, las aguas interiores, la policía autonómica, la dependencia del TSJC. Aquel estatuto de primera hora era un verdadero panegírico soberanista, mucho más que el actual; seguía a la perfección los avances del catalán, cuando Maragall era dios y Carod Rivera su profeta, en la hora de la foto de la corona de espinas en Jerusalén, cuando Carod presumía de amistad con los etarras y era intocable, bendecido por el azar y la fortuna… De cuando Zapatero se metió en los jardines vasco y catalán prometiendo lo imposible, regalándole kilómetros y kilómetros de confianza a Maragall y éste le traicionó en un ataque de trascendentalidad como si quisiera emular a Companys.
Luego, en sábado de erotismo latente, con Soria anunciando en rueda de prensa que se quedaba en el Gobierno pese a las diferencias, en ese preciso instante donde debe de estar muy claro que las diferencias no eran por la dudosa españolidad del estatuto sino por cómo el PP atacaba los negocios del Istmo y Eólico, surgió la figura presidencial de Adán Martín una hora después, la figura de un hombre cruel como nunca imaginamos, desalojando de su Ejecutivo a su vicepresidente, pese al acto de contricción, de cierto arrepentimiento público que había protagonizado sesenta minutos antes. Muchos vimos ahí el rostro que todavía existe de ATI burlándose del pobre e ingenuo canarión, estúpido en su vanidad, ajeno a su desdicha, recibiendo la patada de la humillación cuando más humillado ya estaba. Echaron a Soria y entró por la misma puerta Juan Carlos Alemán.
Entonces los socialistas, apostados en la Oposición, maldiciendo con tono patriótico aquel estatuto, se sentaron en la mesa de negociación para lograr un par de aperitivos: la caída de Arnáiz en el Puerto de Las Palmas, y la promesa siempre incumplida de ligar Estatuto a reforma electoral. La segunda parte, la promesa, es la que ahora vara el documento, ya bastante desnudito y limpito de reivindicaciones a la catalana, aunque para ser justo, y lamento volver últimamente de forma repetida al mismo sitio pero esto es lo que hay, poco o nada hubiera cambiado, y las tragaderas del PSOE hubiesen demostrado que son profundas, si no fuese por la aparición tardía de Juan Fernando López Aguilar cuando ya se daba por hecho de que se quedaba en la capital y que Alemán sería el candidato.
Los miedos neuróticos que suscita López Aguilar son el principal culpable de haber logrado el milagro de arrojar a Soria, de nuevo, a los brazos de ATI, y de que ATI se reconcilie con el líder del PP de mala gana, pues se fían lo justo. Y cómo el PSOE de López Aguilar desconoce la palabra permeabilidad, la lujuria de la flexibilidad, el entendimiento empático de la otra parte cuando ésta evidencia una decantación excesiva por los negocios y el intervencionismo, no hubo manera de salvar lo que ya estaba muerto. Ese estatuto tiene que aprobarlo una mayoría parlamentaria en Madrid que a CC le da la espalda, en un instante político donde su aliado es el PP, por lo que alimenta permanentemente las iras de Zapatero.
No tienen razón los exegetas nacionalistas al razonar que Estatuto y Ley Electoral deben ir separados por no sabemos qué normativa legal, cuando ahora mismo, el que tenemos, mantiene en su cuerpo la famosa triple paridad. El paulinato sigue depositando su suerte en la victoria de Rajoy en los próximos comicios, victoria de la que parece muy seguro a tenor de su comportamiento bronco y violento con los que podrían ser sus nuevos amigos si ocurre una catástrofe de la derecha.
En fin, con ese aire de goma cansado hemos llegado a un final que no es final de nada. Seguro que si escarban en los jardines no encuentran ningún cadáver. Ni siquiera un abortito. El estatuto siempre fue una gran nube embotellada.








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