La comunicación en un mundo no violentado (y III)
(Según la obra “Comunicación no violenta. Un lenguaje de vida.” de Marshall B. Rosenberg.)
Los seres humanos “civilizados” tenemos una larga tradición en relaciones bélicas y en conductas cruentas. Aunque, a menudo, se sublima en míticas heroicas o se mantiene en la trastienda del costumbrismo, lo cierto es que, desde la temprana antigüedad, en la generalidad de los Estados, tanto hacia los extraños como hacia los conocidos, a la mínima ocasión, se han venido aplicado violencias de todo tipo. Y, hoy en día, en múltiples lugares se siguen considerando métodos adecuados para “mantener a cada cual en su sitio” el amedrentar, el golpear y el someter a privaciones a los más indefensos.
Solo muy recientemente, en una minoría de países, se han deslegitimado los castigos corporales en las relaciones de los mayores con los menores y de los hombres con las mujeres; la crueldad, tanto física como psicológica, en las relaciones sociales y en las íntimas, ha perdido su anterior valoración positiva y ha calado, profundamente, la actitud de no educar a nuestros infantes, ni dirimir los problemas entre congéneres, a golpes. Lo cual, es, en sí mismo, una prueba inequívoca de que, a pesar de todo y de lo mucho que falta, los seres humanos en sociedad podemos progresar y hacer que este mundo sea un lugar donde merece la pena vivir.
Sin embargo, no violentarnos y no ser violentos no es la misma cosa: lo primero se refiere a no forzar nuestra dignidad; lo segundo, a no ser agresivos. Y no está claro que la mansedumbre sea lo propio de la condición humana, ni que todo enfrentamiento firme lo sea contra natura. Además, en nuestras atribuladas sociedades, hay múltiples situaciones en que, al menos, para proteger la integridad y la vida o los derechos de las personas, se impone el uso de la fuerza.
Por ello, es tan importante saber elegir qué tipo de fuerza utilizamos y con qué intención, pues hay usos de la fuerza que son protectores y los hay que son punitivos. “La intención del uso protector de la fuerza es la de impedir daños o injusticias. (…) Se basa en el supuesto de que hay personas que se comportan de una forma que puede resultar perjudicial para ellas o para los demás debido a la ignorancia.”. Podemos, como muy a menudo pasa en la niñez, ignorar las consecuencias de nuestras acciones; también, no ser capaces de satisfacer nuestras apetencias sin perturbar a nuestros vecinos; e, incluso, llegar a creernos investidos de motivos para reprimir a otros. Desde esa visión, el sentido del proceso corrector, será, por tanto, el educar y el dar conocimiento, no el castigar.
Muy al contrario, “La intención del uso punitivo de la fuerza es que la gente sufra física o psíquicamente las consecuencias de su mal proceder. (…) Parte de la base de que las personas cometen actos reprobables porque son malvadas y, para enmendar la situación, hay que forzarlas a arrepentirse (…).” En realidad, las conductas punitivas, al socavar la autoestima del castigado por la falta de consideración a la que es sometido, provocan mucho más el resentimiento y la hostilidad que el arrepentimiento y la enmienda. El palo y la zanahoria impiden la toma de conciencia sobre los auténticos fines de concordia y respeto que deberían orientar un orden de convivencia considerada, empática y cuidadosa.
Para el logro de esas muy deseables metas, “La Comunicación No Violenta propicia una actitud moral basada en la autonomía y la interdependencia, desde la cual reconoceremos la responsabilidad de nuestras acciones y somos conscientes de que nuestro bienestar y el de los demás son lo mismo.” Hagamos que así sea. Hagamos el amor, no la guerra.
Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
Solo muy recientemente, en una minoría de países, se han deslegitimado los castigos corporales en las relaciones de los mayores con los menores y de los hombres con las mujeres; la crueldad, tanto física como psicológica, en las relaciones sociales y en las íntimas, ha perdido su anterior valoración positiva y ha calado, profundamente, la actitud de no educar a nuestros infantes, ni dirimir los problemas entre congéneres, a golpes. Lo cual, es, en sí mismo, una prueba inequívoca de que, a pesar de todo y de lo mucho que falta, los seres humanos en sociedad podemos progresar y hacer que este mundo sea un lugar donde merece la pena vivir.
Sin embargo, no violentarnos y no ser violentos no es la misma cosa: lo primero se refiere a no forzar nuestra dignidad; lo segundo, a no ser agresivos. Y no está claro que la mansedumbre sea lo propio de la condición humana, ni que todo enfrentamiento firme lo sea contra natura. Además, en nuestras atribuladas sociedades, hay múltiples situaciones en que, al menos, para proteger la integridad y la vida o los derechos de las personas, se impone el uso de la fuerza.
Por ello, es tan importante saber elegir qué tipo de fuerza utilizamos y con qué intención, pues hay usos de la fuerza que son protectores y los hay que son punitivos. “La intención del uso protector de la fuerza es la de impedir daños o injusticias. (…) Se basa en el supuesto de que hay personas que se comportan de una forma que puede resultar perjudicial para ellas o para los demás debido a la ignorancia.”. Podemos, como muy a menudo pasa en la niñez, ignorar las consecuencias de nuestras acciones; también, no ser capaces de satisfacer nuestras apetencias sin perturbar a nuestros vecinos; e, incluso, llegar a creernos investidos de motivos para reprimir a otros. Desde esa visión, el sentido del proceso corrector, será, por tanto, el educar y el dar conocimiento, no el castigar.
Muy al contrario, “La intención del uso punitivo de la fuerza es que la gente sufra física o psíquicamente las consecuencias de su mal proceder. (…) Parte de la base de que las personas cometen actos reprobables porque son malvadas y, para enmendar la situación, hay que forzarlas a arrepentirse (…).” En realidad, las conductas punitivas, al socavar la autoestima del castigado por la falta de consideración a la que es sometido, provocan mucho más el resentimiento y la hostilidad que el arrepentimiento y la enmienda. El palo y la zanahoria impiden la toma de conciencia sobre los auténticos fines de concordia y respeto que deberían orientar un orden de convivencia considerada, empática y cuidadosa.
Para el logro de esas muy deseables metas, “La Comunicación No Violenta propicia una actitud moral basada en la autonomía y la interdependencia, desde la cual reconoceremos la responsabilidad de nuestras acciones y somos conscientes de que nuestro bienestar y el de los demás son lo mismo.” Hagamos que así sea. Hagamos el amor, no la guerra.
Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
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