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Tocándose las narices mutuamente

Martes, 25 de Septiembre de 2007
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En Tenerife, el periódico “El día” insiste en una Canarias independiente republicana, evolución de una Canarias como país asociado primero, como un paraíso fiscal después, con estrechas relaciones con la monarquía más tarde, en un Archipiélago africanista al final, completamente libre de ataduras, resultado de cuando José Rodríguez matrimonió con Antonio Cubillo, por aquello de que dos ven mejor que uno. No mentiré si afirmo que Rodríguez no va solo en su aventura. Sirve a un interés profundo de la ATI yonki y oscura, aunque ese término, ATI, debiera permanecer enterrado, o quisieran que lo estuviera, por lo mal que suena en el presente, ya que su eco recuerda a un pasado promiscuo e insularista, porque, entiendo, hay un montón de gente que cree a pies juntillas en eso que denominan “CC de Tenerife”, tal vez porque es bien sencillo en hacerse regionalista, solidario y autonómico cuando a uno le toca repartir los presupuestos o, como es el caso, cuando los reparte otro por delegación vicaria propia. ¿Presenciaremos una fe similar el día en que, por ejemplo, PSOE y PP abandonen sus guerras irresponsables, y decidan unirse para controlar a los nacionalismos que se salen del recipiente? ¿O entonces la fe regionalista mutará en arcaico insularismo, esta vez sin disfraz alguno, oliendo continuamente los efluvios derivados de una pésima digestión lejos del poder y del pesebrismo? ¿A quién sirve Rodríguez?... Evidentemente a los que se quedaron fuera de la tarta que reparte Paulino Rivero. ¿Posee Rivero libertad de acción necesaria para frenar los entuertos reivindicativos del editor de “El día?... Pues me temo que no. Hacerlo, esto es: quitarle subvenciones millonarias a quien está obligado por ellas a servir a la unidad entre las Islas le creará más enemigos de los que tiene, que ya son bastantes, dentro justamente de Tenerife. Por otra parte: ¿son útiles los editoriales de “El día” a las estrategias actuales de CC, que no son otras que recordarle al PSOE de Madrid que en Canarias podría estallar una clase de demencia colectiva en la población si el tratamiento financiero que merece no está a la altura, es decir: que le salga gratis total su devaneo con el PP?... Lo son: están convencidos una abundante mayoría de que es una buena estrategia y eso hace tartamudear los peores presagios. Hay quien incluso da por perdidos cinco puntos porcentuales en las próximas elecciones autonómicas a cambio de configurar una situación insoportable para el Estado. Vamos, que hay ideólogos detrás de don José, en las entrañas de ATI, que viven plenamente convencidos de que una suerte de furia fundamentalista hará mella en la población canaria, de modo que decenas de miles de personas saldrán a la calle a quemar banderas españolas y a pedir la independencia. Canarias sería la avanzadilla para configurar un país roto, el ejemplo que precisan Euskadi y Cataluña para imitarla. Les aseguro que a esta hora, las 17:43 de la tarde del lunes, me encuentro perfectamente. Les cuento lo que sé, y lo que sé es lo que ellos mismos me han contado. Es un camino peligroso, por supuesto; es más: si tuviera que arriesgar una opinión diré que huele a fracaso estrepitoso. Este nacionalismo es rancio y débil, con una herida profunda abierta en el centro de su corazón tras las últimas elecciones. Esa debilidad es inocultable. Están separados, con un montón de deudas pendientes entre sí, cada uno por su cuenta tocando a rebato, conspirando todos contra todos. Una victoria socialista en marzo los convertirá en muertos vivientes, acaso en zombies reclamando una independencia en la que nadie cree. Luego están las malas conciencias. Saavedra, primer presidente autonómico, riguroso intérprete del equilibrio insular, elige la burla y el bufoneo para dar su opinión sobre lo que pasa. Su celebración del 80 aniversario de la división provincial son ganas de tocar las narices a quien las lleva tocando un tiempo imprudente. Pero así están las cosas: los nuevos poderes grancanarios combaten la hegemonía de una isla sobre otras, y ésta, Tenerife, se enfrenta al Estado ante la imposibilidad de lograr un pacto táctico las dos principales cabeceras del Archipiélago. Saavedra le pone humor epicúreo a lo que es el verdadero drama insular. Pero don José Rodríguez solo ve semillas de infierno en el acto saavedriano y una manera salvífica de escapar, ya digo, a su mala conciencia: “Ante la repetición de estas jugarretas, repetimos, no hay más solución que la soberanía para las Islas, para que puedan sacudirse el yugo de Madrid y el de su subalterno en Canarias, Las Palmas. Mientras, recordamos, lo que debe ser un lema para conducirnos políticamente en estos tiempos: a los canariones –políticos se entiende- ni agua; con los canariones, ni a misa”, escribe en su comentario diario el profeta del Apocalipsis. De modo que algo debe quedar claro de todo esto: la iniciativa saavedriana desvela que estamos ante una independencia que se reclama por seis de las siete islas, ya que la séptima, Gran Canaria, es una extrapolación de la metrópoli y no merece el premio de una gloria lejos de la nación española. ¿Alguien se puede tomar en serio semejante ridiculez?
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