Seguridad y democracia
Ya ni siquiera recurren al argumento de siempre de que se actúa movido por la economía y porque “es lo que hay que hacer” para cumplir con los mandatos de la troi
En
un corto espacio de tiempo el Gobierno del PP ha puesto sobre la mesa dos leyes
sobre seguridad ciudadana que inciden peligrosamente en la seguridad y la
libertad. Se confirma así la deriva preocupante de un modelo regresivo que
profundiza en la tentación totalitaria y privatizadora atacando directamente a
las libertades públicas, la seguridad y los derechos humanos y sociales más
básicos. Se garantiza así la represión, como se reconoce en los textos
elaborados, de una potencial
movilización de los hombres y mujeres de este país ante el hartazgo social al
que nos ha llevado una política que genera cada vez más paro, pobreza y
recortes de derechos, frente a la reafirmación económica y de poder de las
élites.
Ya
ni siquiera recurren al argumento de siempre de que se actúa movido por la
economía y porque “es lo que hay que hacer” para cumplir con los mandatos de la
troika. Se trata de una propuesta ideológica neoliberal que pretende acallar a
las masas desde la represión y la privatización. Como apunta el catedrático de
Derecho de Georgetown, Norman Birnbaum, “el nuevo capitalismo da prioridad al
mercado y transfiere al sector privado funciones de Gobierno”.
Como
primera medida, el Gobierno de Mariano Rajoy se saca de la manga una Ley de
Seguridad Ciudadana que nos retrotrae a lo peores momentos del control del
orden público del franquismo. Se pone en marcha una “ley mordaza” en la que se
limitan y se sancionan con cuantiosas multas las movilizaciones sociales; se
coartan las concentraciones frente al Congreso, los apoyos a los desahuciados,
las manifestaciones espontáneas…; se castigan
los confusos insultos a España y a las comunidades; se disminuyen las
competencias de sanciones y control del Poder Judicial para ponerlas en manos del ministerio del Interior; se
impide grabar las actuaciones de los
policías y se garantiza la certeza de la palabra de un servidor del orden
público frente al derecho a la prueba del ciudadano. Se restringen las
libertades y se desprotege a la ciudadanía con total impunidad. Se abrazan las
tesis más retrógradas de anteponer la injusticia al desorden…Y se termina
comprando, para disolver manifestaciones, un cañón de agua de medio millón de euros que no se usa desde
hace veinte años y que puede producir mucho daño, dependiendo de las distancias
a la que se emplee. Lo describe perfectamente el profesor de Antropología Social de la Universidad de
Córdoba, José María Manjavacas: “De todo lo que hemos vivido en la democracia,
salvando la entrada de Tejero en el Congreso en 1981 y ciertos movimientos
militares similares, este es el golpe –sin tanques- más directo contra la
precaria democracia que vivimos. Esta ley no es para la seguridad, es para la
contención de una ciudadanía indignada. Para conseguir seguridad ciudadana lo
que hay que hacer es garantizar los servicios: la educación, la sanidad
pública. Este proyecto de ley es solo para garantizar la seguridad de unas
élites que están preocupadas porque un sector ha dicho basta y se está
organizando”.
