Nostalgias
El canario, donde quiera que se establezca y por muy bien que le vaya, siente nostalgia de su tierra
El canario, donde quiera que se establezca y por muy bien que le vaya, siente nostalgia de su tierra. Añora su entorno, su paisaje, sus amistades, sus recuerdos... Cuando regresa, desea revivir todo ese conglomerado de experiencias que en Canarias se generaron, sobre todo, las más placenteras.He visto como algunas de estas personas, que regresan de Venezuela, de Cuba, de Argentina, de Uruguay, o de cualquier otro lugar de América, después de muchos años de ausencia, se emocionan, en el Pueblo Canario de Las Palmas de Gran Canaria cuando escuchan, por ejemplo, una folía, o cualquier otra pieza de la música folclórica; cuando ven nuestras danzas tradicionales; cuando conviven de nuevo con aquello que consideran “lo nuestro”. Ese sentimiento lo llevan también en el alma, en el pensamiento, sus descendientes, aunque no hayan nacido en las islas. El ejemplo más palpable lo pude comprobar en grupos de “isleños” que descienden de los canarios que fueron a poblar una parte de Luisiana, en el delta del Misisipi, los de Saint Bernard Parish, Barataria y otras poblaciones cercanas a Nueva Orleans. O los que proceden de quienes se asentaron en lo que hoy es San Antonio de Texas, ciudad que también fue fundada por ellos.
Hace unos pocos de años, estos canario-americanos empezaron a visitar las islas de sus antepasados buscando sus raíces familiares. Aún recuerdo mis encuentros con Irvan Pérez, jaibero y recitador de romances y décimas isleñas de la localidad de San Bernardo, o con su primo Alfred Pérez, que fue presidente de la Sociedad Herencia y Cultura de los Isleños de ese localidad, o con la señora Molero, mecenas de los centros culturales que allá se fundaron. También conocí a John O. Leal, archivero del condado de Béjar, descendiente del primer alcalde de San Antonio, llamado Juan Leal, nacido en Lanzarote, que manifestaba mucha emoción al encontrarse en la tierra de sus ancestros.
Aquellos primeros encuentros dieron lugar a intercambios culturales y visitas de las autoridades canarias a esos lugares, que ofrecieron, incluso, ayuda económica para mantener algunos de sus museos y centros.
Desde que las islas empezaron a poblarse, miles de isleños se han aventurado a atravesar el océano que nos circunda para iniciar otra vida en países americanos, donde siempre han sido bien acogidos y les han dado la oportunidad de iniciar una nueva singladura y, especialmente, de sobrevivir cuando han tropezado, en su patria chica, con circunstancias adversas.
Parece ser el sino de quienes moran en lugares con escasos recursos, como es nuestro caso y donde, además, han desaparecido otros que podrían paliar determinadas carencias que ahora padecemos. Tenemos una agricultura y ganadería en retroceso, poco valorada por quienes tienen la obligación de promoverla y mantenerla, que obligan a recurrir a una importación masiva de productos alimenticios. Poseemos una industria poco competitiva, la pesca casi ha desaparecido, y nos aferramos a un sector de servicios, cuyo mantenimiento se fragua, a su vez, en el exterior. Si a esto unimos la terrible crisis económica que padecemos, que se ceba aquí con más saña que en cualquier otro lugar de España, una parte de la población canaria tiene que plantearse de nuevo la emigración como única salida a sus problemas de desempleo y de falta de expectativas profesionales . Generalmente, si es Europa lo que eligen, se exige una especialidad, un alto nivel de conocimientos, si queremos tener un trabajo digno y bien remunerado. O tendrán que realizar los trabajos menos valorados y peor pagados. A esa Europa en decadencia es a donde más se dirige actualmente la emigración canaria. En ocasiones, sin poder ejercer allá la profesión que desarrollaban aquí.
De nuevo, América nos espera. De hecho, muchos canarios, con un gran bagaje de ilusiones y de esperanza, se encuentran ya trabajando, tanto en Estados Unidos como en otros países latinoamericanos. Canarios, a los que quizás la nostalgia les obligue otra vez a volver.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.









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