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Viviendo en San Borondón

El maquillaje de los eufemismos

JOSÉ F. FERNÁNDEZ BELDA Domingo, 12 de Enero de 2014 Tiempo de lectura:

En los tiempos que corren, en los que las informaciones banales y frívolas desvían la atención de las importantes y trascendentales

En los tiempos que corren, en los que las informaciones banales y frívolas desvían la atención de las importantes y trascendentales en la vida de los ciudadanos, para contribuir a la desinformación generalizada, los políticos parlantes han inventado un nuevo lenguaje: el politiqués, como lo bautizó muy acertadamente el catedrático Amando de Miguel para que introduciendo palabras rimbombantes, grandilocuentes, o cultistas en sus discursos puedan parecer como muy leídos y con mayor conocimiento de lo que dicen.  O de lo que ocultan.

Basta ver cómo los telediarios, fuente mayoritaria de información y con frecuencia única para una amplia capa de la población, suelen abrir sus informativos con unas imágenes impactantes o llamativas, casi nunca relacionadas con las cosas auténticamente relevantes que han sucedido y que pasan a un segundo plano.  Lo que no tiene imagen, es noticia baladí y si hay que darla, se pone una voz en off sobre unas imágenes más o menos relacionadas con el asunto.

Los discursos y las soflamas políticas están cargados de eufemismos para evitar llamar a las cosas por su nombre y que los ciudadanos puedan quedar estupefactos, “estupefacientes” llegó a decir un muy buen remunerado cargo público.  Según el DRAE,  eufemismo no es más que una manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.  Es decir, que no dicen las cosas claramente, para que todos se enteren, para que no nos asustemos o nos escandalicemos.  Y a ese tipo de no explicaciones ya nos hemos acostumbrado tanto que ya ni las tenemos en cuenta, unas veces porque intuimos que encierran una media verdad y otras porque son pura y llanamente mentirosas. Tiene toda la razón Simone de Beauvoir cuando afirma que “lo más escandaloso que tiene un escándalo es que uno se acostumbra”.

De vez en cuando algún político hace frases redondas y claras, sin eufemismos, aunque con metáforas.  Pero sólo cuando está en la oposición o si la situación es desesperada.  Por ejemplo, Alfonso Guerra en 1985 durante un mitin en Jerez de la Frontera:  “No descansaré hasta conseguir que el médico lleve alpargatas”, o aquella otra de que “quien se mueva no sale en la foto”.  O  Felipe González en el 2010 “rectificar es de sabios y de necios hacerlo a diario”, y durante la celebración de los 100 años de socialismo: “que nadie se engañe, distancia crítica cuando las cosas van bien, cuando las cosas van mal, militancia pura y dura”.  De antología ha quedado aquel celebérrimo rifirrafe parlamentario en el que Zapatero tildó a Rajoy de “patriota de hojalata” y éste le replicó llamándolo “bobo solemne”.

Cuando un gobierno no quiere cumplir la ley o las sentencias judiciales y además se sabe impune, dice que hay que hacer una “lectura flexible o alternativa” de lo que con toda claridad debería acatar, utiliza un eufemismo que no los enfrente con un sector de la sociedad a la vez que simule ser “dialogante”, otro eufemismo común para decir que o haces lo que yo digo o te llamaré facha irredento y no te votarán los que sólo ven mis telediarios.

También esos tramposos demagogos suelen recurrir a lo que se ha dado en llamar “reserva mental”, atribuida a los jesuitas con mayor o menor rigor, que es una figura de la moral por la que se oculta el pensamiento de manera que no se diga mentira, pero tampoco toda la verdad. Para otras cosas, y siempre preocupados por nuestro bien psíquico, a veces recurren a la “mentira piadosa”, aquella que ya Platón en La República decía que iba destinada a preservar la armonía social, de la misma forma que las actuaciones sobrenaturales y fantásticas de Papá Noel o los Reyes Magos se dirigen a los niños para darles un tiempo de ilusión y felicidad.

Soraya Rodríguez, la portavoz socialista en el Parlamento, nos ha obsequiado con otro eufemismo que oculta otras intenciones: “pediremos que la reforma del aborto se vote con voto secreto”, cosa que debería ser la norma común en cualquier democracia, pero que está secuestrada por la, a mi juicio, aberrante “disciplina de voto” y la sanción o expulsión a quien se salga de lo que mande y ordene no se sabe muy bien quién en la cúpula o nomenclatura del partido.  

Si realmente Soraya creyera en lo que dice, lucharía a “ideología abierta”, eufemismo del clásico aforismo a “tumba abierta”, para que siempre el voto fuera secreto, no cuando piensa que en esta ocasión es bueno para los intereses electorales partidistas.  Lo que se defiende o se rechaza, caso del PP, sólo para un asunto concreto hace que los escaños queden limpísimos, por el uso y el abuso de tan visible plumero como lucen sus señorías.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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