Domingo Viera.- Mucho se ha dicho en las últimas semanas sobre el hecho de no permitir que algunos vecinos, conocedores del terreno, pudieran colaborar con bomberos, Protección Civil, ejército, etc. en la extinción del fuego que ha calcinado gran parte de nuestro territorio. También se ha valorado por unos y por otros la falta de medios suficientes, la improvisación de la respuesta, etc. También se ha valorado, y no podía ser de otra forma, el esfuerzo y la entrega generosa de todos aquellos que, con pocos medios y mucho valor personal, estuvieron arriesgando para poner freno a lo que la inconsciencia de alguien y la irresponsabilidad de algunos durante mucho tiempo abocaron a nuestros pueblos, a muchos vecinos y a nuestro medio ambiente.
Pero la inmediatez del análisis no debería hacernos perder la perspectiva. La ausencia de la participación ciudadana en los problemas que nos afectan no es un mal de ahora, sino una situación endémica desde hace muchos años. Y uno de los aspectos que nos afectan y mucho es la situación y el deterioro progresivo de nuestro medio ambiente. ¿Por qué no se ha propiciado la participación de los vecinos y vecinas en la protección, el cuidado y la preservación de nuestro medio?
El que ahora se argumente que era necesario evitar muertes en este voraz incendio, para no repetir amargas experiencias pasadas, tampoco puede ocultar la ausencia de una apuesta por el protagonismo de la ciudadanía de cada pueblo, de cada barrio, de cada núcleo de población en este tema y en otros a lo largo de todo el año, a lo largo de todos estos largos años. Y la insistencia y la denuncia de algunos vecinos y vecinas en este sentido no se puede callar con el argumento de la inexperiencia o el de la peligrosidad de la situación, que la hubo. Es necesario ir más allá y plantearse con seriedad por qué, a lo largo de todos estos años de democracia son precisamente los vecinos, los sujetos y objeto de la misma, los ausentes en la toma de decisiones y en la ejecución de las mismas sobre esta y otras materias.
La reflexión y las respuestas a estas preguntas no son superfluas. Tocan las entrañas mismas de un proceso de construcción de la sociedad que ha centrado la toma de decisiones en unos pocos, llamados representantes de la ciudadanía, que han relegado a ésta al mero papel de espectador de su propia vida. Y cuando está en juego sus casas, sus pertenencias, sus tierras, lo que ha significado muchos años de esfuerzo y de trabajo, también se pretende que sean meros espectadores. Ahora en este hecho terrible y escalofriante, que ha puesto a muchos al borde del vacío total. Pero desde hace muchos años ante una sucesión de hechos que también afectan gravemente la vida colectiva: lluvias que anegan las casas de los vecinos en Juan Grande y otros pueblos, algunos centros turísticos, etc., sin que ni antes ni después se hayan afrontado los problemas de fondo y las demandas de los vecinos; la zona protegida de Juncalillo del Sur, que sigue desprotegida y abandonada; el deterioro progresivo de la dunas de Maspalomas; la ausencia total de medios para el reciclaje de la basura y su separación en origen por los vecinos; un vertedero que hace años debería haberse cerrado definitivamente; hace años la construcción de una gran Central Eléctrica, ahora la posible ubicación de la Central de Gas; etc., etc.
Mucho se hubiera podido evitar, sin duda, si, desde hace muchos años, aquellos y aquellas que han ostentado esta representación ciudadana hubieran puesto todo su empeño en suscitar la participación de los vecinos y vecinas en sus problemas, en cohesionar y fortalecer las redes sociales, en dedicar esfuerzos y medios a la formación ciudadana para la participación, en favorecer la posibilidad de estar en la toma de las decisiones que afectan a la vida colectiva. A estas alturas hubiéramos podido tener ciudadanos formados y organizados, conocedores y enamorados de su medio, capacitados para afrontar y cooperar a su cuidado, a su preservación y, seguramente, a evitar que desgracias como las que han sucedido se pudieran dar.
No. No es cuestión de táctica política ni de declaración de intenciones con ocasión de una desgracia como ésta. Es cuestión de convicción real del papel de la ciudadanía en la construcción de su propia vida y en la conformación del modelo de la sociedad que quiere. Aquellos que han arriesgado mucho queriendo permanecer en los lugares de los incendios son una señal y nos hacen una pregunta: ¿para cuándo el que la ciudadanía sea realmente la protagonista y la responsable real de su propia vida en todo aquello que nos afecta?








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