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Una tarea hercúlea

Martes, 09 de Octubre de 2007
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1.-Estatuto por Ley Electoral La obsesión favorita de CC, Juan Fernando López Aguilar, nos ha quitado trabajo a los analistas políticos. Estamos ante una mera cuestión de trueque: Estatuto de Autonomía para los nacionalistas, y Ley Electoral, con barreras rebajadas a la mitad y con lista regional, para los socialistas. Y aunque el ex ministro no aclara en qué tiempo se producirá el milagro, queda claro, y clarísimo lo tiene el paulinato, que será asignatura para después de las elecciones de marzo. Si alguien esperaba en CC quebrar la voluntad de López Aguilar a base de ninguneamientos, ataques a su personalidad, desprecios a su manera de entender la política, ha errado gravemente. Lo que tienen ahora delante es a un tipo en el everest de su agresividad, profundamente enrabietado, y con la determinación de hacer lo imposible para terminar con el ciclo de tres lustros de gobiernos pesebristas. Otra cosa es que lo consiga. La derecha intenta convencer a la opinión pública de que López Aguilar es un hombre raro, una especie de extraterreste que no se entera de nada de la realidad canaria, rodeado de compañeros de partido que, en el fondo, anhelan que se la pegue, alguien que estaría bien en un despacho de la Unión Europea, donde su cabeza privilegiada podría encajar a la perfección, hasta el punto de que su vanidad aplaudiría de la felicidad al sentirse respetado. (Bueno, si hablamos de vanidad, ombliguismo y cabecitas locas en busca de adoración, ninguno de los tres líderes de los principales partidos está falto de un puntito de narcisismo que, a veces, es su mayor problema. Coloco en un plano menor a Paulino Rivero que, sin embargo, justifica su alianza con Soria, la única que le daba el objetivo personal de la Presidencia del Gobierno, en el “mal carácter” de López Aguilar, cuando en realidad lo que de verdad le molesta es que no logre de su antagonista político un colaoracionismo estúpido, a cambio de casi nada, como ATI estaba enfermizamente acostumbrada desde la era de Juan Carlos Alemán. El gesto generoso de Alemán, apartándose de la carretera en beneficio de su correligionario, evidencia la clase y la honradez personal del todavía secretario de los socialistas canarios, al tiempo que su gestión explicita lo difícil que ha sido convivir en Tenerife con una fuerza supralocalista, que igual que se metía en tu casa seducía a tus mejores hombres al olor de la materia) 2.- O Soria o López Aguilar El pacto CC-PP sólo tiene una posibilidad de sobrevivir si Rajoy gana las generales; en caso contrario, me temo, tendrán Juan Fernando López Aguilar para rato. O sea, que ese tipo de escenitas que le gustan tanto a los representantes políticos del paraíso de la derecha, el sometimiento del enemigo obligándole a firmar, por ejemplo, un pacto contra su voluntad en Madrid, parece que esta vez no. El nacional/insularismo insiste en no asumir el peso de la realidad: el poder central, utilizado con todas las consecuencias, es un misil con tanta capacidad de devastación como ejercitar perversamente el control de las instituciones autonómicas. Y ya sé que comparan a Soria con López Aguilar, y dicen que aquel Soria orgulloso y soberbio, que quiso empurar a Hermoso en el “caso Tindaya” y que odiaba en público y en privado a Mauricio, pronto giró y dio la vuelta al perder el favor de Génova en la famosa votación de Tindaya, en la cual el líder del PP canario intentó culpabilizar de varios delitos a FCC, ignorando por completo los secretos de las financiaciones de los partidos. Pronto sabremos si estamos antes dos biografías paralelas, o sea, si el ex ministro sucumbe a los encantos del paulinato a cambio de hacer desaparecer del mapa a Soria, o si se lanza a la tarea hercúlea de enviar a la oposición a insularistas y conservadores. La primera opción la tiene en la mano: la puede cerrar al día después de los comicios en caso de que Zapatero siga en la Presidencia del Gobierno central; la segunda depende de su corazón, de su coraje, de un partido desunida al que le encanta conspirar contra ellos mismos, de una ley electoral que es una losa, de que sus esfuerzos lo comprendan los ciudadanos, de que Román Rodríguez cierre mejor los pactos posibles con aliados próximos, y de que Madrid se ponga definitivamente las pilas en aquellos asuntos derivados de la corrupción. Creo que se entiende. Solo alguien muy seguro de sus convicciones, o que estima que no tiene nada que perder, asumiría tan extraordinario objetivo.
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