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XAVIER APARICI GISBERT

Las disposiciones éticas de la democracia

XAVIER APARICI GISBERT Viernes, 11 de Julio de 2014 Tiempo de lectura:

La tolerancia es consustancial a la democracia. Supone el reconocimiento de que la pluralidad -de sensibilidades, intereses y opiniones- es el lógico resultado de una sociedad de seres humanos libres.

La característica más preciada de un orden auténticamente democrático es su justicia: que la libertad, la igualdad y la responsabilidad de la ciudadanía se reconozcan como fundamentos del poder institucional y que se aseguren en su ordenamiento y sus prácticas de gobierno. Pero, el neoliberalismo aún hegemónico, con su concepción mínima y parcial del derecho político, ha provocado una corrupción generalizada en el conjunto de las sociedades occidentales, antaño desarrolladas en los valores de equidad humanitaria. La usurpación de las instituciones públicas orquestada por los poderes fácticos más antidemocráticos, la connivencia servil de las fuerzas políticas y sindicales más privilegiadas y el acomodamiento burocrático de los responsables administrativos ha traído, entre otras desgracias mayores, un  insoportable clima de desconfianza social.

Como decía Saramago, “nunca hubo una edad de oro para la justicia. Hoy, ni oro, ni plata, vivimos en tiempos de plomo.”. De hecho, hoy, “la plata” es solo para los más ricos y “el plomo”, para todos los demás. No obstante, la democracia, siempre perfectible y, a menudo, desvalorada, es, con todo, el sistema político más digno para decidir y satisfacer las necesidades y los intereses comunes. Por ello, no puede limitarse a un mero juego de elecciones entre élites al gobierno de las instituciones públicas. Sin virtudes sociales y sin control sobre la riqueza económica el gobierno de lo común deviene en mera tiranía populista y en expolio torpemente disimulado. La responsabilidad, la tolerancia y la solidaridad, como requisitos y como metas de la convivencia cívica, son virtudes públicas imprescindibles para lograr la emancipación de toda suerte de opresiones y explotaciones.

Que los ciudadanos y las ciudadanas den cuenta, autónomamente, de sí mismos y de las decisiones que asumen es el fundamento de una sociedad democrática, el único orden político donde la ciudadanía ejerce de protagonista. Pero solo se puede responder de lo que se hace, cuando se es libre y consciente. Por ello, la incompetencia, la desorientación y la desidia -efectos de la manipulación alienante que promueven las clasistas élites de poder- son incompatibles con la responsabilidad pública.

La tolerancia es consustancial a la democracia. Supone el reconocimiento de que la pluralidad -de sensibilidades, intereses y opiniones- es el lógico resultado de una sociedad de seres humanos libres. Obliga a una apertura de mente y a una generosidad social que solo tienen como límite la complacencia o la aceptación de valores y prácticas antidemocráticas o autoritarias: la tolerancia no debe dar pábulo a los intolerantes.

No es posible la justicia social sin la solidaridad, sin el compromiso de buena voluntad con la suerte, en conjunto, de la sociedad y, en particular, con los desfavorecidos y perjudicados por causas sociales o naturales. Reconocernos unidos a los avatares de la vida en común, es preciso para evitar la atomización social y el desapego entre semejantes en condición y parejos en dignidad.

En los tiempos actuales de secularización religiosa, de individualismo cultural, de pluralidad ideológica y de relativismo en los valores, la ética pública y democrática no solo es aún posible, es consustancial a todo progreso comunitario y personal que se pretenda justo y fraterno.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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