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Preparar el futuro: formación en el presente

Jueves, 27 de Septiembre de 2007
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No hay futuro sin formación. Esto era un clásico que nadie se atrevía a cuestionar apenas hace unos años. Más aún, si alguien se atrevía a ponerlo en duda, quedaba mal mirado socialmente. Por eso todos se cuidaban mucho de hacerlo. Era, además, un orgullo para los padres, que no habían podido estudiar y trabajaban incansablemente por “darle estudios” a sus hijos “para que no pasen tantos trabajos como sus padres hemos pasado”. Y así padres aparceros, obreros de la construcción, trabajadores de hostelería, etc. “presumían” de que sus hijos habían terminado derecho, medicina, arquitectura, magisterio, enfermería, etc. ¿Y para ser político? ¿Y para asumir responsabilidades públicas con capacidad para tomar decisiones sobre las condiciones de la vida colectiva de la ciudadanía? Muchos partidos políticos, desde la aprobación de la Constitución del 78, se han olvidado, a la hora de confeccionar las listas electorales, de que los candidatos y candidatas sean personas formadas. Pero no sólo formadas académicamente, cuestión muchas veces imprescindible para afrontar determinadas responsabilidades, sino personas que hayan hecho un recorrido interior serio, que vivan los valores del servicio a los demás, de la justicia, de la solidaridad, de la organización del trabajo, del espíritu de equipo, de la importancia de la participación, de la honestidad, del ahorro, etc.… y que hayan experimentado todo ello en un proceso colectivo compartido que les de la dimensión de la vivencia práctica de todo ello. Al contrario, y sin que ello sea aplicado a todos por igual pues sería injusto, nos encontramos que los criterios de los partidos a la hora de confeccionar las listas electorales son muy otros: la pertenencia al partido, el garantizar determinado número de votos, los compromisos y las promesas contraídas, las vinculaciones familiares, la fidelidad y el seguidismo a los líderes, etc., etc. Y así nos encontramos, una vez pasadas las elecciones y ocupados los cargos, con la incapacidad para llevar una gestión política eficaz al servicio de la ciudadanía, la acción política orientada casi exclusivamente a conseguir la permanencia en el cargo y la reelección en las próximas elecciones, las consecuencias nefastas de la incompetencia personal unidad a la posibilidad de tomar decisiones y de tener el “poder” de hacerlo  sin que sea cuestionado, etc. Cuando no el esperpento constante últimamente de unos cargos públicos condenados por la justicia o bajo la sospecha de que hayan utilizado sus cargos para aprovecharse personalmente o a sus familiares y amigos. Como dijo Leonardo Boff, “el mayor temor (en la construcción de una nueva sociedad) es que los responsables políticos no estén preparados cultural y espiritualmente para comprender el alcance de estas cuestiones. Utilizan categorías y modelos de las crisis coyunturales del pasado y, de esta manera no captan la novedad de la verdadera revolución de lo que se está produciendo. A veces se presentan con máscaras nuevas, pero en el fondo están representando una obra de teatro completamente trasnochada”. Esa palabra que todos hemos visto salir en la pantalla al final de las películas: “The end”, El final, es lo que tendría que plantearse la ciudadanía ante este panorama: poner fin, cortar definitivamente con este proceso, con esta lacra, con esta enorme equivocación de los partidos, de los aprovechados, de los auténticos enemigos de la construcción de una comunidad adulta. Y abrir una nueva etapa que ilusione responsablemente, que consiga personas que se hayan preparado desde dentro, desde la experiencia, desde el conocimiento, con el tiempo suficiente para que sean reconocidos por su comunidad como tales y puedan confiar en ellos. A pesar de todo lo que está cayendo y de la desilusión de muchos, aún es posible la esperanza y también otro modelo de sociedad y de comportamientos públicos. Y en eso estamos.
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