De las capacidades a los deberes
Los seres humanos hace mucho que adquirimos capacidades de sobra para colmar nuestras necesidades e inquietudes
Los seres humanos, de manera natural, estamos sujetos a necesidades y sometidos a peligros. Los accidentes, las enfermedades y los ataques, en mayor o menor medida e intensidad, forman parte indisoluble de nuestras condiciones de subsistencia. Aún así, de eso trata la vida, de asegurarse el sustento y el confort y de gestionar los riesgos que los condicionan. Y así, de modo semejante a las demás formas de vida, como el resto de especies supervivientes, la humanidad ha conseguido prevalecer en el planeta Tierra.
Desde la noche de los tiempos en pleno estado de Naturaleza, hasta las actuales formas de interacción sofisticadamente artificiales, con nuestro diseño orgánico “homo sapiens sapiens”, los humanos hemos hecho bastante más que sobrevivir. Pues durante la larga etapa del Paleolítico las carencias e inseguridades de “la lucha por la existencia” ya fueron perdiendo su carácter limitante ante nuestras extraordinarias capacidades culturales. Y la humanidad, no sin dificultades y retrocesos, logró extenderse más allá de cualquier nivel alcanzado por nuestros semejantes, los demás primates, por la casi totalidad de los ecosistemas y regiones terrestres y empezó a aumentar su densidad demográfica: dominamos la tierra.
Es decir, los seres humanos hace mucho que adquirimos capacidades de sobra para colmar nuestras necesidades e inquietudes y para neutralizar nuestras carencias y limitaciones. Y no de cualquier modo. Si prevalecimos como cazadores y recolectores, si llegamos a la sedentarización agrícola y ganadera, si alcanzamos la altamente tecnológica fase actual, fue gracias a nuestra condición solidaria, a que nuestros antepasados “naturales”, para prosperar en un ambiente completamente salvaje y mucho más extremo climatológicamente, siguieron las estrategias del cuidado mutuo y la reciprocidad.
Desde nuestros orígenes, como no podría ser de otro modo, nuestras carencias y nuestras capacidades van juntas. En la actualidad, varios científicos sociales han conceptualizado esta dinámica como de necesidades: tal como lo expresa Artur Max-Neef, “Las necesidades revelan de la manera más apremiante el ser de las personas en su doble condición existencial: como carencia y como potencialidad y, más aún, pueden llegar a ser recursos. La necesidad de participar es potencial de participación”.
Este ambientalista, junto a los teóricos sociales Doyal y Gough, el economista Amartya Sen y la filósofa Martha Nussbaum, coinciden en conceptualizar -cada cual, con sus matices- nuestras necesidades como objetivos y, a la vez, como estrategias cuyo aseguramiento es prioritario para la existencia de la vida en comunidad y para que una sociedad pueda reproducirse y sobrevivir. Lo necesario, así entendido, es un conjunto de carencias y aspiraciones combinadas en la base de los ámbitos económicos, tecnológicos, culturales y políticos de las sociedades.
Este desvelamiento no es menor, pues permite elevar estas cuestiones al ámbito de lo político, donde los derechos y los deberes se conjugan éticamente. De este modo, las necesidades humanas se validan como aspiraciones legítimas y universales, derechos y deberes bien fundados, no reductibles a pretensiones arbitrarias. Fundamentos de cualquier sociedad que se considere humanista y de toda política que se pretenda democrática. Que obligan a todos los poderes sociales a su cumplimiento y que facultan a la sociedad civil a protagonizar su aseguramiento. Pues, se trata, nada menos que de cumplir con nuestros derechos y nuestras capacidades. De asegurar nuestras dignidades, con o sin intermediarios.
Desde la noche de los tiempos en pleno estado de Naturaleza, hasta las actuales formas de interacción sofisticadamente artificiales, con nuestro diseño orgánico “homo sapiens sapiens”, los humanos hemos hecho bastante más que sobrevivir. Pues durante la larga etapa del Paleolítico las carencias e inseguridades de “la lucha por la existencia” ya fueron perdiendo su carácter limitante ante nuestras extraordinarias capacidades culturales. Y la humanidad, no sin dificultades y retrocesos, logró extenderse más allá de cualquier nivel alcanzado por nuestros semejantes, los demás primates, por la casi totalidad de los ecosistemas y regiones terrestres y empezó a aumentar su densidad demográfica: dominamos la tierra.
Es decir, los seres humanos hace mucho que adquirimos capacidades de sobra para colmar nuestras necesidades e inquietudes y para neutralizar nuestras carencias y limitaciones. Y no de cualquier modo. Si prevalecimos como cazadores y recolectores, si llegamos a la sedentarización agrícola y ganadera, si alcanzamos la altamente tecnológica fase actual, fue gracias a nuestra condición solidaria, a que nuestros antepasados “naturales”, para prosperar en un ambiente completamente salvaje y mucho más extremo climatológicamente, siguieron las estrategias del cuidado mutuo y la reciprocidad.
Desde nuestros orígenes, como no podría ser de otro modo, nuestras carencias y nuestras capacidades van juntas. En la actualidad, varios científicos sociales han conceptualizado esta dinámica como de necesidades: tal como lo expresa Artur Max-Neef, “Las necesidades revelan de la manera más apremiante el ser de las personas en su doble condición existencial: como carencia y como potencialidad y, más aún, pueden llegar a ser recursos. La necesidad de participar es potencial de participación”.
Este ambientalista, junto a los teóricos sociales Doyal y Gough, el economista Amartya Sen y la filósofa Martha Nussbaum, coinciden en conceptualizar -cada cual, con sus matices- nuestras necesidades como objetivos y, a la vez, como estrategias cuyo aseguramiento es prioritario para la existencia de la vida en comunidad y para que una sociedad pueda reproducirse y sobrevivir. Lo necesario, así entendido, es un conjunto de carencias y aspiraciones combinadas en la base de los ámbitos económicos, tecnológicos, culturales y políticos de las sociedades.
Este desvelamiento no es menor, pues permite elevar estas cuestiones al ámbito de lo político, donde los derechos y los deberes se conjugan éticamente. De este modo, las necesidades humanas se validan como aspiraciones legítimas y universales, derechos y deberes bien fundados, no reductibles a pretensiones arbitrarias. Fundamentos de cualquier sociedad que se considere humanista y de toda política que se pretenda democrática. Que obligan a todos los poderes sociales a su cumplimiento y que facultan a la sociedad civil a protagonizar su aseguramiento. Pues, se trata, nada menos que de cumplir con nuestros derechos y nuestras capacidades. De asegurar nuestras dignidades, con o sin intermediarios.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.









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