Pero
esto les parece poco. Pronto suman a la represión la privatización de la
seguridad pública. La sustitución de los servicios y los servidores públicos
por la iniciativa privada pura y dura. Y se sacan de la manga una Ley para la
Seguridad Privada por la que los vigilantes de las empresas de seguridad podrán
–frente a las competencias actuales de vigilar las instalaciones y escoltar a
personas- patrullar por las calles y cachear, identificar y detener en la vía
pública a los ciudadanos. Se trata de sustituir a las fuerzas de orden público,
en las que se han invertido muchos millones de euros para su formación
democrática y que pasan por el filtro de dos años de formación, por un
colectivo sin la preparación adecuada. Como acaba de afirmar el propio ministro,
el objetivo es que las empresas privadas tengan más negocio. Cada año el Estado
pierde 2.500 agentes que serán sustituidos poco a poco por vigilantes privados:
de hecho, el Gobierno ha decidido poner en marcha un plan para sustituir a la
Policía y a la Guardia Civil en la vigilancia de los perímetros exteriores de
las cárceles y en el control de sus cámaras de seguridad, lo que costará el
doble a las arcas públicas. Se permite así que muchas empresas que prestaban
servicios de escoltas en el País Vasco mantengan su volumen de negocio. Se
favorece que tengan más seguridad aquellos que se la puedan pagar y que el
Estado haga dejación de su obligación de garantizar la universalidad de la
seguridad ciudadana. Por cierto, al inicio del “caso Bárcenas”, El Mundo nos
informaba acerca de los sobresueldos en negro durante dos años a parte de la
cúpula del PP y apuntaba que esas cantidades de dinero procederían por un lado “del pago de comisiones por
parte de constructoras tras recibir contratos públicos a cambio de adjudicarles
obras en numerosas sedes que el PP tiene a lo largo y ancho de la geografía
nacional”, y por otro a través “de las compañías de seguridad que trabajaban
para el PP o para administraciones públicas que controlaba la formación de
centro derecha”.
Puede
suceder que a partir de ahora a usted y a mi nos cachee o detenga un agente
de Levantina de Seguridad, una empresa
propiedad de José Luis Roberto, fundador del partido ultraderechista España
2000 y ex secretario general de ANELA,
la patronal de los prostíbulos. Esta empresa – que emplea solo en la matriz a
más de 1.000 trabajadores- ha sido denunciada, según El País, por obligar a
trabajadores a afiliarse a organizaciones fascistas y se ha visto envuelta en
procesos por maltrato a menores en la comunidad de Madrid. O que lo hagan los
de PROSEGUR, que han sido denunciados por agresiones en el metro de Madrid y
que pertenecen a una empresa cuyos orígenes se remontan a personajes
relacionados con la dictadura
argentina. O los de ESABE, que ha defraudado ingente cantidades de dinero a la
Seguridad Social y que ha sido acusada de pagar cuantiosas comisiones a cambio
de contratos públicos. O los de EULEN donde los Mayor Oreja y otras gentes del
PP han tenido importante presencia. O los de Miguel Ángel Ramírez, el
presidente de la U.D. Las Palmas, condenado por un delito medioambiental a tres
años de prisión e indultado por el PP, después de que aparecieran su nombre y
sus empresas en la lista de financiadores del partido conservador. Hoy disfruta
además de adjudicaciones de Aeropuertos Nacionales y del
Metro de Madrid…
He
citado en repetidas ocasiones a Zygmunt Bauman. No me canso de hacerlo. Afirma
que en la sociedad, la conquista de
libertades nos lleva a una gran cantidad de riesgos e incertidumbres, y a
desear la seguridad. “Nuestros abuelos lucharon con valentía por la libertad.
Nosotros parecemos cada vez más preocupados por nuestra seguridad personal…todo
indica que estamos dispuestos a entregar parte de la libertad que tanto costó a
cambio de mayor seguridad”. Y a veces no medimos el precio. John Kampfner
(Libertad en venta ¿Porqué vendemos democracia a cambio de seguridad? Ariel)
nos detalla las continuas limitaciones a la libertad, con la excusa de la
seguridad y las consecuencias en forma de una progresiva degradación y pérdida
de la libertad y la democracia. Terry Davis, secretario general del Consejo de
Europa sostiene que es posible conciliar seguridad con los derechos civiles y
la libertad si se descartan las medidas arbitrarias por parte de los estados.
Pero no parece ser este el caso.
Estamos
ante una manipulación por parte del PP de la necesidad de seguridad como
coartada para despojarnos de nuestras garantías constitucionales de derechos y
libertades (artículo 17 de nuestra Constitución: “Toda persona tiene derecho a
la libertad y a la seguridad”…). Para retrotraernos a épocas pasadas. Para
seguir imponiéndonos un modelo neoliberal de minimización del Estado. Para
someter al espacio público y a sus moradores.
En nuestras manos está el aceptarlo sumisamente o no. Ya lo dijo
Benjamín Franklin: “El que está dispuesto a sacrificar libertad a cambio de
seguridad no tiene ni merece ninguna de las dos”.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.









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