Domingo Viera.- Toda conducta humana ha de llevar aparejada unas características éticas de la misma. Cuando esto no sucede tanto las actuaciones personales como las relaciones sociales están a expensa de los intereses privados y supeditados a conveniencias circunstanciales de todo tipo.
Si de lo que hablamos es del ejercicio de responsabilidades públicas, las características éticas del mismo se vuelven aún más imprescindibles y, para el conjunto de la ciudadanía que ha depositado en dichos cargos su confianza, se vuelven una exigencia necesaria hacia aquellos que ha elegido.
Y estas exigencias éticas, vinculadas necesariamente a toda responsabilidad personal y no digamos a cualquier cargo público, se traducen, en el día a día del ejercicio de dichas responsabilidades, en la necesidad de comportamientos – guía, ejemplificadores para el conjunto de la ciudadanía, tanto en lo que respecta a los modos de vida como a las decisiones que se toman en el ejercicio de la representación asumida.
Por ejemplo, no se comprende, desde un punto de vista ético (tampoco desde el político, muy derivado desgraciadamente hacia comportamientos partidistas y, por ello, sectarios y sesgados) que aquel, que ha sido denunciado judicialmente por acoso laboral a una trabajadora de una institución pública, sea nombrado un cargo de confianza de esa misma institución y pagado con el dinero de todos. Comportamiento ético sería no aceptar cargo público alguno mientras no se pronuncie la justicia. Y comportamiento ético se debería exigir más aún a quienes, conociendo dicho comportamiento, proponen y ejecutan dicha decisión por intereses aún no justificados públicamente. No digamos nada si la perspectiva la ponemos desde la situación de dicha trabajadora y si esa situación la suponemos conocida sobradamente por quienes lo han nombrado.
Por ejemplo, se debería exigir un comportamiento más ético – político a quienes se han presentado públicamente para asumir cargos públicos y, una vez la ciudadanía se ha pronunciado, han sido elegidos para los mismos y se han comprometido a elaborar y presentar un Plan de Trabajo antes de asumir responsabilidades concretas, como testimonio ejemplificador de que no eran los puestos ni los cargos las razones por las que se habían presentado, sin que la ciudadanía conozca aún dicho Plan y sí se hayan repartido ya dichos cargos.
Por ejemplo, es difícilmente explicable desde un punto de vista ético (también desde el punto de vista de una buena gestión al servicio de la ciudadanía, pero parece que esto no interesa tanto) que se confíen responsabilidades públicas y, con ellas, capacidad de decisión acerca de asuntos que afectan a la vida personal y colectiva del conjunto de los ciudadanos y de su entorno vital así como al medio ambiente, a personas por el sólo hecho de ir en unas listas electorales sin contemplar para nada su preparación, sus capacidades, sus valores, sus prioridades, etc., como si el cargo fuera el pago a no sabemos qué comportamientos y méritos y no un servicio serio y riguroso a la comunidad.
El “movimiento social de amplia base”, que la Asociación Justicia y Sociedad ha decidido promover y que se ha hecho público en el día de hoy, es un verdadero referente para ser aplicado a otras esferas de la vida colectiva de nuestra sociedad. Y apunta en la dirección correcta pues es evidente que la regeneración de la vida colectiva ha de venir de la mano de una ciudadanía que se ponga de pié, que se organice, que levante una conciencia crítica colectiva, que se arme de los valores de la honestidad, de la solidaridad, de la justicia, de la igualdad, de proyectos bien hechos y mejor ejecutados, de una ética del servicio, de la decidida decisión de desterrar de la vida pública los comportamientos que no vayan en esa dirección.
Felizmente hay en la vida pública comportamientos que sí se están convirtiendo en ejemplificadores de este comportamiento ético. A ellos se está agarrando la ciudadanía más consciente como de un clavo ardiendo. No son muchos, por desgracia, pero están ahí como faros para alumbrar el camino. Es una responsabilidad colectiva el mantener esta luz y el ir ampliándola progresivamente. Y aunque, como ha dicho nuestro amigo Rafael Morales, citando a Quevedo, es don dinero quien da y quita el decoro y quebranta cualquier fuero, los hay también quienes confiamos plenamente en las capacidades de las personas y de la ciudadanía en su conjunto para decir basta a este proceso y construir otro que es posible porque ya se está dando. Otro mundo es posible y otros modo de ejercer la actividad pública también. Aunque algunos ya hayan desistido de ese empeño.








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