Opinión: Francisco J. Chavanel.- Sebastián Grisaleña, el actual presidente de la Confederación Canaria de Empresarios, era una hormiga recién nacida el día en que fue elegido para el cargo. Aunque obtuvo un apoyo generoso, lo cierto es que lo logró pactando con amigos y enemigos, la mayoría de ellos protagonistas de un largo currículum de peleas entre sí. El martes se vivió uno de los plenos más violentos que se recuerdan a cuenta del control del Puerto de Las Palmas, asunto en el que se hacen sangre Soria, y su consejero áulico para este tipo de batallas subterráneas (José Carlos Mauricio), y el Partido Socialista, encabezado por Saavedra y José Miguel Pérez.
PSOE y Nueva Canarias mantienen bajo su inspección directa el consejo de administración de la Autoridad Portuaria, mientras que PP y CC tienen el poder de la Presidencia, pero una Presidencia que tendrá que consultar hasta el color de la corbata que luzca Javier Sánchez Simón que para eso Emilio Mayoral, antes de marcharse con la cabeza bien alta, dispuso que ayudantes, nombramientos, firma de contratos, y un etcétera prolijo de conexiones con el pesebrismo, fuesen nombrados por el consejo en cuestión. Los elementos claves de esa mayoría son los empresarios que representan a la Cámara de Comercio (Angel Luis Tadeo y José Miguel Suárez Gil) y a la Patronal de Las Palmas (el citado Grisaleña y Félix Santiago). La Cámara ya hizo público en su momento su intención de apoyar sin fisuras a los nuevos poderes que ganaron las elecciones en Gran Canaria, mientras que Grisaleña le debe su elección en gran parte a los socialistas, aunque también a los capos del Puerto, Javier Esquível, Manuel Freire y Germán Suárez.
Es aquí donde penetramos de verdad en la tela de araña. Ni Esquível ni Freire ni Suárez apostaron por el cambio político; al contrario, su vela estuvo claramente encendida en la dirección del presente pacto de gobierno, convencidos por Mauricio de que Soria repetía pese a perder la mayoría absoluta del Cabildo y del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, y por eso él se presentaba a esta última institución con el objeto de asegurarle a sus amigos del PP los votos necesarios para gobernar (recuerdo con total crueldad que Mauricio obtuvo 4.400 votos, y María del Mar Julios unos 17.000).
La desesperación viaja en dos direcciones. A) hacia Soria que necesita, según uso y costumbre, exponer con demasiada notoriedad que la plaza es suya, y para ello presiona a sus empresarios aliados para que monten un salpafuera en el seno de la Confederación, y B) hacia los propios Esquível, Freire y Suárez, comandantes en jefe del Puerto de Las Palmas desde hace más de una década, periodo en el que sus respectivas fortunas se multiplicaron de forma ágil y asombrosa, dueños de una serie de contratos leoninos, sobre todo en los casos de Esquível y Suárez rubricados por los presidentes de la Autoridad Portuaria nombrados por CC y PP, la mayoría de ellos lesivos para los intereses públicos; dichos privilegios sólo han sufrido “un guadiana”: el interregno “terrible” de Emilio Mayoral, al cual le dio el “capricho” de no permitir un mundo portuario caótico y demencial dominado por un lobby.
Un elemento más: los tres empresarios se sienten engañados por Grisaleña. Por encima de todos Germán Suárez, pues fue él quien negoció el acuerdo en nombre de los demás. Para conseguir los votos que le procuró el todopoderoso lobby del Puerto, Grisaleña se comprometió a colocar en el consejo de administración al propio Germán Suárez o a un hombre de su confianza (Juan Freire), además de comprometerse su propio voto en el sentido que más le interesara a Suárez. Fue tan estrecho el lazo que les unió que el mencionado lobby no tuvo reparo alguno en eliminar de un tajo, por sorpresa y por un voto de diferencia, a la sectorial de los promotores inmobilarios de la Asociación de Empresarios de la Construcción, buscando de esa manera dejarlo solo, sin siquiera contrincante electoral (Ramón Pérez). Por lo tanto, a esas alturas no había dudas: Grisaleña era descaradamente su hombre, el que les iba a devolver la gloria perdida.
Pero Grisaleña cambió. Donde dijo digo dijo diego, y con una estupenda cinturita se aproximó hacia socialistas y asamblearios, los cuales, cuando llegó la hora de jugarse los billetes, le recordaron su extracción y aquello de polvo eres…
De modo que ya estamos dentro del pleno de la patronal de martes, en medio de un ambiente incendiado por la desconfianza y un cabreo volcánico, con Germán Suárez tomando la palabra en abundancia para decir públicamente que la representación del Puerto no se atiene al pacto con Grisaleña, que la presencia del empresario Félix Santiago vulnera las sagradas normas de una convivencia pacífica, ya que no es un profesional conocedor de las “reglas” portuarias, que si está allí es por amiguismo, y porque le interesa al PSOE, que como mínimo aquello que se lleve, que se discuta, o que se apruebe en el ámbito del consejo de administración de la Autoridad Portuaria, debiera ser refrendado por la Patronal, que, en fin, esto no es serio, que así no hay garantías para nadie, que si no se remedian los dislates nos vamos a una guerra civil porque nosotros confiamos en el gobierno y ustedes lo único que quieren es lincharlo.
Y Grisaleña tomó también la palabra y de repente una suerte de amnesia nublo su mente, por lo que apenas recordó promesas y tatuajes de sus recientes escenas amorosas con Germán Suárez, y de nuevo, a la vuelta, que regresa Suárez a mostrar su descontento con indignación rayana en la impotencia, y que en ésas se arranca Félix Santiago, el cual embiste como un toro y llama a Suárez “sinvergüenza” y otros calificativos feos e innobles, impropios de lo que son, únicamente aceptables por el nerviosismo del momento, por lo muchos dineros que se jugaban unos cuantos, porque, para qué nos vamos a engañar, esta es la tropa que domina Canarias.
Suárez ha logrado algo insólito: poner a casi todo el gremio empresarial contra suya. Que Tadeo y Grisaleña hayan resuelto sus contenciosos históricos, y ahora paseen las calles libremente cantando su romance de esencias líricas y etéreas, es pornografía sentimental y mercantil, resumen urgente de lo que duran las lealtades y las traiciones a este lado del paraíso.








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