Expulsados por la puerta
“Los platos rotos” del gran fiasco de la globalización de las finanzas, para asegurar la recuperación económica de los más ricos, los han pagado, sin consultas previas, ni refrendos posteriores, los Estados de los países centrales.
La Cumbre de Davos, la Unión Europea, el Gobierno de
la Nación… El conjunto de las instituciones de poder aún mantienen la retórica
de tener una gran preocupación por la suerte de los conjuntos sociales en
Occidente y de estar, denodadamente, buscando soluciones al empobrecimiento de sus
ciudadanías. No obstante, en los organismos internacionales y en las administraciones
estatales, ya se dan por amortizados los fines de la sociedad del bienestar,
sus derechos y sus deberes. “Los platos rotos” del gran fiasco de la
globalización de las finanzas, para asegurar la recuperación económica de los
más ricos, los han pagado, sin consultas previas, ni refrendos posteriores, los
Estados de los países centrales. Con eso, se dan por satisfechos. Por vía de
una usurpación “desde arriba”, se han esquilmado los recursos públicos de sus
pueblos soberanos y, junto con las garantías constitucionales democráticas, les
han sacado “a patadas” de la Casa de los Ricos.
Nadie de los que mandan, está pensando en rescatar a
la gente. Caída la máscara de un neocapitalismo que se pretendía popular -que
iba a hacernos a todos ricos- vuelve a ponerse al descubierto el viejo rostro de
la depredación más insolidaria: todo para los poderosos, nada para los
desposeídos. En todo caso, como antaño, las migajas del festín, lo que rebose
del caldero.
Por eso, en medio de la mayor depresión económica de
la historia, el remozado liberalismo económico sigue afirmando que el sistema capitalista
es eficiente. Y que hay que continuar asegurando su autonomía ante el control
político, el cual, “liberado” también de cumplir fines sociales, se limita a
estimular el crecimiento del lucro privado, dar seguridad jurídica a los
contratos mercantiles y administrar, con toda austeridad, el orden social. Ese
es el modelo de democracia del reaccionarismo actual, que se reduce a ofertar votaciones
periódicas a las masas de elecciones vacías de contenidos y compromisos
sociales, manipuladas por las élites fácticas para normalizar un sistema político
bipartidista, intercambiable en lo fundamental, en el nivel de defensa que hace
del status quo y sus intereses.
Con todo ello, se asegura la vuelta a una sociedad
dual, fracturada en el acceso al bienestar y con la mínima movilidad social. En
la que el que quiera asegurarse los bienes para una existencia confortable, tendrá
que buscárselos por sí mismo, emprendiendo, auto empleándose, porque, con la
pérdida de los derechos laborales, el trabajo por cuenta ajena vuelve a estar
fuertemente precarizado. Hoy las únicas personas que reconoce el poder, son
jurídicas y todas se llaman “Empresa”.
Así que, enterrado el viejo orden social caritativo y descabezado el estatalismo de beneficencia, quedamos, ahora, la sociedad civil, mundializada y más ilustrada y consciente que nunca antes, y un mecanismo globalizado, inhumano e insostenible que, llevado a sus últimas consecuencias, ya solo deja actuar a quienes crean empresas. Emprendamos, pues, con sus herramientas de eficiencia, pero con nuestros valores filantrópicos, con sus procedimientos de competencia, pero con nuestros objetivos solidarios. En la economía productiva y en la de los cuidados mutuos. Y, democráticamente, hagámonos cargo, también, de los asuntos sociales y los políticos. Nos han dado con la puerta en las narices. Entremos por las ventanas y retomemos nuestra casa.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.









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